Bastiones de resistencia

Carlos Ornelas

Con la institucionalización de la CNTE, el movimiento de masas poco a poco abandonó sus demandas justas; se colocó en la misma posición que los líderes charros, como denominaba a sus adversarios. Al no abandonar la retórica de movimiento democrático, ni su denuncia contra la señora Gordillo, la disidencia magisterial confundía a muchos. 20/03/2013 04:09

Bastiones de resistencia

En las Cartas a Tito Livio, Maquiavelo hace el análisis de la sabiduría de las masas cuando luchan por una causa justa o se sublevan contra un príncipe sátrapa. Pero cuando gobiernan las leyes y no los príncipes, los movimientos de masas “no reguladas” tienden a cometer errores o a defender banderas ilegales.

Algo parecido sucede con la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación, cuyos orígenes se inscriben en páginas de gloria. Los maestros disidentes, desde finales de los años 70, luchaban contra poderes superiores y la corrupción galopante dentro del SNTE, controlado por una camarilla que restaba espacios y controlaba el hacer de los afiliados: la Vanguardia Revolucionaria del Magisterio. Los movimientos de masas a lo largo de la década de los 80 se coronaron con la derrota de aquella camarilla; pero en lugar de la democracia sindical —que era una de las consignas que aglutinaba a las masas descontentas— vino la imposición de Elba Esther Gordillo. Ella replicó y perfeccionó los métodos de control de docentes, al mismo tiempo que la corrupción galopó como nunca antes en la historia del sindicato.

La CNTE, entonces, construyó bastiones de resistencia. Con tenacidad, jornadas de lucha de miles de maestros combativos y convencidos de la causa democrática, instituyeron nuevos mecanismos de regulación, como los “Principios rectores” de la Sección 22 del SNTE. Con la institucionalización, el movimiento de masas poco a poco abandonó sus demandas justas; se colocó en la misma posición que los líderes charros, como denominaba a sus adversarios. Al no abandonar la retórica de movimiento democrático, ni su denuncia contra la señora Gordillo, la disidencia magisterial confundía a muchos.

No que la crítica a la camarilla hegemónica del SNTE fuera incorrecta, sino que al interior de la CNTE se reproducían sus prácticas o peor, como la constancia de participación en marchas y plantones. En aras de mantener privilegios para sus dirigentes y dividendos para los docentes de base, los disidentes hicieron de la virtud sustento de canonjías.

Con base en manifestaciones, tomas de edificios públicos y negocios privados, los disidentes encontraron en la “doble negociación” oportunidades magníficas. Obtuvieron ganancias sustantivas, no sólo en Oaxaca, también en Guerrero y Michoacán. En Oaxaca, la Sección 22 colonizó por completo el gobierno de la educación pública. Hoy como nunca antes tiene de rodillas al gobernador, quien sin saber para dónde hacerse, concede cuanto puede a la Sección 22; y si más tuviera, más concedería.

Hoy la CNTE y otras corrientes inconformes amenazan con una huelga nacional, paralizan las escuelas en sus territorios y se movilizan contra las reformas laboral y educativa. Pero esa resistencia ya no es para defender una causa justa. Sus apetencias son transparentes: “Los maestros se oponen a la reforma educativa porque acaba con sus privilegios como la herencia de plazas, la nula evaluación docente y la asignación automática de nuevas plazas a estudiantes normalistas y a familiares de profesores en funciones” (Reforma/16 de marzo).

La fortuna, como diría Maquiavelo, ha sido generosa con los disidentes. Sus tácticas de presión les han permitido crear baluartes casi inexpugnables; siempre han ganado. No encuentran razón para cambiar de estrategia. Pero la situación es diferente. La enemiga que era el blanco de sus ataques está en la cárcel; el gobierno federal lucha por restablecer la concentración del poder —y ha ganado legitimidad más allá de las urnas con reformas legales— y se divisan nuevas vías para frenar a los disidentes.

El experimento ya se dio en Guerrero. El gobernador (pienso que no por iniciativa propia) no pagó la quincena a quienes faltaron a clases. Eso radicalizó a los manifestantes y forzaron una mesa de negociaciones. Pero el secretario Chuayffet ya anunció que a partir del siguiente ciclo escolar ésa será una política nacional.

Ésa es una señal de que el gobierno está dispuesto a poner en marcha las reformas y que no se dejará intimidar por los movilizados. La represión salarial, me parece, será sólo el primer paso para debilitar esos bastiones.

Retazos

Con este artículo cumplo siete años en Excélsior. Gracias al periódico y a los lectores por su paciencia.

                *Académico de la Universidad Autónoma Metropolitana

                Carlos.Ornelas10@gmail.com

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