El nuevo Papa y su papa caliente
Marcelino Perello
12/03/2013 03:26
Justo en el momento en que esta madrugada las rotativas de Excélsior (no sé si hoy me habrá tocado la Harris o la Colorman, a cual más imponente; le tengo que preguntar al capitán Alejandro Silva) daban a luz la edición de hoy, se iniciaba en Roma el cónclave que designará al nuevo Pontífice, que debe asumir su santísimo cargo el último día de este mes, Domingo de Pascua.
Eso quiere decir que los 115 cardenales electores tendrán que apurarse tantito. Contarán con menos de tres semanas para que la piccola fumata bianca, que ya esperan miles de fieles devotos abnegados, se eleve tímidamente desde el tejado de la Capilla Sixtina (que aquí entre nos, debería llamarse Capilla Michelangina, ¿no? Pues el tal Sixto IV ¿qué? mero padrone) anunciando finalmente, a trancas y barrancas, que Habemus Papa.
Es cierto que ha habido designaciones exprés como la de Julio II, en el siglo XIII, que en el primer día del cónclave ya fue designado. Y curiosamente fue en ese mismo siglo, como nos informa nuestro periódico el día de ayer, que se dio el más largo. El humo no se quiso blanquear sino después de 33 meses. Ya sabemos que entonces las cosas estaban más bien complicadas en el seno de Nuestra Santa Madre, y se avecinaba el gran cisma de Aviñón. En los tiempos modernos, en el siglo XVIII, el parto de Benito XIV (a él, como era anterior a Mussolini, no fue necesario latinizarle el nombre) duró 181 días, y durante las deliberaciones murieron cuatro de los sufragistas confinados.
Con el fin de evitar tan molestos contratiempos, hoy en día se exime a los cardenales mayores de 80 años. No es ninguna garantía, pero de todos modos. No olvidemos que las deliberaciones son a puerta cerrada, extra omnes “fuera todos”, sin ningún contacto con el mundo exterior. De ser necesario, duermen y descansan en la Casa Santa Marta, dentro del recinto confinado, y ellos mismos deben hacer el quehacer. La comida se les hace llegar a través de una pequeña trampa, para que no haya ni siquiera contacto visual. En cierta ocasión incluso, no recuerdo cuál, ya se estaban tardando, y por la “ventanita” empezaron a pasarles únicamente pan y agua. Sin explicaciones, claro. Pero los doctos electores entendieron inmediatamente el mensaje, se apuraron y le dieron cran al trámite en un santiamén.
Ahora, por primera vez los prelados serán escaneados, para evitar que introduzcan furtivamente ayfones o artilugios similares que les permitieran comunicarse con el exterior y eventualmente pasar información. No serían pocos los medios que aflojarían varios milloncejos a cambio de tales indiscreciones. Y tal como están las cosas, no dude usted ni tantito, suspicaz lector, que más de un príncipe de la Iglesia los aceptaría sin demasiados reparos. Total, después se confiesa y ya. Un tuitero vaciado, @odiomistweets, dice que en la Capilla no podrán usar el Wi-Fi porque es con-clave.
A estas alturas, usted se preguntará, amable leyente, por qué un ateo fervoroso y practicante como yo se ocupa de tan ñoños y anacrónicos menesteres. Pero no dudará en coincidir conmigo que la historia de la Iglesia, de todas las iglesias, y sus ritos respectivos son harto atractivos, misteriosos y perfumados y la oscuridad y el aroma a incienso de las casas de Dios, de todos los dioses, no cesan de seducirme.
¿Cómo no preguntarse si la Papisa Juana y la Silla Gestatoria, habrán efectivamente existido? Se dice que en el siglo IX, el Papa Juan VIII fue en realidad una mujer, de nombre Eloísa, y que a su muerte habría sido enterrada en la callejuela que va del Coliseo a la iglesia de San Clemente, y que desde entonces el Santo Padre se abstiene de pasar por ahí.
Y sería a causa de ese inoportuno descuido que se instauró la llamada “Silla Gestatoria”, que habría dado origen a la actual, y en la que el Papa es llevado en andas; pero la original tenía un orificio en el centro del asiento por medio del cual los cardenales, en fila, se iban cerciorando de la virilidad del nuevo Pontífice antes de darlo por bueno. ¿Cómo no dejarse cautivar por esa subyugante historia/leyenda? Irresistible.
El inefable Nueve con su acidez proverbial, piensa en voz alta que si la costumbre sigue vigente, en estos tiempos de auge de la pederastia y la homosexualidad sacerdotales, el susodicho examen se ha de haber vuelto más minucioso y tardado que nunca.
A propósito, todos los sitios de internet en los que intento documentar estos hechos enigmáticos se han vuelto de pronto inaccesibles. Sólo permanecen los que los mencionan de paso y para anatemizarlos. Por lo visto, la Divina Providencia ataca de nuevo.
En cualquier caso, reconocerá usted que la importancia cultural y social de las creencias, es decir de las supersticiones organizadas, es enorme. Y la de la Iglesia católica es posiblemente la mayor. No la más numerosa, pero sí la más influyente, aún hoy, cuando sus tétricos y antiguos lustres ya se han oxidado y descarapelado en buena medida. Esa decrepitud decadente no la hace sino más cautivadora. Su influencia simbólica en el quehacer de la sociedad occidental es innegable. Hace tiempo que digo, y hoy lo reitero, que el ateísmo es un fenómeno propio y exclusivo del cristianismo. Los ateos venimos a ser, como quien dice, una orden monacal.
Hoy la situación vuelve a ser delicada, no sé si tanto como en el siglo XIII, pero fácil no es. Y el debate se anuncia escabroso. Así que aguas. Si los purpurados no se ponen buzos, habrá que esperar a la resurrección del año que viene.
La encrucijada es seria. El número de feligreses no cesa de disminuir. Y los escándalos financieros y sexuales no pueden no hacer mella en las convicciones, la estructura y la estrategia de las cúpulas eclesiales. A estas alturas todavía ignoramos del todo la causa de que Benedicto XVI se haya hecho humo él mismo.
En esta coyuntura los responsables eclesiásticos se han visto tentados a cerrar filas y a ponerle el pie a las pujantes corrientes renovadoras y liberales, con fuerte apoyo de fuerzas laicas. Pero saben que eso resultaría contraproducente. Parece indispensable, en cambio, que el nuevo Papa renueve y amplíe el Colegio Cardenalicio y lo haga no más plural, pero sí más joven, audaz y beligerante.
Preferirán entonces rechazar esa zancadilla, lucubrarán alguna artimaña más oportuna. ¿Los opositores seculares acaso buscarán impedir a un sucesor tomar esa decisión? Sólo invistiendo nuevos ungidos se terminarán esos diferendos velados ante las graves objeciones manifestadas acerca de retorcer el sínodo.
Ninguno de los favoritos, Scola, Scherer, Bergoglio, o incluso el caballo negro Turkson, lo tendrá fácil en caso de resultar “afortunado”. Bajo los frescos del Buonarroti se rifa una papa caliente. A lo mejor pronto le irá a hacer compañía a Benedicto XVI en Castel Gandolfo. En todo caso mejor que ir a hacérsela a Juan Pablo I.
*Matemático
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