La calle Reichsgasse (I)

Había que explorar todo un continente; labor fundacional para la biología.

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Álvaro Chaos 20/05/2014 00:00
La calle Reichsgasse (I)

                                                                                                                               HRG in memoriam.

La primera expedición científica a América la encomendó Felipe II al protomédico Francisco Hernández. El galeno llegó al Valle de México en 1570, donde recolectó, investigó y dibujó la flora y fauna novohispanas. Se le conoció como El preguntador, seguramente tenía hasta el copete a los indígenas con su avalancha de preguntas. Cómo se llamaba esa planta, para qué servía, cómo se preparaba el brebaje o pomada, en qué dosis se administraba; era la diaria retahíla de cuestionamientos del investigador. Su estancia aquí duró siete años. Luego regresó a España con el primer cargamento de especímenes vegetales y animales, así como los instructivos para usar a los primeros como remedios y medicinas.

Tiempo después, la Corona Española organizó muchas expediciones más. Había que explorar todo un continente, parte de Asia y Oceanía. Labor titánica y fundacional, principalmente para la biología. Gracias a ellas, los científicos europeos conocieron qué pasaba en este lado del planeta sin correr con los riesgos de inspeccionar el Nuevo Mundo indómito.

En los puertos de la Península Ibérica desembarcaban aventureros con historias de las Américas. Las más interesantes trataban sobre los seres que habitaban allende el mar. Aparecían las perversas sirenas, las ariscas amazonas, ciudades edificadas con puro oro, tremendas serpientes y fieras capaces de engullir caballos y destazar hombres. La gente se aterraba al ver pinturas de monstruos en los bestiarios; no obstante, siempre estaba ávida de relatos nuevos.

Esas épocas han pasado. Tal vez sea una de las razones del aburrimiento y del estilo de vida tan insípido de la sociedad moderna. Así pensaba yo hasta que me topé con un libro alemán. Lo compré en la bouquinerie de la desaparecida Librería Francesa, en Altavista. Lugar del que, por cierto, nunca entendí su oferta literaria, pero su restaurante era inigualable. El ejemplar parecía un grimorio. El texto era autobiográfico. Tenía pocas fotos. La mayoría eran dibujos en blanco y negro. Aquel volumen, pequeño en tamaño, contenía bocetos de bestias desconocidas para mí. Las mujeres allí pintadas eran horriblemente bellas. La adicción al repeluzno que sentía cuando miraba esas criaturas impulsó mi viaje hacia la dirección manuscrita subrepticiamente en la solapa del volumen. Emulando al aventurero español en América, me lancé a Europa. Hoy sé que fue una locura.

Aproveché un trajín obligado a Francia para visitar la localidad de la referencia. Chur es la ciudad más antigua de Suiza. Dicen que tiene cinco mil años. Bajé del auto y busqué la calle. Reichsgasse decía el letrero pintoresco. Había que dar con el hotel. Pronto lo hallé. Seguí las instrucciones escritas en el libro y conseguí entrar a su sótano. Encontré las escaleras inclinadísimas sin barandal. Descendí. Afortunadamente los teléfonos celulares actuales traen linterna. El abismo era inconmensurable. Cada paso, un crujido. Descubrí un revólver cargado. Lo tomé.

Abajo vi dos fémures clavados en el piso y el cuerpo desnudo decapitado de una mujer, del que salían resortes. Un perro vestido con traje espacial dormía junto a una maleta para portar fetos. Avancé. Entré a una gran bóveda. A lo lejos, un androide encapsulado abrazaba a una chica sin ropa que portaba un casco con dos negras protuberancias cristalinas, a manera de enormes ojos saltones. La rodeaba por la espalda sujetando sus brazos por detrás con unas agarraderas metálicas. Con sincronía, la tomaba del vientre, de las nalgas, de la cintura. Ella permanecía sentada. Él la penetraba por la boca mediante su obscura lengua tubuliforme retráctil.

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