RÍO DE JANEIRO, 10 de julio.- Brasil amaneció callado. Los bocinazos y el bullicio del diario se apagaron. A 24 horas del cataclismo futbolístico que les dio Alemania la resaca parece ser peor. Al principio había indignación. Ahora reina la nostalgia.

Brasil pasará a la historia, junto a México, como el país que ha organizado dos veces el Mundial y no lo ha podido ganar. El Maracanazo de 1950 tiene un mellizo que se llama Mineirazo 2014.

Marcelo Gonçalves (Río de Janeiro, 1966) acepta la llamada de Excélsior, pero dice seguir aturdido. Gonçalves fue un defensa que salió campeón en México con los Tecos de la UAG en 1994 y jugó el Mundial de Francia 98, en donde le tocó ser testigo de las convulsiones de Ronaldo.

Gonçalves está triste. “Como todos acá, camino mirando al suelo”, cuenta. “Quisiera hablarte más como brasileño que como exfutbolista, porque el dolor que hay en la gente es muy hondo, todos estamos petrificados”, revela del otro lado de la línea.

El fantasma que vivía en Río de Janeiro desde 1950 se pasó a Belo Horizonte. Nunca se olvidará la noche del 7-1. Por fin la selección del Maracanazo se liberó. El arquero Moacir Barbosa esperó 64 años para descansar, pero la maldición del local persigue a Brasil.

Desgraciadamente se perdió de nuevo en casa, como en 1950. El fantasma del Maracanazo presionó a los jugadores. Ese es el pretexto, porque Alemania, Argentina, Francia, Uruguay, Italia, Inglaterra, todos van a presumir que lo supieron hacer en casa, y nosotros no. Hay formas de irte de un Mundial, la derrota siempre será amarga. La final que jugué con Brasil la perdimos por el golpe que significó ver a Ronaldo en el piso, pero lo que hicieron no tiene nombre. He visto equipos descontrolarse y recibir uno o dos goles en pocos minutos, ¿pero cuatro? Estos jugadores tienen que dar muchas explicaciones.”

Tanto ha calado la derrota, que de inmediato el equipo de campaña de la presidenta Dilma Rousseff estudia hacer una estrategia para evitar los prejuicios por culpa de la goleada. 

Para Gonçalves, la Copa del Mundo significaba algo más que un simple torneo de futbol.

Todos los países tienen problemas. Brasil los suyos, como la educación y la salud. Parece difícil de entender, pero la Copa hubiera ayudado a que la gente estuviera más alegre, más positiva ante lo que viene. Creo que los jugadores se presionaron demasiado por ese efecto. Tenían que cargar soluciones políticas. No es que una Copa cambiara todo, sino que el camino hubiera sido diferente”, refiere.

Sin embargo, el principal culpable es señalado. El técnico Luiz Felipe Scolari hizo que Brasil desdeñara la pelota, símbolo de sus grandes triunfos. Ahora su nombre será un trauma en cada aficionado brasileño. Gana más de 450 mil dólares mensuales y sin que haya terminado el Mundial  2014, ya le buscan sucesor.

Scolari será el principal villano, pero también cargaba una losa pesada. Los jugadores creían en él y sabía que la responsabilidad era mucha por todo el entorno en el que vive el país. La situación no es nada sencilla. Scolari era el encargado de allanar el camino y la presión lo acabó destrozando”, reflexiona Gonçalvez.