Adelanto editorial: 'La extravagancia de ser bípedo'

Con autorización de Editorial Planeta Mexicana reproducimos un capítulo del nuevo título de Juan Villoro, Balón Dividido (2014) que ya comenzó a circular en el mercado librero

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17/05/2014 02:37 Por Juan Villoro
Dibujos preparatorios de Miguel Ángel para esculturas y pinturas.

Tengo dos problemas para jugar al futbol. Uno
es la pierna izquierda. Otro es la pierna derecha.

Roberto Fontanarrosa

La otra pierna

Uno de los grandes enigmas del futbol es que los jugadores tengan dos piernas. Normalmente, sólo se sirven de una para establecer contacto con el balón y perfeccionan su habilidad a tal grado que convierten a la otra en una sombra que sirve de apoyo.

Cuando un diestro se ve obligado a usar la zurda, suele soltar un tiro que más parece una serpentina. “¡Le pegó con la de palo!”, exclama un locutor de la televisión.

Numerosos jugadores parecen el reparto de La isla del tesoro, piratas a los que un tiburón les merendó el otro apéndice.

Esto enfatiza la condición caprichosa de una actividad que se niega a ser completa o versátil.

Algunos grandes jugadores han controlado el balón con las dos piernas, la cabeza e incluso los hombros. Sin embargo, esta habilidad suele ser más cercana al circo que a la cancha.

En el camino a la escuela de mi hija solemos toparnos con un virtuoso de semáforo que domina pelotas de distintos tamaños con las más diversas partes del cuerpo, sin excluir la nariz. ¿Eso lo acerca al futbol? Me temo que no.

El control de la pelota es esencial, pero sólo funciona si cumple la misión específica de convertirse en pase o gol. La mayoría de los grandes cracks se orientan de un modo extraño para recibir el balón de tal modo que les permita ejercer un truco; se habla entonces del “perfil correcto” de un futbolista. Los grandes defensores no buscan impedir todos los movimientos de un delantero, pues saben que eso es imposible, sino obstaculizar los ángulos en los que puede recibir el balón con “perfil orientado”.

¿Por qué se somete el jugador a estas limitaciones? ¿No sería mejor que aprendiera a controlar el esférico como una foca y lo llevara adelante a golpes de nariz? La testaruda historia de esta actividad enseña que los grandes no dependen de la variedad sino de un atributo perfectamente dominado.

El futbol es una actividad homérica; cada personaje ofrece una habilidad concreta. Así como Héctor es el Domador de Caballos y Aquiles el de los Pies Ligeros, el futbolista se concentra en el mérito que lo singularice: la marca, el remate de cabeza, la recuperación de balones, la tijera, el pase, la descolgada veloz.

Como el protagonista de Historia del soldado, el texto de Ramuz que musicalizó Stravinski, el futbolista sabe que “la felicidad ha de ser una”. Debe elegir su forma de practicar la dicha. Esto se dificulta enormemente cuando se dispone de dos pies.

Jugadores que mezclan la potencia con la habilidad, como Drogba, y utilizan los dos perfiles, como Xavi, parecen atentar contra la fidelidad a una sola virtud que parece exigir el futbol. Pero incluso ellos revelan que, aunque hagan todo bien, hay algo, único e intransferible, que siempre hacen mejor.

La historia de la evolución es la del Homo erectus que aprendió a caminar en dos pies. Como el arte existe para corregir a la naturaleza, el futbol demuestra que a los genios les sobra un pie.

Los izquierdistas del césped

El estado actual del mundo hace pensar que las canchas de futbol serán el último refugio para tener una orientación de izquierda.

La punta siniestra de la cancha es patrimonio del extravagante del equipo, un velocista habilidoso que parece jugar al otro lado del espejo.

Cuando los números definían posiciones y sicologías, el 11 era el talismán de los zurdos. En el futbol el último de la fila es impar, un iconoclasta en una especie con diez dedos que optó por el sistema decimal.

Patear balones nos ha acostumbrado a un misterio biológico: la pierna izquierda nace más especializada que la derecha. Es más común que un futbolista zurdo sea un virtuoso y más difícil que sea ambidiestro.

Modelo de enjundia, Martín Palermo logró patear del mismo modo con los dos botines, pero con ninguno logró toques versallescos.

A veces resulta innecesario duplicar recursos. Sería una desmesura que Messi y Maradona lograran con la derecha lo mismo que con la izquierda. En su caso, asombra que tengan otra pierna.

Cada cierto tiempo, Javier Marías escribe con justicia acerca de la discriminación que padecen los zurdos; sabe de lo que habla porque fuma y firma con la izquierda. Abundan los casos de niños obligados a escribir con la mano “correcta” para no usar la “siniestra”.

No se puede decir que el futbol menosprecie en forma abierta a quien deslumbra en la última esquina del campo al estilo Futre o domina toda esa banda como Roberto Carlos. Otros, como Hugo Sánchez, repudian su hábitat natural.

Durante un tiempo fue situado como extremo, en función de su pierna especializada, pero lo suyo era el remate en el centro del área, no el desborde. De haber sido diestro, jamás habría sido considerado como extremo.

La zurda provoca fijaciones y parece haber límites para dicha habilidad. ¿Cuántos zurdos resiste un equipo? Una alineación de once diestros resulta aburrida pero se tolera; en cambio, al tercer zurdo el entrenador sufre taquicardia. ¿El futbol del futuro deparará alguna vez un equipo íntegramente de izquierdas?

En una ocasión conversé con un amigo argentino sobre Fernando Redondo, jugador excelso con pinta de trágico Príncipe Valiente, que fue alejado de las canchas por las lesiones y de la selección porque no quiso cortarse el pelo. Me recordaba a un personaje de Juan Ruiz de Alarcón que se definía así en Mudarse por mejorarse: “Yo me llamo Redondo y soy agudo”.

Elogié al volante hasta que mi amigo me refutó de esta manera: “Es demasiado zurdo”. Extraño reproche, pues discutíamos de un deporte
donde los grandes perfeccionan una sola cosa: la volea (Gerd Müller), el cabezazo (Bierhoff), la tijera (Hugo Sánchez), el tiro libre (Beckham), burlar al equipo entero (Maradona). Pero ciertos conocedores consideran que alguien puede ser demasiado zurdo.

Los amantes de la regularidad y la eterna primavera desconfían de la lluvia que nadie preveía y del lance inopinado que surge por la izquierda. Más aún: desconfían de los artífices que hacen que todo el campo parezca la punta izquierda.

Custodios de lo impredecible, los hombres que no saludan con la diestra por instinto sino porque aceptan el mundo donde son minoría, confirman que la originalidad es rara.

Rivelino llevó en la espalda el 11 de la más célebre selección brasileña, la que triunfó en el Mundial de México en 1970.

Admiraba a Pelé, pero sabía que al Rey le faltaba una singularidad para ser perfecto. Un día se le acercó y le dijo: “¿Te hubiera gustado ser zurdo, verdad?”.

El Rey no respondió.

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