Sergio Pitol, el mago de Xalapa

El destacado narrador, ensayista y traductor de 81 años, cuya actividad intelectual y su buen humor son incesantes, recibió a Excélsior en su casa de Veracruz

COMPARTIR 
25/05/2014 05:22 Juan Carlos Talavera/ Enviado

XALAPA, 25 de mayo.— Sergio Pitol es el escritor de la memoria y el silencio. La mayor parte de su tiempo lo transcurre en su biblioteca personal y lo hace bajo el dominio que le otorgan sus lecturas. “Aquí están los rusos”, dice, “allá los latinoamericanos”, “los franceses”, “¡ahhh!, los ingleses”, añade mientras se aferra con ternura evidente a Lola y Homero —sus dos perros— como un Aquiles que enfrenta la ironía de un enemigo invisible en forma de afasia.

Son las cinco de la tarde, Sergio Pitol Demeneghi (1933) se toca el pecho y lamenta que un frente frío le impida salir de casa. “No quiero enfermarme”. De inmediato extiende los brazos y adopta la actitud de un embajador que recibe a Excélsior en su casa de Xalapa, donde revela que está trabajando en una nueva antología con cuentos de Witold Gombrowicz, pese a que hace cuatro años anunciara su retiro de las letras.

Su hogar está en el corazón Veracruz, donde conserva, amoroso, una decena de piezas prehispánicas que le han regalado y algunas miniaturas que adquirió en sus viajes a Japón, China e India.

A la vez su casa es un espacio de refugio para su vida cervantina que lo aísla de la contaminación de la Ciudad de México y de las noticias que lee todos los días en la prensa nacional.

También es un sitio de reposo donde cada sábado organiza una tertulia informal para universitarios y amigos, quienes convergen para ver alguna ópera en DVD o consultar alguna lectura imprescindible.

Pero lo más asombroso es su biblioteca, un laberinto con seis habitaciones aisladas, seis micromundos con 16 mil volúmenes que el autor poblano donará a la Universidad Veracruzana (UV), para que un día esté junto a la de su amigo Carlos Fuentes. “Es para los jóvenes”, dice con voz pausada.

Pitol está más allá del retiro y cuando se le pregunta por su intensa actividad como maestro, editor y compilador sólo sonríe y se entretiene con la cámara fotográfica. Luego voltea y reconoce que está inmerso en la relectura de sus libros Juegos florales y Domar a la divina garza. ¿Alguno le gusta más? “Domar a la divina garza… me da felicidad”.

Pero también observa con aprecio El tercer personaje (2013), su más reciente libro, donde compiló ensayos sobre César Aira, Mario Bellatin, Miguel de Cervantes, Carlos Fuentes, Jorge Herralde,
Augusto Monterroso, José Emilio Pacheco y William Shakespeare, entre otros.

Sí, claro, es el último como tal y también me gusta”, para luego recordar que ese volumen iba a ser una recopilación de textos sobre pintura. Pero al revisar sus papeles descubrió más y más documentos, los cuales corrigió y ordenó.

Pitol sigue siendo inquieto y cuenta que, por ahora, está releyendo la obra completa de Julio Verne, autor que junto con Robert Louis Stevenson y Charles Dickens lo ayudaron a sobrellevar su infancia. “Estoy con Kerabán el testarudo”, comparte.

De forma inesperada Pitol hunde la mirada en una página, lo hace al azar y se distrae unos segundos, luego voltea, sonríe, mueve la cabeza y se disculpa. “Es que es muy divertido”. Entonces recuerda, que al igual que Conrad, la tarea que se ha propuesto realizar a través de la palabra escrita es “hacer oír, hacer sentir y, sobre todas las cosas, hacer ver”.

Otro trabajo que mantiene activo al autor de Juegos florales y Autobiografía soterrada es el que realiza para la Universidad Veracruzana, dirigiendo una colección de clásicos para jóvenes, entre los que ya ha editado Caballería roja de Isaak Bábel, una compilación de cuentos de E.T.A. Hoffmann, teatro de Federico García Lorca y El retrato de Dorian Grey, de Oscar Wilde.

A su lado está Roberto Culebro, su asistente. “El maestro Pitol sigue trabajando, dirige la colección de clásicos para la Universidad Veracruzana, que rebasa los 50 títulos. Él los elige, selecciona a los prologuistas y luego corrige”. Además, con su amigo Rodolfo Mendoza coordina la colección de sus traducciones que publica Conaculta y la propia universidad.

Sobre su trabajo como traductor, el filólogo español Manuel Borrás, quien editó El mago de Viena ha dicho que Pitol es ‘un verdadero mago’ que ha asumido mejor que nadie que la riqueza de una lengua se halla en relación directa con su vecindad con las demás, y se realiza fundamentalmente mediante la traducción.

