Adelanto editorial: 'El misterio de la orquídea Calavera'

Con autorización de Tusquets reproducimos un fragmento de la nueva novela de Élmer Mendoza, en la que debuta como personaje El Capi Garay, un chico alérgico de 18 años que debe demostrar que no es ningún inútil

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25/05/2014 01:52 Élmer Mendoza

Contraseñas

 

Las vacaciones de verano son las mejores. No sólo no hay clases por dos fugaces meses y te levantas tarde, sino que no te obligan a ir a la iglesia el viernes o a esas largas y aburridas cenas en casa de los abuelos o de los tíos exitosos. Guácala. Son las mejores si no recibes una llamada a las ocho de la noche para decirte que han secuestrado a tu padre, que quieren cuatro millones de dólares y que no se te ocurra avisar a la policía. Ay, güey.

Cenábamos tan tranquilamente mi madre y yo que sin disimular sorbía el espagueti, desmenuzaba el pan al lado del plato, golpeaba el vaso de Chocomilk contra la mesa y respondía desde el WhatsApp a mis amigos, pinches locos. Valeria, mi hermana mayor, se había ido con su novio y Fritzia, la de dieciséis se había largado al rancho esta mañana; claro, aunque le gusta cabalgar y tiene su caballo, es para librarse de mamá; poco le importan los mosquitos o estar sola con el personal pues papá anda comprando toros brasileños por San Luis Potosí. Está bien, así descanso de ellas, son las güeyes más enfadosas del mundo.

¿Capi, qué te pasa, no puedes cenar como la gente decente?

Grita mamá francamente alterada, y eso que apenas es el segundo día en casa.

¿Cómo cena la gente decente, ma?

Callados y en paz, no dejan su cochinero ni hacen tanto barullo.

Qué aburridos.

Y deja ese celular en paz; si estuviera Valeria aquí no te pasarías de listo.

Pero mi hermana mayor disfruta con su novio en Mazatlán y de allí partirán a Los Cabos, me lo dijo antes de largarse para dejar en claro su supremacía. Mi madre empieza a llorar de impotencia.

Ya verás cuando regrese tu padre, él sabrá meterte en cintura con unos buenos cintarazos.

Por favor, mamá, no exageres.

Un día voy a largarme adonde nadie me conozca.

Entonces suena el teléfono. No me muevo, es mamá quien descuelga el inalámbrico. Su llanto siempre nos hace reír, la verdad es que tiene su gracia, es muy frecuente y como que la embellece. Papá me confió una vez que fue uno de los detalles que lo habían conquistado.

Familia Garay.

La veo escuchar.

¿Qué?

Llevarse la mano a la boca.

¡Dios mío!

Y desplomarse desmayada.

¿Qué onda, ma?

Me levanto con cierta calma porque se desmaya a menudo.

Voy hasta ella, tomo el
teléfono:

¿Quién habla?

Tenemos a Camilo Garay, pendejo, queremos cuatro millones de dólares, mañana te daré instrucciones para que nos entregues el dinero, si llamas a la policía el tipo es fiambre.

Clic.

Siento horrible, ¿fiambre? Quedo petrificado, ¿es una broma?, ¿un secuestro real o un secuestro virtual? Tengo un vacío en el estómago y comezón en la espalda. Mi papá es un buen hombre que trabaja todo el día, poco a poco ha hecho crecer el rancho ganadero que le heredó mi abuelo Ramón y vivimos bien, aunque no creo que tengamos tanto dinero. ¿Fue en San Luis?

Es un gordito simpático, a pesar de sus cuarenta y siete cumplidos sus consejos funcionan y podemos confiar en él. Noto mi boca hinchada, hasta mi hermana mayor le confiesa sus deslices con los idiotas que la llaman a cualquier hora. Se me humedecen los ojos. Apenas lo puedo creer, y piden cuatro millones de dólares, ¿serán gringos los secuestradores? La comezón en la espalda es leve pero molesta. Me rasco como puedo. Me duele el estómago, nunca me había impresionado tanto.

