Brasil, segundo mercado de cocaína en el mundo

Sus dos mayores cárteles, Comando Vermelho y Primer Comando Capital, introducen la droga a través de las fronteras con los principales países productores: Colombia, Perú y Bolivia

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07/07/2014 02:42 José Carreño Figueras

CIUDAD DE MÉXICO, 7 de julio.- Brasil es el segundo mercado mundial para el consumo de cocaína, y tan importante como es, asume también un creciente papel como país de paso y partícipe en el narcotráfico hacia Europa.

Pero de acuerdo con el diario brasileño Extra, la identidad de los traficantes, especialmente sudamericanos que intervienen en el creciente mercado ilegal del mayor país de Sudamérica, es prácticamente desconocida a pesar de que se les conoce.

Es un reparto al que el diario bautizó como Narcosul, en un obvio juego de palabras en base al bloque económico Mercosur, que también tiene a Brasil como socio principal.

Se encuentra por ejemplo Marcos Willians Herbas Camacho Marcola, famoso por ser jefe del Primer Comando Capital (PCC), una pandilla originada en prisión que tiene bases en las favelas de Sao Paulo.

Pero hay otros, como consignó Geoffrey Ramsey en un análisis de InsightCrime, un grupo especializado en crimen organizado en Latinoamérica, como Luiz Carlos da Rocha o Cabeza Branca (Cabeza Blanca), que se cree vive en Paraguay, donde se le atribuye la supervisión de contrabando a gran escala de Perú y Bolivia hacia Brasil.

9 mil millones de dólares anuales es el valor estimado del mercado de las drogas en Brasil

Otros cabecillas incluirían a los peruanos Jair y Wilder Ardela Michue, detenidos en 2011 pero que construyeron una ruta desde la llamada “Triple Frontera” hacia Manaos, literalmente la capital económica del norte de Brasil y un punto de distribución de drogas tanto hacia la ruta trasatlántica que lleva cocaína a África, Europa y Oriente Medio, como hacia los centros de consumo en Río de Janeiro y Sao Paulo.

El hecho es que el Comando Vermelho (CV) y el Primer Comando Capital son de lejos las más conocidas de las pandillas brasileñas. Las dos, que no compiten, salen de las cárceles y mientras el CV tiene su base en las favelas de Río de Janeiro, el PCC, a su vez, la tiene en las de Sao Paulo.

Ambas pandillas no se enfrentan directamente, pero aunque hay un grado incluso de cooperación que ha evitado brotes de violencia como los que caracterizan las luchas intercárteles en México, eso no quiere decir que todo sea simple: el PCC, por ejemplo, se disputa el control del narcotráfico en Manaos con un grupo denominado Familia del Norte (FDN), aliada con el CV.

54 por ciento de la droga incautada en Brasil en 2011 provenía de Bolivia; el resto era de Perú y Colombia

Más aún, y aunque hay varios importantes independientes especializados en el contrabando hacia Brasil, se ha detectado también una creciente actividad del PCC y el CV en países vecinos. Hay señales también de relación con grupos vinculados con cárteles mexicanos y con las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia
(FARC).

Después de todo, el botín es enorme: el mercado brasileño de droga esta valuado en unos 9 mil millones de dólares anuales.

El año pasado, por ejemplo, la policía logró desmontar una red de  lavado de dinero que movió unos 5 mil millones de dólares, aunque no sólo del narcotráfico.

Y eso sin contar con las lucrativas rutas de tránsito hacia Europa: Brasil tiene 14 mil 691 kilómetros de fronteras con diez países y buena parte de ellas en zonas selváticas con naciones productoras de cocaína, hace por lo menos difícil, si no imposibilita la vigilancia. Es además una nación exportadora.

De acuerdo con un análisis del académico Alcides Vaz, del Instituto de Relaciones Internacionales de la Universidad de Brasilia, su país enfrenta problemas para controlar sus fronteras, tanto debido a su tamaño como a la fortaleza de los grupos delictivos y las debilidades institucionales en los estados fronterizos del país.

Brasil comparte frontera con Colombia, Perú y Bolivia, los principales productores de coca del mundo, pero también con países que por tradición o por problemas internos tienen dificultad para vigilar sus propias fronteras, como podrían ser Venezuela o Paraguay.

Y de hecho, Paraguay, una nación a la que el Departamento de Estado estadunidense considera como un punto de paso de cocaína hacia Brasil, Europa y África, se ha convertido en el eje principal del contrabando en América del Sur, uno además en donde se cree hay una presencia mayor de grupos de crimen organizado para aprovechar la porosidad de sus fronteras con Bolivia, Brasil y Argentina.

InsightCrime consignó que por otro lado, más allá de la frontera con Paraguay y las redes amazónicas, están los vuelos ilegales desde Bolivia, que luego descargan en los estados de Mato Grosso y Mato Grosso do Sul. De acuerdo con Extra, uno de los capos más notorios de esta ruta es Lourival Maximo da Fonseca Tião.

Se considera que la mayor parte de la cocaína de Brasil proviene de Perú y Bolivia, y en 2011 poco más de la mitad de todos los envíos de cocaína incautados en Brasil (54 por ciento) procedían de Bolivia, por 38 por ciento de Perú y 7.5 por ciento de Colombia. Sin embargo, las autoridades bolivianas insisten en que la mayor parte de esta cocaína es en realidad producida en Perú.

Hace casi cuatro años, la ahora presidenta Dilma Rousseff planteó la seguridad fronteriza como una prioridad de su gobierno y ha dedicado fondos
y equipo a un plan estratégico de control que organizaciones como InsightCrime comparan con las estrategias
empleadas por Estados Unidos.

“Como el gigante económico en crecimiento, Brasil probablemente siente una similar amenaza significada por el crimen externo y una necesidad de ejercer su autoridad”, puntualizó un análisis del grupo, que sin embargo, hizo notar que la fijación en el cierre de fronteras “no resuelve los numerosos problemas internos de seguridad, incluso las poderosas y cada vez más trasnacionales pandillas carcelarias y la creciente violencia fuera de sus mayores ciudades”, comentó la
organización.

Pero al igual que Estados Unidos, Brasil no sólo es mercado y punto de tránsito, sino un centro delincuencial por derecho propio, como pueden atestiguar los esfuerzos de las autoridades brasileñas para tratar de controlar la situación durante el Mundial de Futbol de 2014.

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