El entreacto de un sexenio, las elecciones intermedias. Parte 2

Las contiendas electorales en México se han ido desplazando del terreno de la ideología al de la oferta de perfiles; etiquetas como liberal o reaccionario han dado paso a las de franco, listo o joven

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02/06/2014 04:24 José Elías Romero Apis*

Segunda y última parte

CIUDAD DE MÉXICO, 2 de junio.- Segunda parte del análisis de José Elías Romero Apis sobre las elecciones intermedias.

4. Imaginando las campañas

Se ha dicho que la democracia mercadotécnica descansa en la venta de un producto electoral. Por eso todos los candidatos ofrecen lo mismo para el mismo mercado y con la misma oferta.

Muchas de las razones se encuentran en  aquel teorema de Seymour Lipset por el que sostiene que las contiendas electorales del presente se han ido desplazando del terreno de la ideología al de la mercadotecnia. Es decir, que el postulado de programas ha sido sustituido por la oferta de perfiles. O dicho de otra manera, que la confrontación de principios ha sido sustituida por la contienda de personalidades.

Así las cosas y siguiendo el pensamiento de Lipset, podría decirse que esto se acentúa en las contiendas nacionales más que en las locales, y en las sociedades grandes más que en las pequeñas, debido a que el mensaje de oferta no se realiza de manera directa entre el elector y el candidato, sino que ésta tiene que fluir, ineludiblemente, a través de los medios. A diferencia de la contienda electoral de las pequeñas localidades donde el medio reinante es el mitin, la asamblea, la visita, la gira, el recorrido y el discurso, en las contiendas nacionales la oferta se centra a partir del spot, el jingle, la frase corta, el poster, el espectacular, y la máxima profundidad ideológica, cuando mucho, se alcanza en la entrevista y en el debate público.

Estos mecanismos modernos obligan, efectivamente, a una contienda más del orden mercadotécnico que ideológico o siquiera programático. Así pues, al reducirse el espacio de la confrontación de tesis se amplía el terreno de la personalización de contiendas. Etiquetas como revolucionario, liberal, reaccionario, progresista, socialista, fascista, conservador o capitalista han sido sustituidas por atributos o defectos individuales, tales como simpático, joven, corrupto, trabajador, infiel, franco, guapo, listo, elocuente o de familia bonita.

Ello conlleva el riesgo natural de que cada contrincante no sólo se aplique a la contradicción de las tesis de sus oponentes, sino al descubrimiento o invención de las debilidades, las flaquezas o los vicios de sus contrincantes.  Pero los matices más intensos se dan cuando se refiere a la contienda interna de los partidos, donde la confrontación de tesis es, por razones obvias, más plana. Es decir, los miembros de un mismo partido tienden, por lo menos en teoría, a un criterio político similar y, por lo tanto, a ofrecer casi el mismo proyecto social. Ante ese género próximo, las diferencias específicas se concentran en la imagen visible y en la intimidad oculta de cada aspirante.

Además, la política electoral mexicana se ha ido complicando en los tiempos actuales por muy diversas circunstancias. Una de ellas proviene de la confusión y la dispersión rumbo a las posibles candidaturas. Se incluye el que puede y el que nada más quiere. Esto hace muy complicadas las cosas para el elector. Lo desorienta, lo aturde y lo engaña.

Otra de esas razones es la consecuente. Un electorado confundido confunde, también, a los contendientes. No se puede calcular. No se puede predecir. No se puede suponer hacia dónde va o cuándo va a virar.

Los electores mexicanos tenemos que tomar decisiones fundamentales sin el equipamiento necesario porque no es cierto, por lo menos en esto, que la multiplicidad de opciones mejora, necesariamente, la certeza de la selección. 

Durante muchas décadas los mexicanos no teníamos que preocuparnos en seleccionar a nuestros gobernantes. Alguien lo hacía por nosotros y ese alguien muchas veces decidió a la perfección y en otras se equivocó. Pero lo cierto es que nos liberó, para bien o para mal, del esfuerzo decisorio. Ahora, con los nuevos tiempos, ese alguien ya no está y sólo nosotros podemos decidir.

