Los viajes de Gulliver; novela aparecida originalmente en 1726

Con autorización de la editorial Sexto Piso, publicamos un fragmento de la nueva versión del clásico de Swift, ilustrada por Javier Sáez Castán, que ya comenzó a circular en librerías

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17/08/2014 03:08 Jonathan Swift/ especial

CAPÍTULO I

El autor da noticia de sí mismo y de su familia, y de sus primeras inclinaciones a viajar. Naufraga, nada para salvar la vida y toma tierra en el país de Liliput, es hecho prisionero y trasladado tierra adentro.

CIUDAD DE MÉXICO, 17 de agosto.- Mi padre tenía una pequeña hacienda en Nottinghamshire; yo era el tercero de cinco hijos. Me mandó al Colegio Emanuel, de Cambridge, a los catorce años de edad, y allí residí tres, y me apliqué seriamente en mis estudios; pero al ser el costo de mi manutención (aun siendo mi asignación muy escasa) una carga demasiado grande para tan limitada fortuna, entré de aprendiz con el señor James Bates, eminente cirujano de Londres, con quien permanecí cuatro años; y las pequeñas cantidades que mi padre me enviaba de vez en cuando las invertí en aprender navegación y otras partes de las matemáticas, útiles a quien se disponga a viajar, pues siempre creí que, tarde o temprano, viajar sería mi suerte. Cuando dejé a Bates, volví al lado de mi padre; allí, con su ayuda y la de mi tío John y la de algunos otros parientes, obtuve cuarenta libras y la promesa de treinta al año para mi sostenimiento en Leiden, donde estudié física durante dos años y siete meses, convencido de que me sería útil en largas travesías.

Poco después de mi regreso de Leiden, por recomendación de mi buen maestro Bates me coloqué de oficial médico en el Swallow, un buque que estaba al mando del capitán Abraham Pannell, con quien permanecí tres años y medio durante los cuales hice un viaje o dos a Oriente Medio y a otros varios lugares. A mi regreso, decidí establecerme en Londres, algo a lo que me animó Bates, mi maestro, por quien fui recomendado a algunos pacientes. Alquilé parte de una casa pequeña en la Old Jury; y como me aconsejasen tomar estado, me casé con la señorita Mary Burton, hija segunda de Edmund Burton, calcetero de Newgate Street, y con ella recibí cuatrocientas libras como dote.

Pero como mi buen maestro Bates murió dos años después, y yo tenía pocos amigos, mi negocio empezó a decaer; pues mi conciencia no me permitía imitar la mala práctica de tantos y tantos entre mis cofrades. En consecuencia, consulté con mi mujer y con algún conocido, y resolví regresar al mar. Fui médico sucesivamente en dos barcos y durante seis años realicé varios viajes a las Indias Orientales y Occidentales, lo cual me permitió aumentar algo mi fortuna. Empleaba mis horas de ocio en leer a los mejores autores antiguos y modernos, para lo cual siempre contaba con un buen número de libros; y cuando desembarcábamos, en observar las costumbres e inclinaciones de la gente, así como en aprender su idioma, lo que me resultaba de gran facilidad gracias al vigor de mi memoria.

La última de estas travesías no fue muy afortunada; me harté del mar y quise quedarme en casa con mi mujer y demás familia. Me trasladé de la Old Jury a Fetter Lane, y de allí a Wapping, esperando encontrar clientela entre los marineros; pero no me salieron las cuentas. Transcurridos tres años de aguardar que cambiaran las cosas, acepté un ventajoso ofrecimiento del capitán William Pritchard, patrón del Antelope, que iba a emprender un viaje a los mares del Sur. Zarpamos de Bristol el 4 de mayo de 1699, y la travesía al principio fue muy próspera.