Valeria, ven, deja a ese bato colgado, te necesitamos.

Entran mensajes: los contesto mecánicamente.

¿Qué hago?

Lloriqueo, mi mamá continúa desmayada, corro a la cocina por alcohol, le pongo en las sienes, le doy a oler y no reacciona, ¿qué onda? Probablemente se golpeó la cabeza al caer, ¿está muerta? Pienso: en esta casa no hay un espejo que pueda mover para ver si respira; todos son enormes para que las mujeres se miren de cuerpo entero.

Llamo a mis hermanas pero ninguna responde, después nuestro tío médico que aparece como a las dos horas, y eso porque el abuelo Nacho lo apresura. Puse al tanto al viejillo y vino enseguida. Marco el celular de papá tres veces y las tres me manda a buzón de voz. Recostamos a mamá en un sofá, el viejo le pone una toalla mojada en la frente y nos reunimos en el despacho de papá.

Mientras aparecía el abuelo busqué a Valeria en doce hoteles de Mazatlán y nada. Mi alergia es menos molesta.

Al abuelo nunca le he caído bien y a él le ofende que a mí no me importe; en cambio con mi papá se lleva de maravilla y con mi hermana ni se diga: la tiene bien chipilona.

¿Seguro que escuchaste bien?

Dice el abuelo en cuanto entra a nuestra casa.

¿Usted qué cree? Mi mamá se desmayó. Era una voz velada y rasposa, muy firme.

Tu mamá se desmaya por todo, pero es un mensaje típico de secuestro; para estar seguros vamos a telefonear al rancho adonde fue tu padre a comprar el ganado; no entiendo qué puedan tener esos toros brasileños que no tengan los mexicanos.

Yo, menos.

Bueno, tú eres un inútil, jamás conocerás la “o” por lo redondo. ¿Sabes el teléfono del rancho?

No.

Si te digo, nunca has querido servir para nada.

Abuelo, no me joda, acaban de secuestrar a mi papá, ¿cómo cree que me siento?

Lo pienso pero no lo digo, no siempre tengo valor para pelear con él; se pone muy iracundo.

Sobre el escritorio del viejón encuentro un número anotado en el calendario, dos días antes, que es cuando viajó a San Luis Potosí. Es un celular. Marco. Rancho Durango, dice al lado del número. A las quinientas contesta un güey que grita, incluso no se oye claro.

¿Quién habla?

Alberto Garay, soy hijo de Camilo Garay, que fue a ese rancho a comprar unos toros, le voy a pasar a mi abuelo.

Ay, muchacho, qué bueno que llamas, soy el caporal Toño Remolina. Ha pasado una desgracia, nos asaltaron, mataron a mi patrón y secuestraron a don Camilo; creí que eran los secuestradores los que llamaban, por eso no quería contestar.

¿Cuándo pasó?

Hoy, como a las seis de la tarde. Tu papá llegó temprano de San Luis; los patrones estaban celebrando que habían llegado a un acuerdo cuando aparecieron los delincuentes. Me da mucho dolor darte esta noticia.

Siento la boca seca, estoy trabado de las quijadas y no sé qué responder.

Tu papá va herido, no te podría decir cómo está porque le pusieron una capucha negra y lo sacaron arrastrando; dejó un rastro de sangre.

¿Se estaba desangrando?

Me rasco las axilas sin pudor.

Puede ser, la herida debe ser profunda.

Gracias, señor.

Mejor me despido; ¿un rastro de sangre? Debe estar grave. Vuelve la comezón a mi espalda y lloro, ¿cómo es posible que alguien haga tanto daño? Cualquier cosa que se te ofrezca, no dejes de telefonear, estamos para servirles, aquí la policía ya se hizo cargo.

Pero ¿no corre peligro mi papá con la policía presente?

Digo angustiado.

Esperemos en Dios que no; perdón, muchacho, quizá cometimos un error, pero es que con el patrón muerto tuvimos que avisar.