5. Las elecciones sin glamour

Existe en muchos mexicanos la suposición de que con las elecciones del año 2015 no va a pasar nada. Esto proviene de lo siguiente:

a) Que ningún partido tendrá la mayoría absoluta, es decir, 251 diputados o más.

b) Que el PRI no perderá su veto constitucional. Es decir, no tendría menos de 166 diputados.

c) Que poco importa lo que pase en la Cámara de Diputados porque el Senado no se renueva y sigue igual.

d) Que los partidos grandes no variarán más de diez puntos hacia arriba o hacia abajo.

e) Que serán unas elecciones muy costosas en dinero de los contribuyentes.

f) Que serán muy costosas en dinero de quién sabe quién.

g) Que estarán marcadas por el abstencionismo.

h) Que lejos de entusiasmar, aburrirán al elector.

i) Que nadie apostará a ninguna esperanza real.

j) Que serán muy costosas para la credibilidad, la confianza y la eficiencia de nuestra incipiente democracia.

k) Que los electores no conocen bien a los candidatos.

l) Que no puede haber democracia sin demócratas.

m) Que las elecciones son un negocio floreciente.

n) Que los tres partidos grandes han decepcionado como gobierno.

o) Que los partidos chicos no entusiasman a nadie.

p) Que el mexicano común está decepcionado de los políticos por estereotipo y por prejuicio.

q) Que no se ha cimentado el orgullo electoral y muchos consideran que votar es una monserga.

No se antoja factible para la siguiente legislatura que algún partido logre la mayoría absoluta en la Cámara de Diputados. Ésta sería la séptima ocasión consecutiva que sucede este fenómeno y todos los analistas con los que he comentado el asunto coincidimos en que así seguirá sucediendo en los próximos diez o 20 años mexicanos.

Es el producto de la estructura legal y de las circunstancias coyunturales de nuestro sistema electoral. Vivimos en un amplio pluripartidismo, con partidos grandes, medianos, microscópicos y emergentes. Se han perdido los más importantes referentes de acopio electoral, como son el corporativismo, el voto de miedo y el voto de castigo. El voto duro ya no representa más de la tercera parte de la voluntad comicial, sumando a todos los partidos.

Las grandes fuerzas políticas han producido decepciones y las pequeñas no instalan esperanzas. Las elecciones intermedias recogen menos votaciones que las elecciones grandes. El abstencionismo está a la orden del día. Se peleará centímetro a centímetro. Los resultados serán  muy cerrados. Las diferencias serán de un solo dígito. Tener la mayoría absoluta implicaría aventajar con 20 puntos porcentuales a la segunda fuerza. No creo que nadie lo logre.

Esto obliga a seguir perfeccionando muchas de nuestras prácticas congresionales. En primer lugar, se requiere mejorar los instrumentos de colaboración de las bancadas entre sí, entre éstas y sus partidos, entre las dos cámaras y entre los tres poderes. En segundo término, se requiere más franqueza, más eficiencia y más fortaleza. En tercer lugar, se hace obligatorio mantener los liderazgos de primer nivel y no caer en medianías o mediocridades. Por último, tenemos que aprender a trabajar con alianzas congresionales y no únicamente con alianzas electorales.

Si lo hacemos tendremos un Congreso poderoso, eficiente y habrá en México gobernabilidad y alteza. Si no lo hacemos entronizaremos un neopresidencialismo, peor que el antiguo por su ineficiencia y estaremos a las puertas de la dictadura o de la rebelión.

