Adelanto editorial de Frankenstein, de Mary W. Shelley

Con autorización de la editorial Sexto Piso publicamos un fragmento del epílogo que escribió Joyce Carol Oates, a la novela ilustrada Frankenstein o el moderno prometeo, de Mary W. Shelley

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03/02/2014 02:45  Joyce Carol Oates */Especial
Ilustración: Cortesía Sexto Piso/Lynn Ward

¿Acaso soy yo el único
criminal cuando

toda la humanidad ha
pecado contra mí?

El demonio de Frankenstein

 

 

Muy al margen de su fama imperecedera y de su proliferación en innumerables formas extraliterarias, el Frankenstein de Mary Shelley, o El moderno Prometeo es una obra notable. Novela sui géneris, si se puede llamar novela, es una combinación única de elementos góticos, fabulescos, alegóricos y filosóficos. Aun siendo ciertamente una de las más calculadas e intencionadas fantasías y, en gran parte, una especie de réplica del El Paraíso perdido de John Milton, Frankenstein se abastece de las grotescas, levemente absurdas y salvajemente creativas imágenes que brotan directas del inconsciente: la criatura de dos metros y medio destinada a ser “hermosa”, que resulta casi indescriptiblemente repulsiva (de piel amarillenta, rostro apergaminado, con rectos labios negros y ojos casi sin color); la querida prima-novia que es bella y que, no obstante, en el sueño de la mente, produce horror (“en cuanto besé sus labios por primera vez, éstos se volvieron lívidos, del color de la muerte. Sus rasgos parecieron cambiar y pensé que sostenía en los brazos el cadáver de mi madre muerta. Estaba cubierta con un sudario y los gusanos reptaban por los pliegues de la tela”); el sueño desquiciado del Ártico como país de “luz eterna” que termina por ser, naturalmente, sólo un lugar de hielos interminables, el paisaje adecuado para la muerte de Victor Frankenstein y la inmolación de su demonio.

Vital en Frankenstein (igual de vital que en una novela radicalmente distinta del siglo XIX, Jane Eyre) es el golpe de un rayo que parece hacer surgir una “lengua de fuego” de un viejo y bello roble (“Cuando la deslumbrante luz se desvaneció, el roble había desaparecido y no quedaba nada más que un tocón chamuscado”): el estímulo, literalmente, para el ulterior descubrimiento de la causa de la procreación y la vida. Y, según la explicación preliminar de Mary Shelley sobre el origen de su “historia de fantasmas”, la propia imagen de Frankenstein y de su criaturademonio surgió de una visión de extraordinaria intensidad:

[…] No conseguí conciliar el sueño, tampoco se puede decir que estuviera pensando. Mi imaginación estaba desbocada. Se apoderó de mí y me guió, trayéndome a la mente una imagen tras otra con una viveza que superaba los límites del sueño. Aunque tuviera los ojos cerrados, podía ver con una increíble precisión al pálido estudiante de las pecaminosas artes junto a la cosa que había ensamblado. Vi el horrible espectro de un hombre extendido y cómo después, gracias al funcionamiento de algún poderoso artilugio, mostraba signos de vida y se agitaba con un movimiento inseguro y vacilante […]. Duerme, pero algo lo despierta, abre los ojos y ahí está el horrible ser, de pie junto a él, abriendo las cortinas y mirándolo con sus ojos amarillos y acuosos aunque inquisitivos.

Alucinógeno y superrealista en su plano más profundo, Frankenstein es, por supuesto, una de las novelas más conscientemente literarias que se han escrito nunca: su incómoda forma es el gótico epistolar; sus líricas descripciones de escenarios naturales (el grandioso valle de Chamonix, en particular) surgen de fuentes románticas; sus discursos y monólogos resuenan tanto a Shakespeare como a Milton y, aunque la pretensión didáctica de la autora no esté suficientemente clara, la criatura-demonio se educa a sí misma con el estudio de tres libros de relevancia simbólica: Las desventuras del joven Werther, de Goethe; las Vidas de Plutarco y El Paraíso perdido, de Milton (el último le provee convenientemente de una conciencia de sus propios apuros con la que Mary Shelley espera dramatizar. Lee la gran epopeya de Milton como si fuera una “historia real”, con la imagen de un dios omnipotente en guerra con sus criaturas; se identifica con Adán, salvo por el hecho de que Adán surgió de Dios como “criatura perfecta, feliz y próspera”. Al final, desde luego, se identifica con Satán: “Recordad que soy vuestra criatura. Debería haber sido Adán, pero más bien soy el ángel caído al que expulsáis de la felicidad sin haber hecho nada malo. Por todos lados veo una felicidad de la que sólo yo quedo excluido. Fui benevolente y bueno, pero la desgracia me ha convertido en un demonio. Hacedme feliz y volveré a ser virtuoso”).

El afán de algunos alquimistas medievales por encontrar la legendaria piedra filosofal (el proceso portentoso mediante el que los metales que no eran de ley se podían transformar en oro; o, en términos psicológicos, los instrumentos con los que el individuo puede consumar su destino); la rebeldía temeraria de Fausto contra los límites humanos, y su disposición a cambiar su alma por el conocimiento; la búsqueda fatal de respuestas a los misterios de su vida en figuras tan trágicas como Edipo y Hamlet: éstos son los dramas arquetípicos con los que Frankenstein guarda un parentesco evidente. Pero, a medida que se lee, a medida que Frankenstein y la despreciada sombra de sí mismo se entregan a los numerosos diálogos de la obra uno tras otro, se empieza a tener la sensación de que la autora, de diecinueve años, está acercándose a esos elementos arquetípicos por primera vez. Frankenstein “es” una parodia demoníaca (o una extensión) del dios de Milton; “es” el Prometeo escultor, el creador de la humanidad; pero, al mismo tiempo, por sí mismo es totalmente incapaz de controlar el comportamiento de su demonio (llamado de formas tan diversas como “monstruo”, “desalmado” e “infeliz”, y que necesariamente carece de nombre). Sin embargo, sorprendentemente, Mary Shelley no descubre el gran poder de su narrativa a través del mojigato y “abnegado” joven científico (Walton), sino a través de su deforme demonio, con el que se identifican la mayoría de los lectores: “Mi aspecto era horroroso y mi estatura gigante. ¿Qué significaba esto? ¿Quién era yo? ¿Qué era yo? ¿De dónde había venido? ¿Cuál era mi destino? Me preguntaba esto una y otra vez, pero era incapaz de encontrar la respuesta”.  No es tan sólo que el demonio, como Satán y Adán en El Paraíso perdido, protagonice los discursos más absorbentes de la novela y sea mucho más sabio y más magnánimo que su creador; también es el instrumento mediante el que se expresa un amor trascendente, un amor romántico no correspondido. Sin duda, uno de los secretos de Frankenstein que ayuda a explicar su duradero encanto es el paciente, incondicional, absolutamente leal y profundamente humano amor del demonio por su irresponsable creador.

 

*Fragmento del epílogo “El ángel caído de Frankenstein”.

 

 

 

 

 

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