RÍO DE JANEIRO, 22 de junio.- El estadio Maracaná está en silencio, descansa para recibir otro juego mundialista, será su undécimo en la historia. Es un día soleado y perfecto para entrenar un poco en la cancha. Bélgica sale al campo con su capitán Vincent Kompany, jugador del Manchester City, encabezando a la legión.

Su ingle izquierda, que le mantuvo dolorido desde el martes cuando terminó el juego con Argelia, ya no le molesta más: “Gracias a Dios estoy bien. Vamos a esperar a que todo siga así hasta el último minuto para poder jugar”, dice el defensa, quien seguramente estará hoy contra los rusos en el Marcaná, de Río de Janeiro.

Bélgica inició con un proceso de desarrollo en 2001 dirigido a los clubes. Aprovecharon la fuerza inmigrante de zonas como Lieja, Amberes y Bruselas para conformar el tinglado que los llevara lejos. El resultado viene 13 años después: la FIFA los puso como cabeza de grupo, pero tras el partido inicial ante Argelia, las dudas han invadido a todos sobre el verdadero nivel de los Diablos.

No tenemos nada que demostrar”, afirma Kompany. “Somos cabeza de grupo porque nos lo merecimos y el Mundial es así de complicado. No sólo sufrimos nosotros sino las grandes potencias como Brasil, Portugal o Italia que perdió con Costa Rica...  no hay responsabilidad de pelear el puesto que ya tenemos”.

Los chicos que hoy tiene Bélgica han llenado el hueco de sus generaciones anteriores cuando fueron campeones de la Euro 80 y semifinalistas en México 86. Jean-Marie Pfaff, Vicenzo Scifo y Van der Elst han encontrado fundamentos en esta nueva estirpe de futbolistas.