Está bien, ni modo.

Cuelgo y miro al abuelo que me fulmina con un gesto agrio.

¿Te crees muy listo?, ¿por qué no me lo pasaste, quién te dijo que tú puedes resolver esto? Empieza por entender que es cosa de adultos, no de mocosos irresponsables.

Tengo dieciocho.

El viejillo parece desatado.

Dieciocho que naciste pero, ¿has pensado en tu edad mental? Mírate, lloroso como un recién nacido.

Me aguanto las ganas de largarme y le repito lo que me dijo el caporal.

El abuelo es delgado, bajo de estatura y sólo con mi hermana Valeria se porta bien; para ser sincero a ella todos la adoran, dice mi mamá que es muy buena para las relaciones públicas.

Entra mi tío Andrés, el matasanos. Elvira no responde, ya viene la ambulancia por ella.

¿Es grave?

Shock nervioso, puede dormir mucho tiempo y es mejor que esté en el hospital, allí estaremos atentos a cualquier complicación que se presente, ya ves que con ella no se sabe. ¿Qué pasó?, ¿por qué se cayó?

Por zonza. Atiéndela, Camilo está fuera de la ciudad, yo me quedaré aquí hasta que regrese.

Que lo disfrutes, Capi.

Se burla mi tío que sabe que mi abuelo no me traga, y luego expresa:

Y tú, ¿por qué tienes esa cara? Deberías estar acostumbrado a los desmayos de tu madre.

Llega la ambulancia por mamá y tengo que encontrar a Valeria, el abuelo la ha mencionado seis veces.

Es casi medianoche, mantente alerta mientras duermo un poco; si llaman los secuestradores me despiertas, es un asunto delicado y tú no puedes ocuparte de él, ¿entiendes?

No eres Valeria. ¿Tendrá tu padre el dinero que piden?

No creo.

Lo olvidaba, eres un cero a la izquierda, necesito a tu hermana, ¿cuándo regresa?

Se me antoja decirle que
dentro de dos años pero no me atrevo.

Si no le dijo a usted, no le dijo a nadie. Quedamos un minuto en silencio.

Abuelo, ya la busqué en unos veinte hoteles de Mazatlán y nada.

Hay que llamar al resto, debemos ponerla al tanto.

Tiene razón, necesitamos su carácter, su gran empuje; esto sólo lo puede arreglar ella o alguien como ella; yo, la verdad, no sirvo para esas cosas, le ayudo a mi papá en el rancho pero nomás; estudiaré administración en Texas nomás para que no me estén jodiendo. Marco el teléfono de papá y sigue fuera del área de servicio. Desgraciados, ¿qué les ha hecho el viejón? Recuerdo algunos momentos con Diana, a quien me dejé caer hace dos días en la fiesta de fin de cursos; bueno, en realidad ella hizo todo, pero no me entretiene, realmente no me gusta, se cree mucho, le gusta jugar conmigo: unos días me dice guapo ven aquí y otros que soy un pendejo sin remedio. Pinche güey, ni condón usamos. Tendremos que vender el rancho y la casa lo más pronto posible, y mi papá va herido, ojalá no sea de gravedad. Y yo que lo estaba esperando para que me diera dinero para el concierto de Los Tigres del Norte en el Foro Tecate.

Tomo el directorio telefónico de Mazatlán y sigo marcando.

El abuelo me despierta a las siete. Dice que va a ver a sus amigos al Lucerna y que regresa al rato, que no cometa estupideces, que siga buscando a mi hermana, que mi mamá aún no reacciona. Pienso en nuestro rancho, no tengo idea de cuánto pudiera valer pero no creo que sea tanto, setecientas tres cabezas de ganado son pocas; realmente no tengo idea de cuánto es cuatro millones de dólares y qué se puede comprar con ellos.

Un hoyo en mi panza crece y no evito lloriquear. Cuando agoto los hoteles sin encontrar a Valeria me entra una desazón del demonio.