Por otra parte, hay apariencias de democracia. Hemos instalado autoridades y credenciales. Contamos con uno de los sistemas electorales más perfectos del mundo. Pero no tenemos democracia porque no tenemos demócratas. Casi todos quieren ser los únicos. Casi todos quieren todas las canicas. Que no haya otros poderes ni otros partidos ni otras ideas ni otros derechos ni otras voces que no sean los de ellos. Apariencias y nada más. Así como los nuevos ricos no saben qué hacer con su dinero, los nuevos demócratas no saben qué hacer con su democracia.

6. Los efectos de la abstención electoral

Existe en la ciencia de la política y, más concretamente, en la teoría del poder o Cratología, algo que me he permitido llamar y explicar como un “principio de perpetuidad” y que, en algo o en mucho, se parece a aquel axioma de la ciencia de la Física que nos indica que la energía no se crea ni se destruye, sólo se transforma.

Así, aunque no tanto como axioma sino como teorema, podríamos decir que el poder no se crea ni se destruye, sólo se transfiere. Podrá cambiar de sujeto activo o pasivo, de ubicación, de temporalidad, de propósito y hasta de circunstancia, pero todo eso será una transferencia y no una generación ni una extinción del poder político.

Este principio de perpetuidad es lo que permite explicarnos las consecuencias, tanto teóricas como prácticas, de la abstención electoral. Para ello comenzaría con un breve ejemplo de similitud, a efecto de poner en claro que la abstención nunca es neutral sino que tiene signo y que siempre cuenta a favor de alguno de los bandos en contienda.

Por principio, pensemos en una iniciativa legislativa en el Senado de la República. Para ser aprobada, ésta requeriría, como mínimo, del voto de 65 senadores o el correspondiente al tamaño del quórum de esa sesión. Pues bien, cada abstención estaría alejando a la iniciativa de la posibilidad de reunir el número mágico de 65 votos aprobatorios. Y si se abstuvieran 64 senadores la iniciativa estaría automáticamente rechazada, aunque no se hubiera emitido un solo voto en contra. En mi ejemplo, las abstenciones han funcionado como votos en contra y no como neutrales.

A partir de esto pensemos en un proceso electoral y pongámonos otro ejemplo, tan sólo como ejercicio.

En éste, si 90% de los electores decidieran abstenerse de sufragar, su poder electoral no se perdería sino que se transferiría íntegramente hacia 10% de los ciudadanos que decidieron votar. Por el solo hecho de su abstención le habrían transferido a una pequeña minoría todo el poder electoral de la ciudadanía. Ellos decidirían al ganador. La elección sería legalmente válida. Y los abstencionistas habrían desertado de su privilegio electoral para regalárselo a aquellos que decidieron ejercerlo.

Así, hasta el infinito hipotético, donde uno solo de los ciudadanos decidiera concurrir a las urnas, en ausencia de 100 millones de sus coelectores. Ese único rebelde o despistado habría acaparado, en sus manos únicas, todo el poder electoral de su nación, con mayor eficacia y con mayor legalidad que cualquier tirano. El poder político de todo un pueblo no se habría perdido por la abstención. Sólo habría cambiado de dueño.

Es así como funciona, en los hechos, ese fenómeno a la luz del principio de craticidad perpetua.

Es evidente, por ello, que a los estudiosos de una teoría pura del poder, la abstención nos resulte inexplicable hasta el absurdo. Nos cuesta trabajo explicarnos todo aquel fenómeno político que pretenda una disminución y no un incremento de poder. Una cesión y no una adquisición de poder.

7. Los augurios de los iluminati

Me atrevo a pensar que el domingo 7 de junio de 2015 nada cambiará en México. Que el lunes 8 todo será idéntico a como lo fue el sábado 6. Pero, en realidad, existen muchas variables que deberemos tomar en cuenta.

La primera sería si las cosas salen mal para el PRI. Como siempre sucede en estos casos y en todos los países, el Presidente se va a enojar. Se la va a querer cobrar a alguien. Ya en el 97 Ernesto Zedillo se enojó con el secretario de Gobernación, Emilio Chuayfett, y con el presidente del PRI, Humberto Roque. A los dos terminó despidiéndolos. Yo no creo que ellos la debieran, pero ellos la pagaron.

