Adelanto editorial: ‘El Valle del asombro’

“Tres generaciones de mujeres en lucha contra su destino”, dice el subtítulo de esta novela que circulará en unos días y de la cual ofrecemos un avance con autorización de editorial Planeta

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23/03/2014 00:03 Amy Tan
'Mi madre decía que sólo los establecimientos de segunda categoría tenían nombres de cosas buenas, para alimentar falsas expectativas.' Amy Tan, escritora, en 'El valle del asombro'

Shanghái

1912

Violeta – Vivi – Zizi

 

Cuando me apeé del coche, vi la reja de una mansión y una placa con caracteres chinos, donde podía leerse: “Pabellón de la Tranquilidad.” Miré a un lado y a otro de la calle, en busca de un edificio con la bandera de Estados Unidos.

—No es aquí adonde tenemos que ir —le dije a Fairweather.

Él me miró sorprendido y le preguntó al conductor si era la dirección correcta, a lo que el cochero contestó que sí. Fairweather pidió a los que estaban junto a la puerta que salieran a ayudarnos, y dos mujeres sonrientes vinieron a nuestro encuentro. Una de ellas me dijo:

—Hace demasiado frío para que te quedes ahí fuera, hermanita. Pasa en seguida y pronto entrarás en calor.

Sin dejarme pensar siquiera, me agarraron por los codos y me sacaron del coche. Yo me resistí y dije que íbamos al consulado, pero ellas no me soltaron. Cuando me volví para pedirle a Fairweather que me sacara de allí, no vi más que polvo flotando en el aire, iluminado por el resplandor del sol. El coche se alejaba por la calle a buen ritmo. ¡Canalla! Yo tenía razón desde el principio. Nos había engañado. Antes de que pudiera decidir qué hacer, las dos mujeres enlazaron los brazos con los míos y tiraron de mí con más fuerza para obligarme a caminar. Yo me debatí y grité, y a todos los que veía —los que habían salido a la calle, el portero, los sirvientes y las doncellas— les advertía que mi madre los metería en la cárcel por secuestrarme. Ellos me miraban con caras inexpresivas. ¿Por qué no me obedecían? ¿Cómo se atrevían a tratar de ese modo a una extranjera?

En el salón principal vi estandartes rojos colgados de las paredes: “Bienvenida, hermanita Mimi.” Los caracteres de la palabra “Mimi” eran los mismos que usaba mi madre para su nombre y que significaban “oculto”. Corrí hacia uno de los estandartes y lo arranqué de la pared. Tenía el corazón desbocado y el pánico me encogía la garganta.

—¡Soy extranjera! —aullé en chino—. ¡No pueden hacerme esto!

Las cortesanas y sus doncellas se me quedaron mirando.

—¡Qué raro que hable chino! —susurró una de ellas.

—¡Malditos sean todos ustedes! —grité en inglés.

Mi mente funcionaba a toda velocidad en un caos de ideas, pero apenas podía mover las piernas. ¿Qué estaba pasando? Tenía que decirle a mi madre dónde estaba. Necesitaba un coche. Tenía que avisar a la policía cuanto antes. Me volví hacia un sirviente y le dije:

—Te daré cinco dólares si me llevas a la Oculta Ruta de Jade.

Un segundo después, me di cuenta de que no llevaba dinero. Al verme indefensa, me sentí aún más confusa. Supuse que me mantendrían retenida hasta las cinco, la hora en que zarpaba el barco.

Una doncella le susurró a otra que jamás habría pensado que una cortesana virgen de una casa de primera categoría fuera a ir vestida con un triste trajecito de niña yanqui.

—¡No soy una cortesana virgen! —exclamé.

Entonces una mujer baja y rechoncha, de unos cincuenta años, vino andando hacia mí contoneándose como un pato. Por la expresión de todos, supe en seguida que se trataba de la madama. Tenía la cara ancha y una palidez malsana. Sus ojos eran negros como los de un cuervo, y llevaba los mechones de las sienes retorcidos y estirados hacia atrás para alargar los ojos y convertirlos en óvalos gatunos. De su boca sin labios salió un saludo:

—¡Bienvenida al Pabellón de la Tranquilidad!

Hice una mueca de desprecio ante el orgullo con que anunció el nombre. “¡Tranquilidad!” Mi madre decía que sólo los establecimientos de segunda categoría tenían nombres de cosas buenas, para alimentar falsas expectativas. ¿Dónde estaba la tranquilidad? Todos parecían atemorizados. El mobiliario occidental era lustroso y barato. Las cortinas eran demasiado cortas. Toda la decoración era una imitación de lo que esa casa nunca llegaría a ser. Era imposible confundirse. El Pabellón de la Tranquilidad era un burdel de segunda fila.

—Mi madre es una americana muy importante —le dije a la madama—. Si no me dejas ir en este instante, hará que te juzguen en un tribunal estadunidense y que cierren tu casa para siempre.

—Sí, ya sabemos quién es tu madre: Lulú Mimi, una mujer muy importante.

