El dios de Darwin

Con autorización de Editorial Planeta Mexicana, reproducimos un fragmento de la nueva novela de Sabina Berman. Se trata de un thriller de muy reciente aparición en el mercado librero

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04/05/2014 01:54 Sabina Berman/ Especial

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Subí por la escalera lateral del barco chorreando agua y levantándome el visor, las aletas verde limón al hombro. Me saqué la boquilla de la boca con cuidado para no escupir la luciérnaga.

Huang Wei, el único otro habitante de mi barco, un marinero chino a quien elegí porque no comparte conmigo ningún idioma, me esperaba para colocarse a mi espalda y zafarme el cilindro anaranjado de oxígeno y luego el cilindro azul del motor propulsor.

En la cocina industrial del barco saqué del congelador una jarra de agua, extraje de mi boca con dos dedos la luciérnaga y la observé.

Se había convertido en un grano opaco.
Gelatinoso.

La muerte es horrible, pensé.

Metí el grano en el agua helada, agité la jarra y la luciérnaga se iluminó. En efecto, el movimiento las reencendía.

Mi estudio media entre la cabina de mandos en proa y la cocina del barco. Es una
amplia estancia con ventanales al mar, que alguna vez fue el salón de estrategia de un barco de la marina norteamericana. Ahí encendí la computadora y, mientras la máquina pasaba por su protocolo, tomé una libreta de mi librero de libretas.

Un librero de techo a piso donde las guardo tras unas franjas de madera, que las detienen cuando el barco se bambolea en una tormenta.

Apunté en la libreta las circunstancias del hallazgo de la luciérnaga mientras en la computadora empezaban a descargarse los mensajes acumulados durante los meses en que no la había encendido, cada mensaje anunciado por un ding.

Con una cámara, tomé una fotografía a la luciérnaga que brillante flotaba en la jarra de agua.

Mientras conectaba con un cable la cámara a la computadora, para descargar en ella la foto, noté de reojo el nombre de un mensaje.

¡Urgente!

De hecho, el mensaje se repetía a lo largo de la pantalla, uno tras otro, 15 veces.

¡Urgente!

¡Urgente!

¡Urgente!

Bueno, será urgente para ellos, pensé. Para mí lo urgente era transferir la foto de la luciérnaga a la computadora, y lo hice, y luego la adjunté a un mensaje en blanco, donde le escribí a E. O. Willis:

 

Hola doctor E. O. Willis:

¡Una especie (sin clasificar, espero)! Tú dime.

Sugiero llamarla informalmente luciérnaga de mar, y para su nombre científico sugiero usar la palabra «Karenia».

Adiós,

Karen Nieto

 

Envié el correo y entonces abrí un mensaje
¡Urgente!

Era del director de la Facultad de Biología de la Universidad de Berkeley, y con sólo ver sus más de cinco párrafos, cada cual repleto de palabras, se me fue cerrando la garganta por la angustia.

Creo que es el momento de advertirlo. A mí las palabras me cierran la garganta del miedo. Esos trozos de sonido que forman en la retina imágenes que eclipsan la Realidad durante un microsegundo.

Un microsegundo en el que uno queda ciego a la Realidad, y a su merced.

Las oraciones que forman las sucesiones de palabras ya me causan espanto porque tapan la Realidad durante segundos completos.

Y los relatos, formados por un flujo de oraciones, suelen llevarme al borde del pánico.

Así que tomé mis medidas usuales contra los relatos.

La muñequera y la respiración:

Con una muñequera de material plástico rodeé mi muñeca y el brazo de la silla giratoria, y cerré la unión de velcro de la muñequera, para quedar así segura de que mientras me perdía en las palabras escritas no me sucediera una catástrofe, como caerme del asiento, o no me diera cuenta del inicio de una tormenta o del anuncio del radar de la aproximación de una embarcación extraña, y tomé una honda inspiración antes de proceder a su lectura.

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Querida Karen:

Debo llamar tu atención sobre una desgracia terrible, y te pido de antemano una total discreción. No menciones a nadie el contenido de este mensaje, pues podría ponernos a ambos en peligro.

Se refiere a nuestro amigo íntimo, el doctor
Antonio Márquez, del que fuimos condiscípulos en Berkeley hace ya veinte años, con quien tú formaste un club de estudio de la obra de Darwin (el Club Darwin se llamaba, según recuerdo) y quien probablemente resultó la mente más brillante de nuestra generación de zoólogos.

Bueno pues Tonio desapareció en una ciudad del Medio Oriente el pasado mes de diciembre. Tal vez lo sepas, Tonio trabajaba para la Oficina de Derechos Humanos de la Diversidad, de la ONU, y fue enviado a esa ciudad (cuyo nombre no debo explicitar acá) para abogar por una mujer musulmana a la que se encontró en un acto de fornicio con su cuñado y fue condenada a la horca, según las leyes locales. Tonio tenía la misión de convencer al emir de la ciudad de aminorar su sentencia, de lograr que fuera flagelada en público, pero no asesinada.

Por ahora la Interpol tiene únicamente dos indicios de lo que pudo haber ocurrido. Un video fechado el 4 de abril a las 7 p. m. en el que Tonio aparece rodeado de hombres vestidos con túnicas blancas y pañuelos blancos en la cabeza. El video fue captado por una cámara de seguridad instalada en el estacionamiento subterráneo de un edificio, y en él aparece también la pareja de Tonio, al que no sé si te llegó a presentar. Un muchacho español que vivía con él desde hacía algunos años.

