Continúa vivo el recuerdo de las víctimas del atentado del 11 de marzo

Los ataques terroristas de hace diez años en Madrid transformaron esos lugares; hoy se pueden distinguir altares que honran a los fallecidos y son la muestra de que la memoria de ese dolor no ha muerto en la capital española

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10/03/2014 01:12 José David Pérez/Especial

MADRID, 10 de marzo.–Los calificativos son algo supérfluo al hablar de una fecha como el 11 de marzo de 2004, basta un gesto: los ojos cerrados y el suspiro ante la mención de la fecha. 

Madrid no olvida a las casi 200 víctimas y a los miles de heridos que dejaron los atentados en las estaciones del tren suburbano de Santa Eugenia, El Pozo, Atocha y en su paso por la calle Téllez, barrios humildes, que han cambiado mucho desde 2004, pero que conservan el recuerdo.

Un paseo por las estaciones renovadas y las calles, hoy llenas de jardines y con presencia de parques infantiles, basta para ver los detalles que muestran como diez años no son nada. Una conversación con cualquier vecino basta para descubrir la falta de escrúpulos de actores sociales que han rentabilizado esta desgracia.

Sin embargo, la única forma de contar qué pasó el 11 de marzo de 2004 y cómo marcó una ciudad es recorrerla. 

El 11 de marzo de 2004, Madrid comenzaba su jornada, sobre las siete de la mañana, con una huelga universitaria, que dejó a miles de estudiantes lejos de los trenes. Los vagones iban llenos de trabajadores. “Como tantas otras veces perdí el tren en ese momento, sólo pensé en que me despedirían”, explicó uno de esos empleados.

Veinte minutos más tarde, ese mismo hombre relata cómo el vagón del siguiente tren se llenaba del sonido de los celulares. La incredulidad, las lágrimas, la impotencia cubrían el ambiente de ese tren y otros tantos. Los trenes en marcha se paraban, Madrid cerraba los ojos con la esperanza de que al abrirlos todo fuera un error.

En unos minutos, las alarmas a los servicios de emergencias desplegaron unos 94 dispositivos móviles y casi 500 profesionales de la sanidad. En las horas siguientes tuvieron que atender en el mismo lugar a 388 heridos que no podían ser desplazados.

En la calle Téllez, uno de los responsables del centro deportivo Daoiz y Velarde, situado a menos de 20 metros de la vía donde estalló la bomba, explica cómo el atentado inauguró el centro.

“Llegué a las siete y media, y uno de los limpiadores salió, me dijo que había escuchado un estallido. Además, la calle estaba llena de los pasajeros que no estaban en los vagones afectados, confundidos preguntaban por la entrada del Metro, decían que iban tarde a trabajar.”

“Acto seguido fuimos al viejo cuartel de policía. Allí nos acompañaron y, por un momento, nos embargó la impotencia, pero no había tiempo, abrieron las puertas del centro deportivo. Utilizando las puertas de los trenes como camillas improvisadas llegaron los primeros heridos. El botiquín fue empleado en las primeras atenciones  y con la llegada de los servicos de salud, el hall y la alberca pasaron a ser un hospital de campaña.

Las  llamadas eran continuas e identificar a los herido era complicado, pues sus pertenencias, algunas de las cuales fueron sustraidas por curiosos, se apilaban junto a las camillas. “Los gritos saturaban el ambiente y el olor a sangre, que nunca olvidaré, nos llevaba al límite”, explicó.

La escena se repetía, estaciones al aire libre, salvo Atocha, estaban tomadas por los equipos médicos. La ciudad congestionada e impresionada, familiares buscando a quienes habían tomado un tren ese día. Un teléfono apagado, la negativa en algún hospital eran la exasperante carrera que llevaba a las instalaciones de la feria de Ifema. Allí decenas de forenses analizaban a las víctimas mortales.

Al anochecer, uno de los limpiadores de Santa Eugenia explicó que sus compañeros del turno de la tarde le relataban cómo no entraron al tren porque el descampado por donde cruzaban estaba mojado.

Durante los días siguiente, los trenes, los coches afectados por la metralla y las flores, velas y textos en recuerdo inundaban la zona. Una de las más emblemáticas fue la de Atocha, allí una trabajadora de limpieza explicó, que como dijeron en junio de 2004, ese altar era un tormento de olor a cera que revivía cada día el atentado del que, como todos los madrileños, también fueron víctimas.

Al día de hoy, esos grandes altares han sido sustituidos por pequeñas muestras de los familiares. En El Pozo, en uno de los dos abetos que enmarcan una placa de homenaje, hay un ramo de rosas atado escondido de la mirada pública; pero que tiene como fin que no se olvide.

En Santa Eugenia, una vela siempre está prendida; como revela un miembro del equipo de limpieza. “Es una madre, cada semana se acerca con un gesto fuerte, mira el monumento en homenaje y deja su vela”.

En la calle Téllez, sobre el muro con vallas hay diversos ramos y dos placas en recuerdo de dos de las víctimas. Sus rostros, el de una mujer morena de ojos negros y un chico joven  de nacionalidad rumana, están estáticos sobre una losa de piedra. Son las muestras de lo que pasó hace diez años en un lugar que hoy es un parque infantil.

Hay actos no materiales, pero representativos. No faltan quienes nunca han vuelto a las estaciones afectadas o quienes tiemblan cuando los trenes de Atocha se paran porque van con unos minutos de adelanto.

En estos días, se ven eclipsados por las grandes convocatorias, donde los monumentos de los barrios toman el brillo de cientos de velas recuerdo de que esa fecha sigue moviendo a Madrid.

Las pequeñas velas, la voz temblorosa al hablar del tema no tienen la magnitud de ese montículo con 22 olivos, por los niños, y los 170 cipreses, por los adultos; ni suponen la inversión de monumentos como el inaugurado en 2007 en Atocha.

Esos homenajes son la muestra de que el recuerdo sigue en esa gran ciudad; que sigue adelante, pero sin perder de vista el dolor. Son pruebas de que Madrid, diez años después, sigue cerrando los ojos, suspirando y tratando de seguir adelante con el recuerdo del 11 de marzo de 2004.

 

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