Y a partir de ese principio, el autor ha dado lo mejor de sí mismo con sus traducciones de Jerzy Andrzejewski, Giorgio Bassani, Kazimierz Brandys, Antón Chéjov, Ronald Firbank, Gombrowicz, Robert Graves, Malcolm Lowry, Virginia Woolf y Lu Xun, entre otros, producto de su cercanía con lo mejor de las lenguas europeas que dominaba.

Esto fue posible porque Pitol ha sido un viajero incansable, al estilo de Lawrence Sterne, Julio Cortázar, W.G. Sebald, Roberto Bolaño, Claudio Magris y Juan Villoro, todos practicantes del arte de escribir viajando, ha dicho Rodrigo Fresán.

Pero, ¿cuáles serán los siguientes títulos que publicará Pitol en esta colección de clásicos? La línea de sombra, de Joseph Conrad; Doña Bárbara, de Rómulo Gallegos; Orgullo y prejuicio, de Jane Austen; La muerte del pequeño burgués, de Franz Berger; Germinal, de Émile Zola; y La consagración de la primavera, de Alejo Carpentier.

Paralelamente, el autor de Cuerpo presente coedita la revista Nave, junto a Rodolfo Mendoza, publicación gratuita que ya suma cuatro años de vida, donde Pitol elige los autores que se publicarán y a qué artista le pedirá un dossier con obra reciente.

Sin embargo, el proyecto que lo tiene más emocionado, por ahora, es la mencionada antología con relatos de Gombrowicz. “Es de mis favoritos”, acepta, pese a que su lista de autores traducidos abarca más de cien títulos.

Son muchos quienes confirman que Pitol es uno de los mejores escritores en lengua española. Ahí están los testimonios del español Enrique Vila-Matas, el italiano Antonio Tabucchi, el argentino Rodrigo Fresán, Juan Villoro, Margo Glantz y Álvaro Enrigue.

Vila-Matas, por ejemplo, explica que el estilo de Pitol “es contarlo todo pero sin resolver el misterio. Su estilo es distorsionar lo que mira. Su estilo consiste en viajar y perder países y en ellos perder siempre uno o dos anteojos, perderlos todos, perder los anteojos y perder los países y los días lluviosos, perderlo todo: no tener nada y ser mexicano y al mismo tiempo ser extranjero siempre”.

Y asegura que, para atesorar sus datos biográficos, bastaría asomarse a libros como El arte de la fuga y El mago de Viena. “Sólo quien se adentre en su obra sabrá el tamaño humano e intelectual de Sergio Pitol”.

El mago de Viena es uno de sus textos más conocidos, donde mezcla con gran vitalidad la experiencia del ensayo, la estética, sus experiencias personales, el relato autobiográfico y la lectura de autores como Tolstoi, Chéjov, Nabokov y Gógol.

Ya Antonio Tabucchi alguna vez dijo que la lectura de Pitol “presupone una constante desconfianza hacia nuestra presunta capacidad de descifrar los enigmas de la vida”.

 

La realidad y la rutina

Sergio Pitol toma los periódicos y mira los encabezados, se toca la barbilla y menea la cabeza mientras repasa temas como el de Oceanografía y los maestros con salarios de ricos. Vuelve a menear la cabeza.

¿Qué piensa en la realidad mexicana cuando lee los periódicos?, le pregunto. “Sí, claro. Mal, estamos mal”, dice. ¿Y qué piensa de México? “No, no… el problema ha crecido, sólo nos quedan los jóvenes”, dice mientras su cabeza es el péndulo de un reloj.

Luego agacha la mirada y cambia de tema, prefiere desviar su atención hacia la ópera. “Mira la ópera”, dice mientras alcanza un DVD de Fedora, de Umberto Giordano. “Mejor la ópera, me gusta mucho más”, confiesa.

¿Y extraña la Ciudad de México? “¡Ay! no, no he podido ir”, se lamenta. Pero luego recuerda que cuando volvió del extranjero, en 1988, ya no se identificó con aquella ciudad que recorría con sus amigos José Emilio Pacheco, Carlos Monsiváis, Juan García Ponce, Salvador Elizondo y José de la Colina. Entonces decidió trasladarse a Xalapa porque, además, aquella ciudad contaminada ya le había arrebatado a su perro Sacho, que enfermó por el esmog.

¿Qué pasará con su correspondencia? “Mandé todo a (la Universidad de) Princeton; allá será resguardada y estudiada. Aquí no hay más”, confirma.

Algunos se preguntan cómo es la rutina del escritor. Es variable, pero en general despierta a las ocho de la mañana, desayuna ligero, trabaja un par de horas en su escritorio junto a un santuario de fotografías que van de Juan Rulfo a Octavio Paz y de Juan Villoro a Franz Kafka y Jorge Luis Borges.