Posterior a esa imagen sólo hay otro trazo de él. Un mensaje de correo electrónico dirigido a ti.

Según la Interpol, dos horas después de su avistamiento en el estacionamiento subterráneo, durante su secuestro, tal vez Tonio, o tal vez alguien distinto, te envió desde su celular un mensaje. Se trata al parecer de una fórmula o de la ficha de catálogo de un documento, que ni los detectives ni yo hemos podido descifrar.

De hecho, ellos sospechan que se trata de una referencia a un texto de Darwin, porque en últimas fechas, antes de su viaje al Medio Oriente, Tonio acumuló en el estudio de su departamento en Londres copias de varios manuscritos de Darwin, y también saben, luego de revisar su computadora, que escribió varios documentos donde se repite la frase «el secreto de Darwin».

Bueno pues, querida amiga, los detectives han tratado de localizarte, pero vives en el océano
Atlántico, en un lugar «indeterminado geográficamente» —uso sus palabras—, y tienes la extraordinaria costumbre de navegar con los sistemas de comunicación apagados. Así que te escribo esto sabiendo que pasarán semanas, acaso meses, antes de que interrumpas tu majestuoso aislamiento en el centro del océano y lo leas.

Cuando por fin así sea, te ruego que revises los mensajes en tu correo y encuentres el que te envió Tonio.

Ojalá logres descifrarlo y compartas de inmediato su significado con nosotros, porque puede darnos una idea de dónde se encuentra Tonio y de cómo rescatarlo y no menos importante (lo añado como científico), puede conducirnos a un aumento en nuestro conocimiento del padre de la Biología moderna, Charles Darwin.

 

Doctor Max Eldrich

Director de la Facultad de Biología

Universidad de California en Berkeley

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Me embroncaron las falsedades del pequeño relato de Eldrich y me recordaron el mayor peligro de los relatos, pequeños o extensos.

Los relatos no solamente la dejan a una ciega ante la vida durante periodos de tiempo, además durante esa ceguera pueden insertar en la mente experiencias irreales: mentiras.

Así que todavía con la muñequera atándome al brazo de la silla giratoria, me incliné sobre la pantalla de la computadora para
expurgar lo irreal del pequeño relato del
doctor Eldrich.

¿Yo era amiga íntima de quién? El mensaje aseguraba que de un tal Antonio, o Tonio, apellidado Márquez. Falso, siendo Yo una autista, jamás he sido amiga íntima de nadie.

Luego Eldrich agregaba que Tonio había resultado ser la mente más brillante de nuestra generación de zoólogos. Falso otra vez: Yo soy esa mente superior de nuestra generación, y no sólo en mi opinión, que puede estar prejuiciada a mi favor, es cierto, pero también en opinión de la revista Science.

Por último, Eldrich afirmaba que Tonio me había escrito un mensaje en medio de un secuestro. Dudé que alguien fuera tan estúpido como para escribirle un mensaje a una autista en una situación de peligro. Los autistas no formamos vínculos afectuosos con otros primates parlantes: un científico como Tonio hubiera conocido ese dato.

Me dispuse a borrar el mentiroso mensaje de Eldrich, cuando una vaga imagen me llegó de la memoria. Dos jóvenes, sentados en sendos sofás blancos, cada joven con un ejemplar del mismo libro en las rodillas, un volumen grueso, repleto de minuciosos dibujos de animales, y en la portada la fotografía de un primate con rasgos similares a los de un orangután, una barba blanca hasta el pecho y cejas muy pobladas: Charles Darwin.

El Club de Darwin: un club de dos miembros, recordé. Ése sí me pareció un club al que Yo tal vez hubiera podido pertenecer.

Revisé la memoria como si se tratara de una fotografía.

Un muchacho llevaba el pelo negro hasta los hombros y atorado detrás de unas orejas grandes, como de koala, y el otro muchacho tenía la cabeza rapada, como Yo la llevé en mis años de estudiante y como la llevo todavía ahora, y mi tobillo estaba unido a la pata del sofá, una pata de acero de 10 centímetros, por una muñequera negra, mi Remedio contra los Relatos Largos.

No en vano usaba la muñequera: leíamos abismados uno de los Relatos Largos más largos del lenguaje. No por el número de sus palabras, sino por el territorio que narra: la historia de la vida.

El libro tenía en la portada su nombre:

 

On the Origin of the Species

by Charles Darwin

Special edition with every species drawn

 

Moví el ratón de la computadora para localizar cinco hojas atrás, es decir tres meses atrás, el mensaje fechado el 4 de diciembre de 2012, cuyo remitente era Antonio Márquez, el otro miembro del Club Darwin de dos miembros.

Su mensaje estaba titulado:

 

LO ÚLTIMO QUE HAGO EN LA VIDA

 

No contenía ni una sola palabra, únicamente letras y números y un acento circunflejo.

 

K^303-LR132

 

No era una fórmula, pero tal vez sí era una referencia a un catálogo. Lo copié en una de mis libretas de tapas negras y apagué la computadora.

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