Carrillo Gil, médico y coleccionista; 40 años de tener un museo propio

Hoy se cumplen cuatro décadas de la inauguración del museo que lleva el nombre de quien, sin formación artística formal, pero con una gran sensibilidad humanística —se ganaba la vida como pediatra—, logró consolidar uno de los acervos más siginificativos del arte nacional

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30/08/2014 05:48 Sonia Ávila

CIUDAD DE MÉXICO, 30 de agosto.- En el París de la década de los 30 del siglo pasado, el de los años inmediatos a La Belle Époque en los que el expresionismo rompió los cánones del arte, es en el que tiene origen la colección de arte Carrillo Gil, hoy integrada por más de dos mil 100 piezas.

Fue la plástica parisina de Pablo Picasso, George Braque, Henri Matisse y Amedeo Modigliani la que impactó a Álvar Carrillo Gil, médico pediatra, quien en 1931 llegó a la capital francesa para realizar una residencia de estudio durante un año, lo que cambió literalmente el rumbo de su vida.

En ese sentido, no hay mayor testimonio que dé cuenta del nacimiento de un acervo que se conceptualizó y concretó tiempo antes de convertirse en una colección pública, y en gran medida se construyó a partir de la sensibilidad innata de un hombre más cercano a la ciencia que a la pintura.

Poco tiempo después de este encuentro fortuito, Carillo Gil adquirió en México su primera obra: La Chole, un dibujo a lápiz de José Clemente Orozco, la cual detonó una “pasión” por ubicar y adquirir las piezas más  representativas del arte moderno, en especial el nacional.

Él no tiene mayores antecedentes en el arte; él nació en un pequeño pueblo en Yucatán, su madre era maestra rural y no tenía ningún elemento que lo hubiera acercado al arte antes de su estancia en París. Desde luego siempre fue una persona sensible a muchas cosas y creo que enfrentarse por primera vez a este mundo, una época en que el arte y los artistas estaban muy presentes en la vida cotidiana, fue muy importante.

En México, estamos hablando de inicios del siglo XX, en plena época revolucionaria y él no tenía ningún antecedente artístico; sí era un hombre sensible y dado a las humanidades, pero no había sido expuesto al arte; pensemos que en Mérida a inicios del siglo no había mucho arte al público ni menos dónde educarse en arte”, considera Armando Sáenz Carrillo, nieto del coleccionista.

A propósito del 40 aniversario de la apertura del museo que Carrillo Gil construyó ex profeso para su acervo, el museógrafo recuerda que luego de la estancia en París, el médico pediatra se mudó a la Ciudad de México, en donde fundó un laboratorio de medicina infantil con un grupo de colegas, y en 1938, aún con la inquietud de París, compra La Chole.

La pieza responde al periodo expresionista de Orozco, quien es, en cierto modo, el artista mexicano más vinculado con esta corriente. Entonces se establece entre el médico y el pintor una relación de cofradía que resultó en la colección más completa del artista reunida por un privado y, a la vez, en un detonante para formar el acervo matriz del museo que hoy festeja su aniversario.

La de Carrillo Gil fue una estrategia de adquisición guiada por la intuición,  la sensibilidad natural hacia el arte, y, a la vez, por la opinión de su amigo artista, quien lo fue introduciendo al ambiente plástico, y no sólo le comentaba de otras obras sino que le  consultaba sobre alguna propia aún en proceso, y que de manera natural se integraba al acervo.

Se dieron situaciones de cierta oportunidad de intercambio; por la amistad cuando Orozco trabajaba en alguna obra nueva, lo llamaba y le preguntaba si le interesaba, si le gustaba o faltaba algo; digamos que le daba una primera vista, y esa pieza se sumaba a la colección. Por eso abarca muchas épocas de Orozco, se tiene prácticamente toda la obra de él”.

Con la misma mecánica, Carrillo Gil se hizo de un importante acervo de David Alfaro Siqueiros, su segundo amigo más cercano, de quien adquirió la poca obra de caballete que produjo, y que más que pieza final sirvió como boceto para los murales, una suerte de apuntes para sus grandes pinturas, por lo que hay poca obra hecha específicamente en formato convencional de caballete, excepto algunas naturalezas muertas y la serie de retratos.

Carrillo Gil no hizo una colección, hizo varias, y la colección más importante con la que llega al museo él mismo la cierra hacia 1960. De Diego Rivera compra algunas cosas muy específicas como cuadros cubistas, porque no le interesó el mexicanismo, más bien la pintura expresionista abstracta que eran las nuevas expresiones de ese momento”, afirma al recordar que su abuelo sólo hizo amistad “cercana” con Orozco, Siqueiros y Wolfgang Paalen.

Ahí es donde nace también su interés por la gráfica europea y reúne trabajos específicos de Picasso, y, la más conocida, la estampa japonesa. De ésta reunió a casi todos los autores a partir de la exposición de Japón en México en 1955; eran piezas que no ocupaban galerías sino anticuarios, y es donde las compra.

A decir de Sáenz, su abuelo aprovechó una época en que la obra de caballete era considerada de menor importancia frente al impacto del muralismo, e incluso los propios artistas la producían sólo para sobrevivir económicamente, y entonces tampoco existía el mercado de galerías en el país como ahora.

La colección se fue consolidando de manera simultánea a su reconocimiento nacional e internacional, y sirvió en muchas ocasiones como “embajadora” del arte mexicano en exposiciones internacionales. El museógrafo recuerda que incluso cuando se funda el Instituto Nacional de Bellas Artes en 1947, éste solicita en varias ocasiones las piezas para exhibirse en exposiciones fuera del país.

Es cuando se da cuenta de que la colección es importante, y toma la decisión de hacerla pública; él compra este terreno (el del museo) y empieza hacer este edificio en 1958 con la idea de que fuera para la colección, que fuera museo público, y ese sueño se consigue ya hacia el final de la década, incluso mi abuelo no llegó a la inauguración.

Nosotros, desde mi madre como la primera testigo, siempre crecimos con la conciencia de que no éramos dueños de la obra, que esa colección no era nuestra y nosotros nada más la cuidábamos. Siempre nos dijo que era pública, que era tan importante y grande que no tenía mucho sentido que se quedara con un particular”, cuenta quien recuerda que su abuelo no le leía cuentos, sino le enseñaba a identificar pintores en los libros.

Yo empecé ayudar a cargar cuadros desde que tenía ocho años, era algo cotidiano en casa y cuando llegaba uno nuevo era motivo de fiesta. Recuerdo los caminos a la oficina de correos para recoger los paquetes de libros que encargaba del extranjero, era una gran aventura.”

La pasión por el arte llevó a Carrillo Gil a adquirir libros de artistas exclusivos, no sólo como lector ávido sino con interés particular por obras exclusivas. Al final, el coleccionista formó varias bibliotecas: la de los libros médicos que a su muerte se donaron a Mérida, la de historia del arte con los que trabajaba, que se encuentra en el museo,  y la que aún está en casa que es una suerte de fondo reservado con mil 200 ejemplares únicos.

Son los grandes libros de artistas como Picasso y Matisse, que eran más bien libros de artistas, pero eran concebidos de otra manera, que a veces como obra original, algunos en colaboración con poetas y pintores. Aún estamos pensando cuál será el futuro de este acervo.”

En casa, señala Sáenz Carrillo, queda poca obra que pudiera sumarse a la colección, y más bien se busca que el museo cumpla un pendiente: abrir una sala permanente para el acervo. Con este espacio, asegura, se tendría el recinto que el médico proyectó.

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