Más tarde recibe a su médico, ve un poco de televisión, come, toma una siesta, escucha alguna ópera y escribe algunas cartas a sus amigos o revisa el trabajo editorial. Aunque particularmente el sábado siempre es un día de regocijo para el autor, pues es cuando elige algún disco compacto para el ciclo de ópera con sus alumnos de la UV.

La ópera semanal ha sido un proceso de aprendizaje para muchos jóvenes que no estaban familiarizados, así que nos ha ido ‘desasnando’, como él dice y como tiene mucho material a menudo dedica ciclos enteros a un compositor. Ahorita, por ejemplo, llevamos tres meses con ópera de Mozart y ya hemos visto ciclos de Rossini y Verdi. Al final, Sergio Pitol sigue siendo un gran maestro”, reconoce su asistente.

¿Quiénes lo visitan con frecuencia? “Sus amigos de la ciudad, por ejemplo, Beatriz Corral, profesora de la Universidad, Rodolfo Mendoza y muchos jóvenes que estudian en la Facultad de Letras o que lo conocimos en la revista”.

Hace poco también lo visitaron la novelista y ensayista venezolana Victoria de Stefano, el escritor y traductor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, el peruano Ivan Thays, el colombiano Juan Gabriel Vásquez, Juan Villoro y Mario Bellatin.

Margo Glantz, su amiga desde 1952, asegura que lo más importante en la obra de Pitol es “el arte de la narración, las anécdotas que pudieran convertirse en posibles novelas o cuentos (que) se van enredando entre el recuento de las lecturas o las biografías de sus autores preferidos convirtiéndose así en nuevos relatos donde los personajes principales pueden asemejarse a aquellos que pueblan sus obras favoritas”.

Y Villoro reconoce que, a primera vista, su prosa es como un manto de agua, una superficie inmóvil que no conoce los saltos del diálogo ni los cortes de la acción, aunque su lectura siempre depara una sorpresa esencial.

En concreto, dice, sus cuentos “extraen su marca de fuego de una reminiscencia del pasado” y sus personajes enfrentan la disyuntiva de aceptar la fatalidad, la caída irremediable al abismo abierto por el pecado original, o lograr la reparación definitiva.

Antes de despedirse con la misma actitud de embajador, Pitol cuenta que está feliz de vivir en Xalapa. “Es por el clima”, repite. Y luego rememora su más reciente viaje.

Sucedió a mediados de marzo, a propósito de su cumpleaños 81, para recorrer los pueblos de Coatepec, Córdoba, Orizaba, Huatusco y Potrero, éste último, por cierto, lugar de angustias y alegrías que no sólo le recuerda su amor por la literatura, sino la experiencia salvaje de contraer la malaria, enfermedad que lo mantuvo postrado en cama durante ocho años. Pero también la imagen de su madre ahogada y de su padre devastado por la meningitis.

Sí, Potrero, un poblado de infancia que transcurrió en “aquel ingenio de azúcar rodeado de cañaverales, palmas y gigantescos árboles de mangos, donde se acercaban animales salvajes”, tal como lo rememoró en su discurso para recibir el Premio Cervantes de Literatura 2005. “Fue un gran viaje de infancia y juventud. Sólo fue para recordar”, se despide.

 

Una obra prolífica

Hacia 1950 Sergio Pitol colaboraba en el suplemento Diorama de la Cultura, de Excélsior, aunque como narrador se dio a conocer ocho años después, cuando Juan José Arreola incluyó su cuento Victorio Ferri cuenta un cuento en la revista Cuadernos del Unicornio. Colaboró con José Emilio Pacheco y Carlos Monsiváis en la revista Estaciones. Hacia 1963 se estableció en Varsovia, en 1968 fue nombrado agregado cultural en Yugoslavia, cargo que abandonó tras la matanza de Tlatelolco; a principios de los años 70 colaboró en casas editoriales como Anagrama, Seix Barral y Tusquets, y en 1972 volvió a Varsovia como agregado cultural.

Su trabajo como escritor abarca el cuento, la novela, el ensayo y el diario de viajes con tintes autobiográficos. Escribió El tañido de una flauta (1972), Asimetría: antología personal (1980), Nocturno de Bujara (1981) Juegos florales (1982), El vals de Mefisto (1984), la Trilogía del carnaval, formada por El desfile del amor (1984), Domar a la divina garza (1988) y La vida conyugal (1991).

También publicó El viaje (2000), un diario de su estancia en la antigua Unión Soviética y El mago de Viena (2000); se dice que sus cuentos y novelas están influidos por la obra de Henry James. También ha escrito ensayos como: Juan Soriano, el perpetuo rebelde (1994) y De la realidad a la literatura (2002).

Relacionadas

Comentarios