Ahora bien, ante un eventual fracaso, ¿a quién colgarán los priistas? Muchos dirían que a Osorio Chong. Otros que al presidente del partido. Habrá dedos que señalen a los gobernadores que “no hicieron su chamba”. Por el contrario, todos ellos muy juntitos dirán que la culpa es de la economía y que la guillotina reclama el cuello de Luis Videgaray. El presidente Peña Nieto, aunque no lo quiera, tendrá que satisfacer a su grey defraudada.

Por otra parte, ante una eventual victoria tricolor, ¿a quién premiarán los priistas? Desde luego, a Enrique Peña Nieto. Y no habrá un valiente ni un imbécil que le dispute el mérito de la gloria.

Pero, quizá, lo más importante es que, desde ese momento, el PRI y todos los partidos tendrán que aplicarse, sin perder un solo día, a la construcción de su futuro candidato presidencial y de su futura estrategia. Para entonces, sólo faltarán poco más de dos años para postular un candidato a la Presidencia de la República. Hace 20 años eso era mucho tiempo y no había que apresurarse. Ahora es un tiempo mínimo y, quizá, insuficiente.

Pero, en fin, volvamos a la esperanzas de la intermedias. Ante todo, debe quedar claro que las elecciones no son el mejor camino para llegar a los cambios políticos. Las grandes transformaciones no provienen de las elecciones sino de las revoluciones. La vía electoral es una fórmula institucional de renovación de funcionarios, que no necesariamente implica la modificación de sistemas. Quizá por eso Jesús Reyes Heroles propuso la reforma política mexicana bajo aquella famosa frase de que “hay que cambiar todo para que todo siga igual”.

Desde luego, por el momento, no estoy proponiendo ninguna revolución. Pero eso no quiere decir que nunca piense y hasta sueñe con revoluciones, aunque no siempre las concibo como un fenómeno de  balazos y muertos sino como un proceso lleno de ideas, de inteligencia, de voluntad, de acción y de ideales.   

En segundo término, me atrevo a creer que el abstencionismo cobrará una factura fuerte en estas elecciones. Los electores han sufrido desencanto y decepción. Se hicieron de muchas ilusiones durante medio siglo. La desesperanza se les convirtió en desesperación y, ésta, en despecho.

Sin embargo, no creo que la abstención sea el mejor método de protesta. Mayor abstención es igual a menor cambio.

Por otra parte, las elecciones “intermedias” representan sólo una mínima posibilidad de renovación gubernamental. A diferencia de las elecciones “generales”, en aquéllas sólo se renueva una de las dos cámaras congresionales y no se elije a un nuevo presidente de la República. Ello las convierte en unas elecciones restringidas, en cuanto a su efecto y alcance. Eso hace, pues, que no sean el transporte de grandes cambios ni innovaciones.

Creo que ningún partido será mayoritario absoluto en la Cámara de Diputados, con 251 congresistas. Algunos partidos crecerán y otros disminuirán. Pero esto no es suficiente para considerarlo un cambio mayor. Con esta composición, ningún partido se hará dueño, por sí mismo, de las más importantes decisiones unicamarales, entre ellas, la programación y el presupuesto.

Otro de los cambios que podrían ser importantes creo que tampoco se dará. Me refiero al veto absoluto que se genera por la combinación de la objeción presidencial sumada al voto congresional de su partido, cuando tiene 167 diputados. Este privilegio lo perdería el presidente Enrique Peña Nieto si el PRI bajara de ese número, lo cual lo considero improbable.

En esas condiciones, los cambios de proporción sólo serán sensibles para los partidos políticos pero no tendrán importancia para la ciudadanía. Y los ciudadanos nos quedaremos como estamos hasta ahora. Cada quien califique, con propio criterio.

 

Abogado y político. Presidente de la Academia Nacional, A. C.

w989298@prodigy.net.mx

twitter: @jeromeroapis

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