Un colibrí, metáfora de la fugaz memoria

Margo Glantz publica Yo también me acuerdo, una especie de autobiografía de la novelista mexicana, narrada mediante pequeñas estampas volátiles y etéreas

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19/06/2014 04:36 Virginia Bautista
"Ellos marcan la cotidianidad y van rompiendo la monotonía de algunos recuerdos.” Margo Glantz, escritora

CIUDAD DE MÉXICO, 19 de junio.- Volátiles, pasajeros, evanescentes, imprevistos, pero al mismo tiempo persistentes, porque aparecen todos los días. Para la escritora Margo Glantz (1930), los recuerdos son como los colibríes que ve a diario por la ventana de su estudio.

Por eso, esas pequeñas aves verdes de pico largo se convirtieron en “el hilo conductor” a lo largo de las 383 páginas del libro Yo también me acuerdo (Sexto Piso), una especie de autobiografía de la novelista mexicana narrada mediante pequeñas estampas fugaces y etéreas.

A lo largo de un año, la narradora de 84 años evocó centenares de recuerdos de su infancia, sus padres, sus hermanas, de la Ciudad de México de los años 40 y 50, “con calles tranquilas, cielos azules y algunos lagos”, de sus lecturas y viajes, mientras veía a los colibríes llegar a su invernadero.

“Mi escritorio está frente a una ventana que da a un invernadero con lantanas, rosas, belenes y sábilas color naranja, a donde los colibríes llegan a libar. Yo alzo la mirada de la computadora y veo colibríes. Cuando no los veo pienso que perdí un amigo muy importante.

“Siento que si los miles de colibríes que deben venir no aparecen, mi escritura se queda sin compañeros. Ellos marcan la cotidianidad y al mismo tiempo van rompiendo la monotonía de algunos recuerdos. Son importantes como elemento estratégico de la escritura”, afirma en entrevista.

La también ensayista y crítica literaria confiesa que Yo también me acuerdo, que se presentó anoche en la Cafebrería El Péndulo Roma, es un libro que nunca pensaba escribir, que surgió de manera circunstancial, pero que al confeccionarlo sintió “un placer enorme”, a tal grado que pospuso sus pendientes literarios para terminarlo.

Está inspirado en los libros I Remember, de Joe Brainard, y Je me souviens, de Georges Perec, que exploran estructuras parecidas. “La primera idea fue usar la repetición. La figura retórica de la anáfora, “Me acuerdo”, comienza cada estampa. Y a partir de ahí la usé como base fundamental. Me acordé de muchas cosas y escribí el texto muchas veces, con diversas variantes y ésta es una de las últimas.

“La anáfora es una especie de disparador de relatos. Su aparente facilidad es engañosa, porque a la vez que te constriñe te permite una gran libertad. Yo hubiera seguido escribiendo eternamente, porque es un ejercicio fascinante, pero mis editores me pidieron parar”, detalla.

La egresada de Letras Inglesas por la UNAM arranca su autobiografía con esta frase: “Me acuerdo que hasta los 30 años creí que era fea y tonta”.

Al respecto, explica que decidió empezar con un tono menor, pero al mismo tiempo lúdico y verdadero. “Durante mucho tiempo pensé que era fea y tonta y luego me di cuenta de que no lo era tanto. Empecé a escribir tarde. Mucho tiempo me sentí incapaz, tanto física como mentalmente. Me parecía importante partir del momento en que me sentí más segura, un punto crucial en mi vida”.

Sin orden cronológico alguno, la autora de Saña y Las genealogías visita lo mismo su infancia que su presente y viaja en zig zag a través de tiempos y espacios. “La infancia pesa para toda la vida. Siempre se vuelve a ella, incluso a esa etapa donde no se tenían recuerdos netos, porque no había verbalización. No hay autobiografía sin citar a la infancia”.

En sus recuerdos, su padre tiene una presencia más fuerte que su madre. “Pero mi madre fue muy importante para mí. Fue una figura un poco más ausente que la de mi padre, pues era un poco distante. Era muy hermosa, elegante, bastante introvertida, muy inteligente, con mucho sentido del humor, pero un poco melancólica y no demostraba mucho su cariño. Mi padre sí, era divertido, simpático, muy seductor, inteligente y lúdico. Vivieron juntos 57 años”.

Quien se doctoró en La Sorbona en Letras Hispánicas narra la historia de su vida vinculada a la de México. “Ha cambiado el país y la mentalidad de la gente. Cuando era joven, los médicos iban a tu casa. Hoy tienes dificultad de ver a la gente que quieres. La ciudad de mi infancia, de mi adolescencia, de mi madurez y la de mi vejez son absolutamente distintas y todas aparecen en mi libro”.

Otro de sus grandes temas son los viajes. “Si no viajo, no tengo futuro. Son fundamentales en mi historia. Hay viajes que me han marcado más que otros, por su belleza y fascinación, como el de la India. Soporto los aviones, las aduanas, a los gringos; quitarme los zapatos es horrendo, lo odio, pero siento que si no viajo me anquiloso. Cuando regreso de un viaje tengo una cantidad enorme de ideas para vivir, para escribir, para pensar. Es un romper la rutina para encontrar cosas nuevas”, añade.

Margo Glantz dice que ahora que terminó Yo también me acuerdo piensa retomar dos proyectos: un libro sobre los dientes, que ya lleva muy avanzado, pero no ha encontrado la estructura adecuada, y un guión para una novela gráfica sobre sor Juana Inés de la Cruz, para el que falta hallar a un dibujante con el que se entienda, una “verdadera pareja literaria”.

Adelanta que saldrá un fragmento de su libro sobre los dientes como un cuento ilustrado en el sello La Caja de Cerillos, y otro fragmento acompañará a un libro del pintor inglés Brian Nissen.

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