El mito del cambio de horario maldito (2)

Durante los primeros días, el número de infartos al corazón aumenta 7 por ciento

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Álvaro Chaos 15/04/2014 00:00
El mito del cambio de horario maldito (2)

Al término de la Segunda Guerra Mundial, cada estado de la Unión Americana podía decidir si usaba o no el horario de verano, así como el intervalo de su duración. La falta de uniformidad ocasionó un desastre al momento de viajar. En 1966 se promulgó el Acta de Tiempo Uniforme. El documento decretó que el régimen veraniego debía ser acatado por todos los estados y, además, estableció las fechas de su inicio y su fin (Arizona y Hawái no lo usan actualmente). Dos años después de que entrara en vigor el Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN), México adoptó el horario de verano (Sonora lo dejó en 1998), lo cual da pistas sobre las causas del cambio.

Winston Churchill pregonó que la estrategia “ayuda a las posibilidades de encontrar salud y felicidad”. Vaya, extrañamente no mencionó algún ahorro. Detractores del horario insisten en que se trata de una especie de puritanismo y control sobre la población para hacerla levantarse y acostarse más temprano.

El comentario del inglés nos da pie para entrar en materia de salubridad. Los seres vivos poseen múltiples ritmos biológicos, entre ellos están los circadianos (del latín circa, cerca; dies, día). La parte de la biología que estudia el tema se llama cronobiología. De acuerdo a su etimología, son compases cuyos periodos son casi de 24 horas. Aunque son endógenos (internos), necesitan luz como marcapasos para sincronizarse con el amanecer. Determinan las formas de sueño, alimentación, actividad cerebral y hormonal. Poca cosa, ¿verdad? La razón del malestar que experimentó, mi desfasado lector, se debió a que sus ritmos circadianos perdieron la sincronía con el ambiente, de la misma forma que pasa cuando viaja a Europa. La buena noticia es que les cuesta más adelantarse que atrasarse, cuando regresemos al horario típico, le afectará menos. Por ello, ritmos de trabajo de 48 horas, como tienen algunos policías y médicos, son funestos para la salud. Nunca pueden acompasarse con el entorno.

Adelantar horas es bien visto entre los ecologistas mal informados con propaganda gubernamental tendenciosa. Una de las organizaciones más “verdes” del planeta, el Fondo Mundial para la Vida Salvaje (WWF, por su siglas en inglés) —la que tiene un oso panda como logo—, niega la veracidad de esas estadísticas y afirma que el ahorro es un mito. Un estudio de la Comisión de Energía de California, de 2007, concluye, al igual que la WWF, que no se genera ahorro alguno. La Universidad de California va más lejos aún, asegura que la medida incrementa la contaminación debido al uso de calefactores a la hora de madrugar y aires acondicionados al volver a casa.

A parte del desajuste general, investigadores en Suecia han detectado que durante los tres primeros días del horario veraniego, el número de personas con infartos al corazón aumenta siete por ciento. En otra investigación, científicos estadunidenses calcularon un aumento de 25% en accidentes cardiovasculares durante el lapso. Al regresar al normal, no hay efectos cardiacos.

Varios de los países, como Guatemala, que alguna vez adoptaron el horario de verano, lo han abandonado por razones de seguridad. Al levantarse la gente más temprano, salía de sus viviendas en plena oscuridad, siendo presa fácil del hampa. La medida había expuesto principalmente a los pequeños de camino a sus escuelas.

Hagamos un cálculo elemental. Durante el equinoccio amanece en nuestro país a las 6:46 horas y anochece a las 18:46 horas. En el solsticio de verano, sucede a las 5:59 horas y 19:18 horas, respectivamente. La luz se extiende a ambos lados del mediodía. ¿Por qué vamos a ahorrar? ¿Será nueva superstición popular?

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