No sería oportuno, por varias razones, molestar al lector con los detalles de nuestras aventuras en aquellas aguas; baste informarle que en nuestro navegar desde allí a las Indias Orientales fuimos arrojados por una violenta tempestad al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según observaciones, nos encontrábamos a treinta grados, dos minutos de latitud sur. Doce miembros de la tripulación murieron a causa del trabajo excesivo y la mala alimentación, y el resto se encontraba muy debilitado. El 5 de noviembre, que señalaba el principio del verano en aquellas regiones, con mucha neblina, los marineros vislumbraron una roca a medio cable de distancia del barco, pero el viento era tan fuerte que fuimos arrastrados directamente a ella y de inmediato el casco se partió por la mitad. Seis tripulantes, yo entre ellos, que habíamos lanzado el bote a la mar, maniobramos para apartarnos del barco y de la roca. Remamos, según mi cálculo, unas tres leguas, hasta que nos fue imposible seguir, agotados como estábamos ya por el esfuerzo realizado mientras estuvimos en el barco. De modo que nos entregamos a merced de las olas, y al cabo de una media hora una violenta ráfaga del norte volcó el bote. De lo que fuera de mis compañeros de barca, como de aquellos que se salvasen en la roca o de los que quedaran en la nave, nada puedo decir, pero deduzco que perecieron todos.

Por lo que a mí respecta, nadé como me dictó la ventura, empujado por viento y marea. A menudo dejaba que mis piernas se hundieran, y no hallaba fondo, pero cuando estaba casi muerto e incapaz de continuar luchando, hice pie. Y para entonces la tormenta había amainado considerablemente.

El declive era tan pequeño que anduve cerca de kilómetro y medio para llegar a la playa, lo que supuse que sucedió alrededor de las ocho de la noche. Luego seguí avanzando cerca de ochocientos metros, mas no pude distinguir señal alguna de casas ni habitantes; en cualquier caso, me encontraba tan debilitado que no lo observé. Me hallaba muy, muy cansado, y con esto, y lo caluroso del tiempo y la media pinta de coñac que me había bebido al abandonar el barco, sentí que me ganaba el sueño. Me tendí en la hierba, que era muy corta y suave, y dormí más profundamente de lo que recordaba haber hecho en mi vida, y más de nueve horas, según calculé, pues al despertar acababa de amanecer. Intenté levantarme, pero no pude moverme, pues se daba la circunstancia de que, echado de espaldas, me encontraba con los brazos y las piernas fuertemente amarrados a ambos lados en el suelo, y mi cabello, largo y fuerte, atado del mismo modo. Asimismo, sentía varias delgadas ligaduras que me cruzaban el cuerpo, desde las axilas a los muslos. Sólo podía mirar hacia arriba; el sol empezaba a calentar y su luz me hería la vista. Oía un ruido confuso a mi alrededor, pero en la postura en que yacía sólo podía ver el cielo. Al poco tiempo sentí que se movía sobre mi pierna izquierda algo vivo que, avanzando lentamente sobre el pecho, me llegó casi hasta la barbilla; al forzar la mirada hacia abajo cuanto pude, advertí que se trataba de una criatura humana cuya altura no llegaba a quince centímetros, con arco y flecha en las manos y una aljaba a la espalda. Entretanto, sentí que por lo menos cuarenta más de la misma especie (según mis conjeturas) seguían al primero. Se apoderó de mí un asombro enorme, y rugí tan fuerte que todos ellos salieron corriendo aterrorizados; algunos, según me contaron después, resultaron heridos de las caídas que sufrieron al saltar de mis costados al suelo. No obstante, regresaron pronto, y uno de ellos, que se arriesgó hasta el punto de tener una completa visión de mi cara, levantando los brazos y los ojos debido a la admiración, exclamó con una voz chillona, aunque con toda claridad: Hekinah degul. Los demás repitieron las mismas palabras varias veces, pero yo entonces no sabía lo que querían decir.

