Adelanto editorial: 'El Águila y el Gusano'

Con autorización de Random House, publicamos un fragmento de la nueva novela de Hugo Hiriart, que retrata la esencia del presente político de un México surreal y contradictorio

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14/06/2014 03:12 Hugo Hiriart

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El noble arte de la oratoria parlamentaria
[Valdivieso, político; Campuzano, asesor]

 

Sentados en la sala de una casa de burgués acomodado, de pronto Valdivieso empieza a pronunciar un discurso, lo hace sin ponerse de pie, pero con el tono engolado habitual de los oradores; sin embargo, no lo hace mal: se desempeña como orador sutil y persuasivo. Cuando Valdivieso pronuncia su oración, Campuzano, de perfil al orador, no cambia en nada su actitud ni reacciona en nada a lo que oye, sino como Derain en la imagen de De Chirico, permanece inmóvil, con excepción de una acción: meter, de cuando en cuando, la mano izquierda a la bolsa de su saco, extraer almendras, llevárselas a la boca y masticarlas. Casi se podría decir que no oye al orador, y sólo cuando prorrumpe él mismo a hablar, se anima y cobra de pronto cierta vida.

 

Valdivieso. Señoras y señores: no el gusano desnudo e indefenso que se retuerce en la tierra húmeda ni el iceberg que flota erguido y meditabundo como un santón del Indostán, sino otra cosa. Y digo otra cosa. Algo, una quintaesencia, una clarividencia, una fórmula que pueda vibrar como eficaz panacea de las dolencias que ocasionalmente atraviesan como un flagelo entre nosotros. Como la cabeza parlante, pongo como ejemplo, fabricada por un mecánico, polaco de ación y al parecer discípulo del famoso Escotillo, de quien se dice que era mago.

Y quiero recordarles a este respecto que en el Museo Real de Bratislava se conserva una colección muy valiosa de esculturas, babilonias, se cree, labradas en granito rojo que representan cuatro ratones gigantescos sin cabeza, y que hasta ahora los sabios permanecen sumidos en la ignorancia ante el oscuro simbolismo que encierra ese trabajo magistral. Es preciso informar también a esta soberanía que su excelencia el embajador de Bola Oriental, en el África Negra, se presentó ante mí ataviado con una piel de leopardo y un mazo formidable de palo de piedra, que puso en mis manos en gesto de paz, y explicó de inmediato que el sabio y santo Eusebio Malpollino y Malpollino, fundador del topolismo, la religión imperante en Bola, determinó con energía que si cruzas un puente con el libro sagrado tengas precaución de ponerlo de cabeza; de no obedecer esta prescripción, puede generarse una situación de gran catástrofe, aunque no precisó en qué podría consistir esta peligrosa derivación. Malpollino y Malpollino, de origen portugués, después de una existencia aventurera donde hubo de todo, desde criminalidad repugnante hasta beatitud, murió ya viejo por comer un embutido de carne de zorrillo al parecer en avanzado estado de putrefacción. (Pausa breve.)

Mientras en la soledad de la mar inmensa avanzan cantando las ballenas, enfermas muchas de ellas, se me dice, de pelagra, yo he vuelto a recorrer, de incógnito, como los príncipes de Las Mil y una Noches, traspasado de curiosidad y atención, mi amado territorio: he cruzado mares, desiertos, pasillos, corredores, desfiladeros; me he detenido en mercados, caseríos, mingitorios, selvas, montañas, salas de espera, escaleras, cumbres nevadas, hotelitos de paso, ciudades; he visitado fábricas de muebles, azoteas, bares, el teatro. Agapito Rentería, en Chona, San Luis, o el puente sobre el río Pericón, donde sufrí un asalto, y he visto llanuras, plazas públicas, neverías, pasillos muy diversos, tierras de labranza, despeñaderos, torres, lagos con cocodrilos, cafés al aire libre…

(Súbitamente, a Campuzano.) ¿Y tú qué, así te vas
a quedar con tu carota, impávido, momificado, sin
reaccionar ante nada, mudo, más que mudo,
catatónico?

Campuzano. Mucho me temo que, otra vez, no se entiende nada de lo que vas diciendo en tu discurso.

