Extracto del libro: ‘El Lobo de Wall Street’

Con autorización de editorial Planeta reproducimos un fragmento de la novela El lobo de Wall Street, de Jordan Belfort

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16/02/2014 00:58 Jordan Belfort*/Especial

Menos de cinco minutos después, yo ya estaba sentado en mi oficina, detrás de un escritorio digno de un dictador, en un sillón del tamaño de un trono. Ladeé la cabeza antes de decirles a los otros  dos ocupantes de la habitación:

—A ver si entendí bien: lo que ustedes quieren es traer un enano y lanzarlo de un lado a otro  de la sala de negocios.

Asintieron al unísono.

Sentado frente a mí, en un sillón excesivamente mullido y tapizado en cuero color  sangre de buey  estaba nada menos que  Danny Porush. No  parecía que sufriese ningún efecto  negativo por su reciente ingesta del pez anaranjado,  y procuraba convencerme de su última idea  genial,  que  consistía en  pagarle cinco mil dólares a un enano para  que viniese  a ser lanzado por mis corredores en lo que sin duda sería el primer Torneo de Lanzamiento del Enano de Long Island. Y aunque la idea parecía extraña, yo no podía menos que sentir algún  interés.

Danny se encogió de hombros.

—No es tan  loco  como parece. Digo,  no  es como si fuésemos a tirarlo a cualquier lado. Lo que imagino es esto: ponemos unas  colchonetas en la parte delantera de la sala de negocios y les damos dos tiros  cada  uno a los cinco corredores que más acciones de Madden hayan vendido. Pintamos una diana en el extremo más  alejado de la colchoneta y le ponemos un  poco de velcro para que  el pequeño hijo  de puta  quede pegado. También deberíamos seleccionar a algunas de las mejores asistentes de venta  para  que alcen  carteles indicadores, como lo hacen los jueces  de las competencias de zambullido. Pueden otorgar puntos basándose en el estilo de lanzamiento, distancia, grado  de dificultad, toda  esa mierda.

Meneé la cabeza, incrédulo:

—¿Y de dónde vas a sacar  un enano de un momento para  otro? —Miré a Andy Greene, el tercer ocupante de la habitación. —¿Qué opinas de este asunto?  Eres  el abogado de la empresa, debes  de tener algo para  decir,  ¿no?

Andy asintió con expresión prudente, como si estuviese ponderando la respuesta legal apropiada. Era  un viejo y confiable amigo,  recién ascendido a jefe del departamento de finanzas corporativas de Stratton. La tarea de Andy era estudiar las docenas de propuestas de negocios que Stratton recibía a diario y decidir cuáles, si las había, eran  dignas  de serme  transmitidas. En  esencia, el departamento de finanzas corporativas era  como una  planta manufacturera que produjera bienes de consumo bajo la forma  de nuevas emisiones públicas de acciones y títulos, o nuevas ofertas, como se les decía  en Wall Street.

Andy vestía  el típico  uniforme de Stratton, consistente en un inmaculado traje  de Gilberto, camisa blanca, corbata de seda y, en su caso, el peor  peluquín  del lado occidental de la Cortina de Hierro. En ese preciso instante, parecía que alguien hubiese puesto sobre  su cráneo judío en forma de huevo la cola sarnosa de un burro, cubriéndola posteriormente de pegamento y depositando un cuenco para  cereal invertido sobre éste. Daba la impresión de que, después, pusieron sobre el cuenco una bandeja cargada con diez kilos de uranio empobrecido y la dejaron reposar allí durante un rato.  Ése era  el preciso motivo por  el cual  el apodo oficial  de Andy en Stratton era “Choza”.

—Bueno —dijo  Choza—, en lo que hace  a seguros, si el enano firma una renuncia a cualquier reclamo, además de alguna clase de acuerdo que explicite que no nos hacemos cargo de ningún posible daño, quedaremos a cubierto de toda acción legal si se rompe el cuello.  Pero  debemos tomar todas las precauciones razonables que se puedan, como, evidentemente, lo exige la situación desde el punto de vista legal…

¡Por Dios! ¡Yo no quería un puto análisis legal de todo ese cuento del lanzamiento de enanos! ¡Sólo  quería saber  si Choza consideraba que sería bueno para la moral de los corredores! De modo que dejé de prestarle atención y fijé un ojo en los números y letras trazados con  puntos verdes que surcaban los monitores de computadora ubicados a ambos lados de mi escritorio, y en el otro adosado a la pared de vidrio que daba a la sala de negocios.

