Hugo Chávez

Fernando Serrano Migallón

14/03/2013 03:30

Hugo Chávez

Después de una larga batalla contra el cáncer, de una penosa agonía, el presidente de Venezuela, Hugo Chávez, falleció en medio del debate que siempre lo caracterizó y de la polarización de opiniones que siempre lo acompañó. Multitudes se lanzaron a la calle a llorar a su caudillo; Raúl Castro lo llamó invicto, victorioso e invencible; sus restos serán embalsamados y conservados.

A la distancia, no sólo geográfica, sino temporal también, esta situación puede parecer algo confusa; es decir, cómo un gobernante podría alcanzar estos niveles casi míticos de popularidad y de desenfreno; cómo un golpista redimido, cómo un adversario de la libertad de prensa; hasta dónde el mito del justiciero se puede confundir con el revolucionario y cómo es que nuestros ciclos del caudillismo y de las mil y una variantes de la dictadura pueden ser endémicas en nuestra cultura política. Chávez se va y no parece posible un chavismo sin su caudillo porque precisamente ese es el riesgo mortal de los regímenes de un hombre, por más figura que sea, porque no son sustentables en tanto que no concitan las virtudes de la democracia; no hubo un porfirismo sin don Porfirio ni sería posible un franquismo sin Franco. Esa parece ser, en el fondo, la más terrible de nuestras enfermedades políticas latinoamericanas, la poca capacidad para lograr la institucionalidad, la estatalidad de las políticas y la permanencia del diálogo más allá de los actores.

Caterva inmemorial y variopinta la de nuestros caudillos continentales; desde el estrafalario Francia, hasta el mortífero Trujillo; todos ellos con una mano de santo para la curación de las enfermedades de la pobreza ancestral de nuestros pueblos, pero todos ellos incapaces de entender el proceso democrático y todos ellos mesiánicos perdidos en la contemplación de su propia grandeza. No basta con implementar políticas sociales, es necesario que éstas sean sustentables y no generen ni la división ni la polarización de las sociedades, sino que reúnan voluntades y formen auténticos espíritus democráticos; todo lo que va más allá es culto a la personalidad y peligro de populismo mágico.

Como sucedió con Chávez, para el florido caudillo latinoamericano las libertades y la legalidad no son problema, son argumentos secundarios; así, los vericuetos para mantener a Maduro como presidente que pueda elegirse dejan a la Constitución venezolana en un difícil predicamento. La muerte de Chávez deja una Venezuela dividida y un movimiento bolivariano chavista que puede tornarse en una batalla de reyezuelos, nada está ahí escrito; y si la distancia que separó y separará a Chávez de Lula no es una ayuda para comprender el fenómeno social y político que vivió Venezuela en los últimos años, habría que aprender también la lección que nos deja la presidente Bachelet. El problema no es ni la izquierda ni la justicia social, el problema es lograr su conciliación con la democracia y con la libertad; el problema es construir sociedades y políticas más allá de los personajes, por simpáticos y atrevidos que nos parezcan; la idea de transformar una nación tiene más que ver con los consensos que con las confrontaciones.

                *Profesor de la Facultad de Derecho                de la UNAM

                fserranomigallon@yahoo.com.mx

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