Permanecí acostado todo ese tiempo, y como el lector podrá entender, muy inquieto. Finalmente, luchando por liberarme, tuve la suerte de romper las cuerdecillas y arrancar las estaquillas que me sujetaban a tierra el brazo izquierdo, pues, llevándomelo sobre la cara, descubrí el método del que se habían valido para atarme, y al mismo tiempo, con un fuerte tirón que me produjo grandes dolores, aflojé algo las cuerdecillas que me sujetaban los cabellos por el lado izquierdo, de modo que pude volver la cabeza cinco centímetros. Pero aquellas criaturas huyeron por segunda vez, antes de que pudiera atraparlas. Sucedido esto, se oyó un intenso grito en tono agudísimo, y cuando hubo cesado, oí que uno chillaba con gran fuerza: Tolgo phonac, y al instante sentí más de cien flechas descargadas contra mi mano izquierda, que me pincharon como otras tantas agujas; y además realizaron otra descarga al aire, al modo en que en Europa hacemos con las bombas, muchas de las cuales me cayeron, supongo, sobre el cuerpo —aunque no las noté—, y algunas en la cara, que me apresuré a cubrirme con la mano izquierda. Cuando pasó este chaparrón de flechas oí quejidos de aflicción y dolor, y al hacer nuevos esfuerzos por desatarme me lanzaron otra andanada mayor que la primera, y algunos intentaron pincharme con lanzas en los costados, pero, por fortuna, llevaba un jubón de piel que no pudieron atravesar.

Me pareció lo más prudente permanecer acostado e inmóvil, y fue mi plan quedarme así hasta la noche, cuando, con la mano izquierda ya desatada, podría fácilmente liberarme. En cuanto a los habitantes, tenía razones para creer que yo podría ser adversario para el mayor ejército que pudieran arrojar sobre mí, si todos ellos eran del tamaño del que había visto. Pero la suerte dispuso de mí de otro modo. Cuando la gente se dio cuenta de que me estaba quieto, ya no disparó más flechas, pero por el ruido que iba en aumento supe que su número se incrementaba, y a unos cuatro metros de mí, hacia mi oreja derecha, oí por más de una hora un golpear como de gentes que trabajasen. Al volver la cabeza en esa dirección tanto como me lo permitían las estaquillas y los cordeles, vi un tablado que se alzaba de la tierra alrededor de cuarenta centímetros, capaz de sostener a cuatro de los naturales, con dos o tres escaleras de mano para subir; desde allí, uno de ellos, que parecía persona principal, pronunció para mí un largo discurso, del que no comprendí ni una sílaba. Pero debería haber mencionado que antes de que esta persona eminente comenzara su oración, exclamó tres veces: Langro dehul san (estas palabras y las anteriores me fueron repetidas y explicadas más tarde). Inmediatamente después, unos cincuenta habitantes se llegaron a mí y cortaron las cuerdas que me sujetaban al lado izquierdo de la cabeza, lo que me dio libertad para volverla a la derecha y observar a la persona y el ademán del que iba a hablar.

Parecía ser de mediana edad y más alto que cualquiera de los otros tres que lo acompañaban, de los cuales uno era un paje que le sostenía la cola, y aparentaba ser algo mayor que mi dedo corazón; los otros dos estaban de pie, uno a cada lado, secundándolo. Actuaba en todo como un orador y pude distinguir en su discurso muchos periodos de amenazas y otros de promesas, compasión y cortesía. Contesté en pocas palabras, pero de manera sumamente sumisa, alzando la mano izquierda y los ojos hacia el sol, como poniéndolo por testigo; y puesto que estaba casi muerto de hambre, pues no había probado bocado desde unas horas antes de dejar el buque, sentí con tal rigor las exigencias de la naturaleza que no pude abstenerme de mostrar mi impaciencia (tal vez contraviniendo las estrictas reglas del decoro) llevándome repetidamente el dedo a la boca para expresar que quería comida. El hurgo (pues así denominan a un gran señor, según supe después) me comprendió muy bien. Bajó del estrado y ordenó que colocasen en mis costados varias escaleras, sobre la cuales subieron más de un centenar de habitantes y caminaron hacia mi boca cargados con cestas llenas de carne, que habían sido dispuestas y enviadas allí por orden del rey ante la primera información que recibió de mí. Observé que era la carne de varios animales, pero no pude distinguirlos por su sabor. Había piernas y lomos cuyas formas eran como de añojo y muy bien sazonados.

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