Una tragedia lo puso en combate a El Comandante Chavo

Era hermano y chofer del diputado de Coalcomán, Osvaldo Esquivel. Tras el asesinato de éste en 2013 decidió sumarse a las autodefensas en Parácuaro

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22/01/2014 05:48 JC Vargas/ Enviado

PARÁCUARO, 22 de enero.— Los hombres del pueblo se asoman con las armas por delante y se ponen nerviosos si el que llega es un extraño. Traen cuernos de chivo, escopetas para cazar venado, pistolas y la orden de no dejar pasar a nadie. Hace tiempo que dejaron de usar trapos para cubrir el rostro y las barricadas se han convertido en su hábitat, ahora que los grupos de autodefensa llegaron.

Son jornaleros, comerciantes, amas de casa y hasta niños que quieren tomar un cuerno macho prieto (AK-47) para saber qué se siente dispararle a los templarios. Un pueblo que vivía del jitomate y el mango, acostumbrado a las fiestas del cantante Juan Gabriel, quien ya ni se asoma por su rancho Juangácuaro, y a la caza de güilota, venado e iguana.

Todos tienen armas en sus casas y esperan que suenen las campanas de la Parroquia para salir a defender al pueblo, hombro con hombro, con los grupos de autodefensa, aquellos que llegaron el pasado 4 de enero en centenares y que, tras la “puticería”, hicieron que huyeran Los Caballeros Templarios.

Si bien al principio eran los comunitarios quienes hacían el papel de civiles armados, ahora son los pobladores los que toman su lugar. La idea es quedar armados y organizados para cuando los federales y las autodefensas abandonen su tierra.

El que coordina las cuatro barricadas de Parácuaro —a diez minutos de Apatzingán— es El Comandante Chavo. Para contactarlo, hay que librar piedras y llantas que bloquean el camino y acercarse a la barricada de la entrada al pueblo para hablar con los comunitarios. La primera orden que se recibe de ellos es identificarse, bajarse del auto y esperar bajo la sombra de cualquier árbol mientras se checa la autorización para charlar con El Comandante Chavo. La revisión no tarda tanto como la aparición del mando, a quien se le tiene que mandar decir de qué diario son fotógrafo y reportero, para ver si no aparecen en la lista negra. Algunos medios de comunicación ya fueron vetados.

Al fotógrafo se le prohíbe siquiera tocar su cámara, mientras varias cabezas se asoman detrás de su trinchera y sólo dejan ver ojos, nariz y punta de escopeta. Se han asomado tantos halcones que tienen la orden de agarrar a cualquier sospechoso.

Dentro de las barricadas hay colchonetas, cobijas, platos de comida, vasos, jarritos con café negro, sillas, escopetas recargadas en costales de arena, piedras y hasta un par de perros callejeros que se pegan a los viejos cuando llega la madrugada.

No hay fogatas, para no llamar la atención, pero sí tiempo para platicar, echar una siesta, fumar y turnarse en la vigilancia. A veces, hasta tiempo hay para jugar a las cartas.

Mientras llega El Comandante Chavo, algunos jóvenes armados presumen sus armas. Uno, con  lóbulos perforados, trae un cuerno de chivo el que espera “hacer llorar” en cuanto se asomen los malandros. En el pantalón asoma la cacha de una pistola súper 38 y balas de sobra.

Como él son varios los que detienen a todo carro y motocicleta que pretenden ingresar a Parácuaro. Todos tienen que llevar los vidrios abajo, detener el auto y bajarse para una revisión exhaustiva. Abrir la cajuela, las bolsas, enseñar la identificación y esperar a que el líder en turno dé la autorización para que sigan su camino.

Una mujer, esposa de un templario que huyó, pretende salir del pueblo con sus hijos y algunas pertenencias. Trae una camioneta gris que pertenecía a su marido. Los comunitarios la detienen, le quitan la camioneta y la dejan que se vaya del lugar trepada en un taxi.

El Comandante Chavo sigue sin asomarse.

“Hacemos el trabajo peligroso”

Aquí la paciencia es buena consejera. El que tarde se asoma es un hombre cuarentón, de bigote recortado, camiseta blanca con varias puestas y estatura mediana. Dice llamarse Salvador Esquivel y se levanta la playera para mostrar la cicatriz de una herida de machete que un templario le hiciera en una emboscada. “Fue el 11 de septiembre pasado, en Morelia. Yo trabajaba de chofer de mi hermano, el diputado de Coalcomán Osvaldo Esquivel, cuando cinco jóvenes entre 15 y 16 años (entre ellos una adolescente) nos atacaron a machetazos. ¿No supo de esa noticia? A mi hermano lo mataron. Desde entonces ando en este movimiento y me hago llamar El Comandante Chavo”.

Salvador ya no se cubre el rostro como en un principio. “Ya no les tenemos miedo, y por ello mostramos el rostro”. Recuerda que a “Parácuaro llegamos unos 300 comunitarios para correr a los Templarios. Fue el pasado 4 de enero que llegamos repartiendo bala, y desde entonces aquellos ya no se acercan por estos rumbos”.

Recuerda que aquella tarde Los Caballeros Templarios incluso les pusieron una bomba debajo de un puente, “pero huyeron tan rápido que no tuvieron tiempo de activarla”.

A unos metros de la barricada hay una camioneta de la Policía Federal en la que permanecen alertas dos uniformados. Comenta El Comandante Chavo que con los azules no tienen problema, aunque “les debe dar pena que nosotros estamos haciendo su trabajo”.

La idea de los comunitarios —explica Salvador— es que cada uno de los pobladores tenga su propia arma y esté listo para cualquier enfrentamiento. “Saben que si se escuchan fuertes campanadas desde la parroquia es momento de salir a pelear con todo.”

Saca su pistola, limpia la cacha y explica que “aquí no es necesario enseñarles a disparar, pues Parácuaro es tierra de cazadores de venado y hasta los chamacos saben jalar del gatillo. Las mujeres también quieren unirse a las barricadas, y a los niños son a los únicos que no se los vamos a permitir. Pero ellos también quieren defenderse”.

Los pobladores de esta comunidad se quejan de extorsión y algunos robos. Son los comunitarios que llegaron de otros pueblos los que traen el dolor de perder a sus seres queridos a manos del crimen organizado. Por ello no se detienen ante los Templarios.

El Comandante Chavo señala a uno de sus “soldados” y explica que “viene muy dolido. Le mataron a 14 familiares, incluida una nena de tres meses y un niño de 14 años. Ya no tiene nada que perder. Como él y como yo lo que queremos es que no pase lo mismo en estas comunidades. Se los he platicado a los moradores y están dispuestos a defender a los suyos. Yo sé que cuando nos tengamos que ir (federales y comunitarios) ellos ya sabrán qué hacer si regresan los Templarios”.

Agrega que en el pueblo hay una casa en la que llegan a ‘guardar’ al enemigo. “Ya agarramos a ocho halcones y los hemos puesto a realizar trabajos forzados. Que armen barricadas y pongan rocas y llantas en algunos lugares de la carretera”.

También decomisaron una bazuca, 15 cuernos de chivo y tres AR-15.

“¿Con los federales?, no tenemos ningún problema. Mírelos, ahí están vigilando, mientras nosotros seguimos haciendo el trabajo peligroso.”

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