No me acuerdo de mí sin bailar: Mena

Ana Cecilia Mena, de 23 años, es la nueva primera bailarina de la Compañía Nacional de Danza

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08/06/2014 01:45 Rosario Manzanos/ Especial

CIUDAD DE MÉXICO, 8 de junio.- Sin esperárselo, tras función en Bellas Artes, vestida aún como el fantasma de Giselle, Ana Cecilia Mena se llevó una sorpresa muy agradable.

De entre bambalinas, con telón abierto apareció María Cristina García Cepeda, titular del INBA, que junto con Laura Morelos, directora de la Compañía Nacional de Danza, anunció que la agrupación tenía una nueva primera bailarina: Mena.

La intérprete de 23 años cuenta a Excélsior su experiencia: “No me lo esperaba, es lo más grande que me ha sucedido en la vida. Fue como si de repente me cayera un inmenso veinte por dentro y darme cuenta de que ahora mismo, en este instante es el momento de cumplir con todas mis expectativa dentro del ballet”.

¿Qué implica para
usted este ascenso?

Trabajar igual y al mismo tiempo mejorar mi rendimiento. Dar lo que el cuerpo tiene ya, pero incrementar la pasión y el amor por lo que se hace. La parte técnica es crucial, ayuda bastante porque una vez que uno se mete en el personaje la técnica fluye mejor. Pero lo crucial es involucrarte con la interpretación. Lo digo porque además en una función bailas durante mucho tiempo y pueden pasar un sinnúmero de imprevistos. Tienes que sostenerte en la experiencia y en el trabajo dramático siempre.

¿Cómo llegó usted
a la danza?

No me acuerdo de mí sin bailar. Desde que tengo memoria mi mamá me tenía haciendo ejercicios y trabajando. Ella es maestra del sistema del Royal Ballet y me enseñó todo lo que sabe; se llama Claudia Chávez y me enorgullezco de ella.

“Yo no soy de aquí, sino de Saltillo. Vivíamos en una casa pequeña y ella habilitó un saloncito ahí, no era una escuela oficialmente sino un espacio más bien privado. Después nos cambiamos a un lugar más grande y mi mamá abrió una academia.

“No sabes lo exigente que era conmigo y cómo me inculcó el amor al ballet. Le debo todo a mi mamá. Realmente se esforzó para darme todos los elementos técnicos que aprendió en la Ciudad de México y en Saltillo. Siempre trata de venir a verme, pero ahora que me nombraron primera bailarina por desgracia no estaba, eso me puso un poco triste. De cualquier forma está muy feliz y dice que estar en la CND es el máximo orgullo para una bailarina mexicana.

¿A qué ha tenido que renunciar para ser
primera bailarina?

A muchas cosas. Renuncié a las fiestas, me gustaba mucho el futbol y el basquetbol. Soy de naturaleza relajienta, quería salir más.  Pero así es la danza. Igual cuidar la dieta, de repente me comía todo lo que los niños comen y mi mamá me decía: “ahora sí, te voy a poner a puro nopal”; no era cierto, pero había que cuidar que no se viera pancita en un examen. Aprendí aspectos que me formaron.

“Cuando viajé a Miami a perfeccionarme, a los 17 años, ya sola sabía que tenía comer bien, descansar, lavar mi ropa de ballet.

¿Tiene otros estudios?

Desde el kínder estudié en una escuela Montessori y en ese sistema terminé la preparatoria. Me encantaba mi escuela. Era un lugar muy liberal en el que aprendías a hacerte responsable. Te daban a escoger cómo iniciar un proceso de investigación, pero al final del día cumplías con todos los conocimientos necesarios y requeridos. Me adoraban en la escuela. Siempre que tenía funciones me facilitaban el camino y además estaban orgullosas de mí. Eran mi familia también.

¿Jamás pisó una escuela oficial de danza?

No. Yo veo a mis amigas que estudiaron en el Centro Nacional de las Artes, donde pasaban todo el día y yo, pues con mi mamá por las tardes.

¿El artista nace o se hace?

El bailarín se puede hacer, el artista tiene que nacer con ese talento en especial. Ese algo que sale del corazón o del alma. Si no, bailar sería como hacer gimnasia. Un artista busca conmoverse y sobre todo conmover al público. Hacerlo sentir y entender lo que uno está viviendo en un momento de profunda verdad. Es entonces que hasta te puedes dar el gusto de disfrutar una función, es decir, de entregar el alma y hacerlo sin dudas y con el cuerpo respondiendo sin tener que pensar cada paso”.

¿Qué papeles son
sus favoritos?

Últimamente he disfrutado mucho ser villana, como en Bayadera o El Lago de los Cisnes, pero Giselle es lo máximo porque es un personaje muy fuerte. Desde chiquita era muy teatrera. Incluso le preguntaban a mi mamá qué veía yo en la televisión. Hacía unas actuaciones tremendas. Ese es mi fuerte, como le digo a mi novio, no sólo es la técnica sino la actuación.

¿Tiene tiempo para un novio?

Vivo con él. Ya soy una señora (ríe). Él también baila en la CND, me ayuda mucho en el trabajo y tengo la suerte de bailar con él. Se llama Roberto Rodríguez y me trae cortita en cuestiones de ballet; a mí eso me gusta mucho. “Me entiende y sabe que lo que me gusta es bailar. Cuando voy a mi pueblo, porque me considero muy norteña, voy a los bailes y lo que me pongas: salsa, bachata, merengue, cumbias. Un día pregúntales y verás que te dicen que soy incansable.

¿Cuáles son sus mejores atributos como bailarina.

Mi giro es un poco natural y un poco trabajado. Salto tengo bastante, pero tenía más de niña, y es porque ahora lo hago diferente y con más técnica. Los brazos me los trabajaron mucho. Tengo buen arabesque, muy buen en dehors (extensiones de las piernas hacia fuera). Pies… Me gustaría tener más empeine, ya sabes, algo espectacular, pero hago mis ejercicios y los trabajo todos los días y no están nada mal, aunque me gustaría tenerlos más apuntados. Mi línea de cuello es muy buena y soy muy alargada; mi mamá me estiró todo lo posible.

¿Piensa saltar a una carrera internacional?

Por ahora estoy contenta aquí, agradezco la paciencia de la maestra Laura Morelos. Me siento de perlas, tengo mucho que aprender y la carrera de un bailarín es impredecible. Un día volteas y ya no puedes bailar. Eso no me da miedo, porque bailaré hasta que dure, hasta donde el cuerpo aguante. He pasado muchos obstáculos. Extraño mucho mi tierra, era muy amiguera. Yo soy de rancho, el DF me causa pánico y me gusta siempre andar de botas. Me quito las puntas y me pongo las botas de norteña. Cuando llegué tenía el acento más marcado, me daban carrilla y me preguntaban dónde había dejado el caballo. Y veme: cada que tengo  función le agradezco a Dios. Soy feliz.

 

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