Para calmarme salgo a caminar al parque cerca de casa. Espero ver a una güey que va a correr y que cada vez que la veo se me cae la baba; Fritzia la conoce, se llama Iveth Astorga; si no fuera tan regazona le pediría que me la presentara pero no, ya me las arreglaré. Hay dos bolsas tiradas junto al depósito de basura, ¿y si fueran dos millones de dólares? Nos faltarían tres para los cinco, pero qué van a ser: es porquería; gente cochina que no falta, ¿por qué no las echan dentro?, ¿qué les cuesta? Por eso se hace el mosquero. Mi mamá pelea todo el día con ellas hasta que la hacen llorar. Si llega mi padre, acaricia su cara, le dice cosas ridículas y ella se pone contenta. Con media palabra de esas que le dijera a Diana de seguro dejaba de pensar que soy un pobre ranchero apestoso a estiércol, pero no le voy a dar el gusto. Ya parece que la escucho: Ay, qué bonito, igual que una canción de Luis Miguel. Guácala. El Osuna Espinoza delira por ella pero la güey ni lo hace en el mundo; dicen que quiere con todos menos con él. Pobre imbécil, hasta le escribe versos de amor. Presumió que se iría de vacaciones a Guadalajara; ojalá y se intoxique con Sabritas. Iveth no es así, ella corre suavecito, relajada, ¿por qué, aunque siempre me saluda con una sonrisa, no me atrevo a hablarle? Se me lengua la traba, o al revés, siento calientes las orejas, me da comezón en la espalda y mejor la dejo dar vueltas en el parque sin que me vea. Mi papá me aconseja que no me achique, que me decida, pero ¿cómo? Casi me mareo cuando pasa cerca de mí. Dice Valeria que le temo por mis espinillas, que cuando se me quiten me aventaré, pero eso cuándo será. Además tengo como tres.

Pobre de mi jefe, ojalá mi abuelo consiga algo, ¿qué vamos a hacer sin él? Qué horrible.

En cuanto salgamos de esta bronca voy a buscar a Xiomara, ella sí es una verdadera bruja sexual; según muy formal con el Alejandro pero bien que le pone los cuernos, maldito enano, ya le dijeron pero ni se tibió; dice que la prefiere compartida. Le conté a mi papá y me pidió que me la tomara con calma, que el mundo está lleno de mujeres y que conoceré más historias de las que imagino. ¿Cómo estará?, ¿esa herida será mortal?, ¿cuánta sangre habrá que perder para dejar un rastro? Ojalá no se le infecte, pobre viejón, debe estar preocupado, ¿de dónde vamos a sacar el dinero? Aunque no me diga, creo que mi abuelo puede agenciarlo. Viejo racista, ¿por qué le caigo tan mal? ¿Será por mis ojos verdes y mi piel rosada? No es cierto, soy trigueño de ojos cafés, suficiente para las güeyes de mi edad. Con mi abuelo Ramón me llevaba bien, pero murió hace tres años y mis abuelas se fueron un año antes, casi a la vez.

Pongo la basura en su lugar. ¿Y si fue Iveth la que dejó este tiradero? No creo, una muchacha hermosa por lo menos tiene que ser limpia, a poco no. Se ve que la gente traga más atún, yogurt, lechuga y papitas de la cuenta. Veo que mi chica se aproxima, puedo ver su cabellera dorada flotar, su playera roja y sus piernas bronceadas. Órale, si no quiero enloquecer tendré que hablarle, ¿le gustarán Los Tigres del Norte? Podría invitarla al concierto. Pegan dos pedradas en el contenedor y una en mi pierna derecha, ay, güey, qué onda. Me vuelvo y ahí está el Osuna Espinoza con tres de sus compas con piedras en las manos.

Te advertí que dejaras en paz a esa morra, Capi, y ahora hasta dicen cosas de ustedes. Lanza un proyectil que me pasa por encima. Nada tengo que ver con ella, bato, así que deja de hacerle al rudo.

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