Choza y yo nos conocíamos desde la escuela primaria. Por entonces, él tenía la más espectacular cabellera rubia que  pueda imaginarse, suave, de hecho, como barbas de maíz.  Pero, ay, para cuando llegó su cumpleaños número diecisiete, esa maravillosa cabellera ya era  un lejano recuerdo, y apenas si le alcanzaba para taparse la calva,  distribuyéndola con el peine.

Ante la cruel perspectiva de quedar con el cráneo mondo y lirondo antes de haber terminado la secundaria, Andy decidió encerrarse en el sótano de su casa, fumarse cinco mil porros de hierba mejicana barata, jugar videojuegos, comer pizza  Ellio’s congelada para el desayuno, el almuerzo y la cena,  y esperar a que la puta madre naturaleza completara la cruel broma que le estaba jugando.

Emergió de dicho sótano tres años más tarde, convertido en un vulgar judío de cincuenta años  de edad,  con  unas  pocas crines, una  prodigiosa barriga y una nueva personalidad, cruza del aburrido Igor, de Winnie Poo, y Henny Penny, el que creía que el cielo estaba por desplomarse sobre su cabeza. A todo esto, Andy se las compuso para que lo pescaran haciendo trampas en sus exámenes de graduación, lo que lo obligó a exiliarse al pueblucho de Fredonia, en el norte del estado de Nueva York, donde los estudiantes se mueren de frío en verano en la casa de estudios local, la universidad estatal de Fredonia. Logró sortear las rigurosas demandas académicas de tan excelente institución y, al cabo de cinco años y medio, se graduó, sin adquirir ni una gota de conocimiento en el proceso, pero, quedando, eso sí, más feo que nunca. Desde ahí logró de alguna manera entrar en una supuesta facultad de derecho del sur de California, donde se ganó un diploma que tenía tanto peso legal como si hubiera venido de regalo en una caja de chocolatines.

Pero claro que en la firma de inversiones financieras Stratton Oakmont las trivialidades como ésa no importaban demasiado. Lo que importaba eran las relaciones personales; eso y la lealtad. De modo que cuando a Andrew Todd Greene, alias Choza, le llegaron noticias del éxito del que gozaba su amigo de la infancia, me buscó, me  juró lealtad imperecedera, y se subió al tren. Eso había ocurrido hacía más de un año. A partir de ese momento, y siguiendo las costumbres de Stratton, socavó, traicionó y manipuló a todo el que se interpusiese en su camino, hasta lograr ubicarse en lo más alto de la cadena alimentaria de la empresa.

Lo estaba entrenando, pues aún no tenía experiencia en las sutilezas de las finanzas corporativas al estilo Stratton, es decir, en identificar compañías nuevas con potencial para el crecimiento y tan desesperadas por dinero que estuviesen dispuestas a venderme una porción considerable de sus acciones a cambio de que las financiara. Y, dado que el diploma de abogado de Choza no era digno de ser empleado siquiera para limpiarle el culo a mi perfecta hijita, lo hice empezar con un miserable salario de quinientos mil dólares al año.

—¿Estás de acuerdo con eso?

De pronto, me di cuenta de que me estaba haciendo una pregunta, pero lo cierto es que, más allá de saber que estaba relacionado con el lanzamiento del enano, no tenía ni la más puta idea de qué me hablaba. De modo que lo ignoré y, volviéndome hacia Danny le pregunté:

—¿De dónde vas a sacar un enano?

Se encogió de hombros.

—No estoy muy seguro, pero, si me das luz verde, lo primero que haré será telefonear al circo de los hermanos Ringling.

—O podríamos probar con la Federación Internacional de Lucha —añadió mi leal abogado.

¡Por Dios!, pensé. ¡Estaba rodeado de más locos que los que hay en un manicomio!

* Fragmento del capítulo 6
del libro El lobo de Wall Street.

 

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