Conejos australianos y barras argentinas

Su introducción, como la de zorros, virus y venenos, causó un desastre ambiental.

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Álvaro Chaos 01/04/2014 00:00
Conejos australianos y barras argentinas

Australia, tierra inhóspita, madriguera de serpientes y medusas poseedoras de las ponzoñas más letales, de cocodrilos gigantescos y de hormigas saltadoras. Las jumping jack ant, como se las conoce allá, son hormigas agresivísimas, su arrojo es increíble, no dudan en atacar a un humano —o lo que se mueva— si lo detectan.

La gran isla fue visitada en primera instancia por los españoles. Transitaron posteriormente por allí los neerlandeses y los ingleses. Estos últimos se afianzaron definitivamente en el territorio mientras el siglo XVIII fenecía. Siguiendo la tradición salvaje del paraje natural, los súbditos de la Corona de Inglaterra establecieron allí penales, miles de convictos fueron embarcados desde la islita (Bretaña), hasta la islota (Australia). A los ingleses les costó trabajo acostumbrarse al clima y a los seres vivos. La fauna y la flora australianas son singulares.

Aburridos los ingleses de cazar marsupiales lentos, se les ocurrió llevar animales familiares de mayor vivacidad. Un buen día de 1859, Thomas Austin, hacendado ocurrente, importó y liberó 12 conejos europeos. Así, los gentlemen de la tierra austral podrían retozar disparándole a blancos cuyos movimientos rápidos ofrecían dificultades mayores para atinarles, en comparación con un koala flemático.

Entre tiros y sherrys, los terratenientes eran felices tumbando conejos. Luego de seis años, Austin había matado 20 mil orejones, e igual cantidad asediaba su comarca. A diferencia de sus compatriotas europeos, las criaturas encontraron un paraíso en Down Under: comida en abundancia sin competidores ni depredadores serios. Los conejos se comieron toda la pastura, arrancaron la madera de los árboles y derruyeron los arbustos. El ganado, recurso vital, sufrió hambrunas por esa erosión.

Australia declaró la primera guerra conejuna. Se dio recompensa por cada conejo muerto, se les envenenó, sus madrigueras fueron incendiadas, inundadas y dinamitadas. Nada resultó. Los pequeños mamíferos se recuperaban siempre. En la segunda guerra se optó por otra estrategia. Una gigantesca cerca se erigió para impedir que la conejiza se extendiera al resto del territorio. No obstante, los animales cruzaban la valla antes de su terminación, una y otra vez, atravesaban por los extremos inacabados.

La tercera guerra metió depredadores naturales, los zorros. Los pequeños cánidos llegaron a una zona que les ofrecía muchos conejos, pero se dieron cuenta que era más fácil atrapar marsupiales parsimoniosos... y se lanzaron contra la fauna nativa. Durante la cuarta guerra, en 1950, se introdujo el virus del myxoma. El germen diezmó brutalmente a la población de conejos, mató a cerca del 99 por ciento. God save the Queen, cantaban los ganaderos. Sin embargo, los pequeños saltarines aplicaron el We shall never surrender y les devolvieron una “cucharada de su propio chocolate”.

Pocos años después, debido a que generaron resistencia viral, se restablecieron de nuevo. Actualmente, los little bloody bastards están vivitos y coleando. Su introducción, como la de los zorros, virus y venenos, causó un desastre ambiental en el país sureño. Todo ocasionado por no pensar en los efectos negativos posibles, por suponer que la vida no interacciona de manera compleja y complicada, por hacer las cosas a lo bestia. Cuando la ignorancia y la irresponsabilidad reinan, los resultados son del tipo australiano.

Aburrido también, cierto dueño de un equipo de futbol tuvo la ocurrencia absurda de importar a México barras argentinas de animación. Ahora padecemos las consecuencias del desatino. ¿Podremos controlar al gran gazapo?

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