Valdivieso (paciente y didáctico). Campuzano, Campuzano, bien sabes que es lo de menos si se entiende o no se entiende. Quiero saber qué opinamos del gesto oratorio, del ademán expresivo, del ritmo brioso de la locución; eso ante todo me interesa.

Campuzano. No es de tus mejores días. Te veo poco chispeante, apagado, sobre todo insípido, desabrido, y como pensando en otra cosa. ¿No has vuelto a consultar al psiquiatra?

Valdivieso. ¿Un psiquiatra?, no, ¿por qué habría de
consultarlo?

Campuzano. Esa compulsión invencible a decir cosas que nadie entiende, ¿te parece normal?, ¿no te parece extraña?

Valdivieso (solemne). Om mani padme hum… (y luego emite lo más grave que le es posible, entonando como bajo profundo, la sílaba do y la prolonga por un rato). Dooooo…

Campuzano. ¿Y ahora qué?, ya no se entienden ni las palabras sueltas que emites, ¿ese idioma es inventado por ti?

Valdivieso. Es un mantra, Campuzano, un mantra del Tíbet, Om mani padme hum… (y luego vuelve a emitir la sílaba do) doooo…

Campuzano (afirmando con la cabeza, resignado). Ahora, la mantra esa.

Valdivieso. Así es, el mantra, plegaria o jaculatoria, cuya virtud, escucha bien, no está en entender qué se dice, sino en enunciar con claridad las palabras, tomadas del canon sagrado, en el orden preciso en que están dichas. (Casi silabeando) Om mani padme hum (y vuelve a emitir la sílaba do con voz de bajo profundo.) Debería tal vez repetir el mantra cantando y bailando como un brujo del Tíbet, pero temo que no me entenderían (resignado canta) doooo… (con voz de bajo profundo).

Campuzano. Más vale que nadie se entere de que, en momentos como estos, te entregas a estas vagas prácticas
orientales.

Valdivieso (indignado). ¿En momentos como estos, dices, en ese tono de catástrofe? ¿Vas a sostener en mi contra el
infundio diabólico de que ya no me interesan los graves problemas por los que atraviesa mi jurisdicción, tú
también, Campuzano, tú también vas a apuñalarme por la espalda?

Campuzano. No voy a sostener nada. Pero sé muy discreto en tus orientalismos.

Valdivieso. Del discurso, ¿qué opinamos?

Campuzano. Déjame ver qué podemos decir. Primero que la enumeración final, todo eso de montañas, desfiladeros, pasillos, qué sé yo qué, es nutrida en exceso y parece, la verdad, un despropósito, una auténtica y completa sinrazón hablar de mares y montañas cuando todo mundo sabe que no has salido de la ciudad.

Valdivieso. Pero no es ninguna sinrazón. Primero, no es oración final porque el discurso está lejos de acabar ahí, y menos es exhaustiva, de hecho la recorté hasta desfigurarla, una verdadera mutilación, la matanza de los inocentes. En su original y con todo detalle duraba más de una hora. Y atiende a que se trata de metáforas, de metáforas y no de otra cosa; tú que eres escritor deberías saberlo. (Pausa.) Observa, por otra parte, que en el discurso he desarrollado ya varios temas, de rigor todos ellos; el tema de la cultura, por ejemplo.

Campuzano. ¿Cuándo, en qué momento trataste la cultura, si se puede saber?

Valdivieso. ¿Cómo cuándo? Lo de los ratones de piedra sin cabeza, ¿te parece poca cultura? Y he tratado el capítulo de relaciones exteriores, creo que a profundidad, con lo dicho sobre el embajador de Bola Oriental.

Campuzano. ¿Eso? Hay hambre, desaliento y miedo en esta ciudad. La gente está llena de aflicción.

Valdivieso. No soy mago.

Campuzano. No, pero sí el político a cargo de todo.

