Adelanto editorial de 'Frida, de Ishiuchi'

Ishiuchi Miyako, fotógrafa reconocida con el premio Hasselblad 2014 publica un trabajo sobre los vestidos y objetos personales de la pintora mexicana que resguarda la Casa Azul

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16/03/2014 04:34 Ishiuchi Miyako*

Cuando viajé a México con el propósito de fotografiar las pertenencias de Frida Kahlo, nunca pasó por mi mente que esta experiencia se convirtiera en un sueño entrañable. Antes de visitar México, la idea que tenía de Frida era bastante general y carecía de significado especial alguno. Sin embargo, cuando palpé sus objetos y vi sus cuadros, me di cuenta que desconocía quién era Frida Kahlo.

El cuerpo de Frida se habituó a padecer en carne viva su débil condición física. Día tras día, herida tras herida, su cuerpo se fue transformando de manera irremediable y los cambios que sufrió fueron irreversibles. Sus vestidos y otras prendas, así como sus cosméticos, fueron los instrumentos que utilizó para arropar su cuerpo. Para ella, tenían un valor significativo y les guardaba mucho cariño, pues consideraba que eran más que objetos, eran su estilo de vida; obras de arte que usaba con la decidida determinación de fortalecer su cuerpo. Estos objetos que estuvieron en contacto con su piel y que ella estimaba como parte integral de sí misma, tuve la oportunidad de tenerlos frente a mí.

Frida se vio obligada a convivir con la debilidad de su piel, carne y entrañas, y con su pincel pintó no sólo este estilo de vida, sino también la forma de muerte que le esperaba a su cuerpo envuelto por completo en telas.

En el patio de La Casa Azul preparé un set especial con el fin de aprovechar la luz natural del sol, tal y como existe en la tierra natal de la madre de Frida, Oaxaca, de donde es originario el traje tradicional de tehuana. Más allá de la historia de los bordados típicos de México y de su extraordinario colorido, con el obturador de mi lente capté emocionada imágenes de diseños que no han cambiado desde antaño, y que además tienen gran similitud, en cuanto a forma y significado, con el kimono tradicional japonés.

Aunque en sentido estricto los rígidos corsés, que tanto flagelaron el cuerpo de Frida, no se consideran vestidos, igualmente fueron fotografiados uno por uno bajo esa luz natural. El viento que corría provocando el incesante y sutil movimiento de los árboles, al pasar entre los corsés, se cargaba de un aroma a sufrimiento que evocaba ese cuerpo que deseaba ser libre. El lente de la cámara trató de captar a esa Frida que, alejada del dolor cotidiano, intentaba volar con desesperación al cielo.

Durante las tres semanas que permanecí en México, el descubrimiento de los cuadros y objetos de Frida Kahlo hizo que naciera en mí una gran simpatía por ella. No obstante que ya han pasado cincuenta y nueve años de su muerte, aún se respira su presencia, y a pesar de que su cuerpo físico ya no existe sentí que todavía perdura, señalando un camino eterno lleno de amor que nos invita a seguirlo. La experiencia de haber convivido con el ambiente y los espacios de La Casa Azul, me inspiró a tomar estas fotografías. Probablemente, Frida acompañó a mi cámara haciendo una pausa dentro de la eternidad.

*Premio Hasselblad 2014

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