Los chocohuevos

Alejandro III, un zar ruso, encargaba anualmente un huevo a Carl Fabergé.

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Álvaro Chaos 22/04/2014 00:00
Los chocohuevos

Hay recuerdos de la infancia que perduran por diversas razones. Terror, felicidad o incomprensión, son las causas comunes, creo yo. Cuando pequeño, acudía con mis padres a comprar pan dulce a una conocida pastelería capitalina. En ella, excepcionalmente —yo no tenía idea de cuándo— se vendían grandes huevos de chocolate. Era del negro, lo cual lo hacía un poco menos apetecible para paladares muy jóvenes. Pues bien, siempre me compraban uno. Como ya dije, eran enormes, mayores que cualquiera de mis manos. Sin embargo, no pesaban como aparentaban porque estaban huecos. Así que no era mucho chocolate, lo que me resguardaba de la queja adulta típica: “No comas mucho, te va a doler el estómago”. Me intrigaba por qué no los hacían siempre. ¿A quién se le ocurre comer huevos de chocolate solamente unos pocos días? Otro misterio era precisamente el objeto, el huevo. Pero la interrogante más grande se refería al contenido. ¡Sí!, adentro venía una sorpresa. Más desconcertante que monedas de países desconocidos no podía ser. Las atesoraba con recelo, aunque no supiera cuánto valían, ni de dónde eran, ni qué decían —frecuentemente los lenguajes inscritos eran árabes o asiáticos—. Todavía conservo una de Laos y otra de Etiopía. Mientras disfrutaba mi huevo y veía el tesoro exótico, preguntaba todas mis dudas: ¿Por qué un huevo? Las respuestas, en lugar de aclararme las cosas, me las complicaron. Entraba en juego un conejo. Era él quien los traía. ¿Un conejo? Ellos no depositaban huevos, no eran ovíparos. Eso sí lo sabía. Nacían vivos cual humanos. ¡Qué raro! Sabía que algunos animales ponían huevos, pero los retenían, es decir, los incubaban en el vientre materno y los pequeños salían a través de la madre una vez roto el cascarón. Parecía que nacían como los mamíferos. Eran los ovovivíparos. Conocía algunas serpientes así, pero ningún conejo. Investigué y pregunté, no fuera a existir una excepción conejuna. No, todos eran vivíparos. Luego me explicaron. Resultaba que hacía miles de años, en Asia, mataron a un hombre que era amado por la gente, que predicaba mensajes de fraternidad. Metieron su cadáver a una cueva y la cerraron. Allí dentro, en la caverna, quedó atrapado un conejo, quien vio cómo el occiso resucitó y salió —menudo susto para el orejón—. El pequeño mamífero también escapó. Deseaba vehementemente comunicar la noticia a los afligidos, mas no hablaba el lenguaje humano. Entonces decidió dejar huevos pintados en sus casas. Así sabrían que aquella persona había resucitado y se alegrarían. —Un momento, ¿huevos pintados? ¿No llevaba de chocolate?— protesté. No —me contestaron—. Me enteraba que los pobres asiáticos carecían del manjar en esa época. El chocolate era de origen mesoamericano y fue llevado al Viejo Continente por los españoles. Posteriormente se le ocurrió a algún europeo hacer huevos de chocolate, y más tarde, meterles una sorpresita para llevar alegría al consumidor. Mi padre me contó que Alejandro III, un zar ruso, encargaba anualmente un huevo a Carl Fabergé para conmemorar la historia milenaria y regalárselo a su esposa, la zarina María Fyodorevna. El joyero se dio altos vuelos fabricándolos con metales valiosos (platino, oro, plata) y gemas (esmeraldas, rubíes, zafiros). Únicamente se fabricaron 69. Ya en la adolescencia, elucubraba sobre si la coincidencia entre ese número y cierto juego conejuno de alcobas era fortuita o estaba predestinada.

Tejemos infinidad de mantos con el estambre de la imaginación y las agujas del anhelo, unas veces la fascinación emana al deshilvanarlas; otras, al dejarlas intactas.

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