La madama hizo señas a las seis cortesanas para que vinieran a saludarme. Iban vestidas de verde y rosa fuerte, como si todavía estuviéramos en el festival de la primavera. Cuatro de ellas parecían tener diecisiete o dieciocho años, pero las otras dos eran mucho mayores: veinticinco, por lo menos. Una criada de no más de diez años me trajo unas toallas humeantes y un cuenco con agua de rosas. Yo lo aparté todo de un manotazo y la porcelana se estrelló contra las baldosas con el sonido estridente de un millar de campanillas. Mientras recogía los añicos, la aterrorizada sirvienta le pedía perdón a la madama, que en ningún momento la tranquilizó diciéndole que la culpa no había sido suya. Poco después, una criada un poco mayor me trajo un tazón con té de osmanto (olivo oloroso). Aunque estaba sedienta, lo tomé y lo arrojé contra los estandartes con mi nombre. Negros manchones como lágrimas fluyeron de los caracteres manchados.

La madama me sonrió con
indulgencia.

—¡Ay, ay, ay! ¡Qué carácter!

Hizo un gesto a las cortesanas y todas, una por una, acompañadas de sus doncellas, me dieron las gracias por venir y aumentar así el prestigio de la casa. No parecían sinceras en su bienvenida. Cuando la madama me tocó un codo para guiarme hacia la mesa, aparté el brazo.

—¡No me toques!

—Chis, chis —intentó calmarme ella—. Pronto te sentirás más cómoda en la casa. Llámame “madre” y te trataré como a una hija.

—¡Puta barata!

Su sonrisa se esfumó y, sin inmutarse, volvió la vista hacia los diez platos con bocaditos especiales servidos en la mesa de té.

—Tú piensa solamente que te alimentaremos durante los próximos años —dijo y siguió parloteando falsedades.

Los buñuelos de carne me parecieron muy apetecibles y decidí no desperdiciarlos. Una criada me sirvió vino en una copa pequeña y la dejó sobre la mesa. Cuando tomé los palillos para servirme un buñuelo, la madama los golpeó con los suyos y me hizo un gesto negativo con la cabeza.

—Antes de comer, tienes que beberte el vino. Es la costumbre.

Tragué rápidamente el líquido repugnante y tendí la mano para tomar un buñuelo. Con dos palmadas y un gesto de la mano, la madama indicó sin palabras que retiraran la comida. Supuse que su intención era llevarme a comer a otra sala.

Se volvió hacia mí, aún sonriendo, y me dijo:

—He invertido mucho dinero en ti. ¿Trabajarás y te esforzarás para que merezca la pena darte de comer?

Fruncí el ceño, y antes de que pudiera insultarla, ella me asestó un puñetazo en un costado de la cabeza, cerca de la oreja. La fuerza del golpe estuvo a punto de separarme la cabeza del cuello. Los ojos se me llenaron de lágrimas y sentí zumbidos en un oído. Nunca nadie me había pegado.

Las facciones de la mujer se contorsionaban y sus gritos me llegaban de lejos. Me había dejado sorda de un oído. Me dio una bofetada y sentí que un nuevo torrente de lágrimas me quemaba las mejillas.

—¿Me entiendes? —dijo con su voz lejana.

No conseguí rehacerme lo suficiente para responder antes de recibir más golpes. Me arrojé contra ella y le habría aporreado la cara con los puños si los sirvientes no se hubieran abalanzado sobre mí para apartarme.

La mujer me dio varias bofetadas más, maldiciendo. Me agarró por el pelo y me tiró la cabeza hacia atrás.

—Niña malcriada, te arrancaré a golpes ese mal carácter, aunque tenga que seguir pegándote después de muerta.

Entonces me soltó y me empujó con tanta fuerza que perdí el equilibrio, caí al suelo y acabé en un lugar profundo y oscuro. Desperté en una cama extraña, cubierta por una colcha. Una mujer vino rápidamente hacia mí. Temiendo que fuera la madama, me protegí la cabeza con los brazos cruzados.

—¡Por fin despiertas! —exclamó—. Vivi, ¿no recuerdas a tu vieja amiga?

¿Cómo sabía mi nombre? Levanté los brazos y abrí los ojos. Tenía la cara redonda, ojos grandes y una ceja arqueada en actitud interrogativa.

—¡Nube Mágica! —grité.

Era la Bella Nube que soportaba mis travesuras cuando era pequeña. ¡Había vuelto para
ayudarme!

—Ahora me llamo Calabaza Mágica —dijo—. Soy cortesana en esta casa.

Parecía cansada y la piel se le había vuelto mate. Había envejecido mucho en esos siete años.

—Tienes que ayudarme —dije apresuradamente—. Mi madre me está esperando en el puerto. El barco parte a las cinco, y si no llego a tiempo, zarpará sin nosotras.

Mi amiga frunció el ceño.

—¿Ninguna palabra de alegría por volverme a ver? ¿Sigues siendo la misma niña mimada de antes, pero con las piernas y los brazos más largos?

¿Por qué criticaba mis modales en un momento como ése?

—Necesito ir al puerto ahora mismo, o de lo contrario...

—El barco ya ha zarpado
—dijo—. Madre Ma te echó en el vino un brebaje para hacerte dormir. Llevas casi todo el día
durmiendo.

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