Fragmento del libro: 'El abogánster '

Con autorización de Editorial Planeta publicamos un fragmento de 'El abogánster', la más reciente novela de Eugenio Aguirre, en la que recrea la vida de Bernabé Jurado, 'El Abogado del Diablo'

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23/02/2014 00:01 Eugenio Aguirre

Yo, a mi regreso de Buenos Aires, fui visto con recelo y muchos de los potentados de la ciudad de México dejaron de saludarme y de invitarme a sus fiestas, sobre todo mis colegas, como el oportunista Adolfo Aguilar y Quevedo, que intervino a favor de Francesca, demasiado atractiva para ser rechazada como cliente y compañera de cama, y acudieron a burlarse de mí en el teatro Esperanza Iris, donde los cómicos Palillo y Borolas presentaron la comedia Un jurado a Bernabé, misma que me negué a presenciar.

Retomé mis labores profesionales en medio de una campaña de descrédito en la que se insistía en llamarme abogánster, lo cual, gran paradoja, incrementó la afluencia de negocios al despacho; nos vimos precisados a contratar pasantes y colocamos un anuncio en el periódico Excélsior en el que ofrecíamos doscientos pesos semanales por concepto de sueldo. No tardó en aparecer un joven fino, vestido con elegancia y a todas luces bien educado, Alfonso del Castillo, quien cursaba el cuarto año en la Facultad de Derecho y ya había trabajado en el bufete de don Víctor Velázquez, del que había querido sin fortuna, así me lo dijo, «beberle los alientos».

Del Castillo estuvo de acuerdo con el horario que manteníamos en el despacho de Madero 17, antiguo Palacio de Iturbide: de las 9 a las 14:30 horas por la mañana y de las 16 a las 19 horas por la tarde, con el que yo era muy exigente, y se me pegó como lapa. Me acompañaba a los juzgados y tribunales contra viento y marea, y pronto se acostumbró a servirme en la extensión de mi oficina en la cantina La Ópera, ahí en 5 de Mayo, donde me llevaba escritos para su firma, machotes de contratos de servicios profesionales, expedientes de los casos que atendía y, cuando la dejaba olvidada encima de mi escritorio, la pistola .45 que portaba en la cintura. A él le tocó en suerte presenciar uno de mis exabruptos, que después de corromperse con los dimes y diretes se le atribuyó al asesino Francisco Villa, cuya cabeza continuaba en manos de mi amadísima madre.

Esa tarde, al filo de las quince horas, me había reunido con el Duque, el licenciado Godínez y el famoso epigramista don Francisco Liguori para beber fuerte y divertirnos con los dichos y epigramas que este soltaba a troche y moche, con los labios rojos a causa del vino tinto, desde la caverna que se formaba al estirar su mandíbula prognata, la cual le daba un aire borbónico, y chasqueando la lengua antes de emitir invariablemente una sonora carcajada. Pancho, como le decíamos con cariño, tenía un humor encantador y, puedo decir, era querido por todo aquel que lo conocía. Su conocimiento de la lengua española era proverbial y sus clases en la Facultad de Filosofía de la UNAM un acontecimiento. Estábamos, pues, ya bastante borrachos y muy entretenidos cuando desde una mesa del fondo se dejó venir un lépero con facha de facineroso dando bandazos y arrojando insultos que dada su embriaguez nadie comprendía.

El tipo llegó hasta nuestra mesa y desenfundó un revólver calibre .38. «¡Ahora sí que se los llevó la chingada!», rugió, y en seguida apuntó a la cabeza de Godínez, quien se cagó en el acto. Me dio tal coraje que se me nubló la vista, saqué mi pistola y lo amedrenté con tal seguridad que ello me salvó la vida. El fulano titubeó y yo jalé el gatillo, solo que en ese instante, fracción de segundo, Alfonso del Castillo, quien me había traído un expediente, me golpeó por debajo del codo y la bala pasó por encima de la testa de nuestro enemigo y fue a incrustarse en el techo del cuarto gabinete del lado oriente de La Ópera. Todo sucedió muy rápido, pero no lo suficiente para impedir que el Duque le reventara al rufián una botella en la cabeza que lo dejó tendido e inconsciente. Los demás parroquianos formaron corrillos para comentar lo acaecido; nosotros apapachamos al licenciado Godínez que aún estaba más pálido que un cadáver, le pedimos que se despojara de pantalones y calzones, y con la mierda todavía fresquita embarramos la jeta del agresor e hicimos que el policía de punto se lo llevara a la delegación más cercana. Pancho Liguori, sin embargo, pidió papel y pluma con el objeto de escribir un epigrama, que más tarde desglosó, para «dejar testimonio del balazo que Bernabé Jurado le había metido al techo de la cantina».

Ese fue el incidente que le tocó presenciar al licenciado Del Castillo. La marca sigue ahí; sin embargo, cuando el bebedero se volvió turístico y comenzó a ser visitado por los niños y niñas del jet set vernáculo, a alguien se le ocurrió decir que se trataba de un balazo de Pancho Villa, quien en plena revolución había entrado a caballo en la cantina —y eso que Villa era abstemio—, y sin más disparó al aire. Esa es la historia que se ha perpetuado. ¡Qué poca madre!, digo yo, que hasta mis maldades son plagiadas por un cabrón cuya memoria no necesita más leña.

El último recuerdo de Astrid me obliga a rememorar que, en julio de 1956, Ramón Estades me comunicó, hecho un mar de lágrimas, que su padre, don Bartolomé, cuando cruzaba la avenida Corrientes había sido atropellado por un boludo que se distrajo al meter mano en el coño de una mina.

—Yo no puedo ausentarme, Bernabé —gimió—, porque estamos por cerrar un negocio con los dueños del Regis. Te suplico, de la forma más encarecida, que te traslades a Buenos Aires y le procures un sepelio digno de su rango empresarial.

—Ya sabrás, Jurado —intervino Alfonso Gutiérrez de León—, una caja de pino de primera o de maple canadiense con ornamentos de bronce, un velorio en una capilla ardiente atiborrada de flores, un trío de cuerdas que toquen música de Mozart y una cantante que entone una canción fúnebre, quizás un aria de los Niños muertos de Gustav Mahler, no se te vaya a ocurrir que suelte el Himno a la alegría, que no sé de quién es ni de relajo. En fin, apáñatelas como puedas... De todas maneras no conocemos a nadie en la Argentina.

Volé a Buenos Aires en aviones de cuatro motores que semejaban matracas y que, como los chapulines, brincaban de un lado a otro y hacían tantas escalas que uno se desorientaba y ya no sabía si estaba en Costa Rica o en Lima o apenas estaba despegando en Xochimilco. Por fin arribé a «mi Buenos Aires querido», donde tuve que afrontar que una de mis maletas, de las cuatro que llevaba, la que contenía mis chones y tres pijamas de seda con mis iniciales bordadas, se había perdido en el trayecto e iban a averiguar si estaba en Panamá o por equivocación la habían enviado a la India. Ni modo, apechugué, tendrás que acostumbrarte a estar con las nalgas al aire y a cuidar de no echarte un pedo con premio, mi querido Bernabé.

Me hospedé en el lujoso Hotel Plaza sobre la calle Florida, frente a la Plaza San Martín, en una suite desde la que podía mirar las hermosas mansardas azules del Palacio de San Martín, sede de la Cancillería Argentina. Ramón Estades me había dado una buena cantidad de dinero para viáticos y gastos y yo iba dispuesto a darme la gran vida sin llegar a ser dispendioso.

Fragmento de El abogánster.
Título de la redacción.

 

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