Valdivieso. Olvídate de eso, ¿quieres? Hablemos de estética, Campuzano, quiero saber si ya he logrado revivir el antiguo y augusto arte de la oratoria parlamentaria, eso es lo único que por ahora me interesa. Voy a continuar un momento mi alocución y lo que pido es, recuérdalo, un juicio sobre todo ar-tís-ti-co (en el momento en que Valdivieso vuelve a hablar, Campuzano retoma al instante la postura inmóvil y vuelve a extraer del saco y a comer mecánicamente de cuando en cuando almendras).

Campuzano. Estoy preocupado.

Valdivieso. Señoras y señores: como saben ustedes, desde que asumí la responsabilidad de mi cargo, a fin de estar siempre apercibido para cualquier eventualidad, por las noches duermo vestido. No he abandonado esa costumbre patriótica, deplorada por antihigiénica por mi médico personal, dicho sea de paso, así que ayer en avanzadas horas de la madrugada, así, vestido de saco y corbata extendí el brazo hacia mi buró, tomé la grabadora y ahí mismo, en exabrupto, dicté la ley que permite usar el claxon ante obstáculos materiales inanimados, que no pueden oír ni reaccionar ante el claxonazo, a todo lo largo y
ancho del país, asunto cuya discusión, como se sabe, sacudía
desde hacía meses a la comunidad. (Pausa, cambia el tono, se dirige a Campuzano.) Aquí, Campuzano, espero una ovación de pie.

Campuzano (inclina la cabeza y se toma la frente con una mano, desolado). Dios, ¿la cosa esa?, temo lo peor…

Valdivieso (con cierta ingenuidad). Sí, la controversia esa de si tienes derecho o no a llamar con el claxon la atención de una piedra, un poste o un muro, aun cuando sabes que piedra, poste o muro, cosas así, no te puede oír, y el ruido es por entero inútil.

Campuzano. Ya sé, ya sé, se ha repetido ad nauseam en las dos cámaras. Es grotesco que alguien dedique más de medio segundo a pensar en esa insoportable necedad.

Valdivieso (amplio, paternal). Ah, Campuzano, Campuzano, se ve a las claras que no tienes mi sensibilidad, mi olfato, para captar lo que inquieta y conmueve el corazón generoso de mi pueblo. Y ese asunto de los objetos inanimados y el claxon lo apasiona.

Campuzano (aparte). Debería venir un ejército de sanidad de la ONU a fumigar con DDT no sólo esta casona de gobierno, sino toda la ciudad y hasta el territorio nacional, a lo largo y ancho, y acabar de una vez con todo esto.

Valdivieso. ¿Qué cosa estás murmurando?

Campuzano. Nada.

Valdivieso. Algo decías, Campuzano…

Campuzano. Imprecaciones, dicterios, insultos o ira silenciosa va a traer contra ti eso que ya se anda diciendo de la nueva casa…

Valdivieso. ¿Y qué se dice, Campuzano? Han de ser calumnias, como siempre.

Campuzano. La Domus Aurea de Nerón, se dice que imita ese modelo.

Valdivieso. Al arquitecto, Plutarco Mena, en un arrebato de entusiasmo por su proyecto, se le escapó eso de Casa de Oro de Nerón, pero había que matizar mucho por qué lo dijo.

Campuzano. ¿Matizar mucho? Catorce recámaras y dos elevadores, hangar y pista de aterrizaje…

Valdivieso. Pista corta… Te recuerdo que esa casa no es mía, ¿no crees que la casa del mandatario debe poseer cierta dignidad?

Campuzano. ¿Cebra en el jardín, eso?

Valdivieso. Te repito: la casa no es mía, es la casa de gobierno. Tú sabes que no he robado. No me da por ahí.

Campuzano. Tú, puede que no. ¿Y qué dices de los parientes de tu mujer?

Valdivieso (azorado, bizco de asombro). Son insaciables, ¿verdad? Sobre todo la madre, doña Evarista. Una mujer de venalidad que no puede creerse. A mí mismo me tiene colmado de perplejidad.

Campuzano. Impídeselo.

Valdivieso. ¿Estás loco?

Campuzano. Eres el mandatario. Hazte obedecer, enséñale quién manda aquí.

Valdivieso. Ni lo digas, ¿quieres mi perdición?, ¿qué clase de consejero eres tú?

Campuzano. Si hay enfrentamiento, haz venir al ejército.

 

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