CIUDAD DE MÉXICO, 16 de mayo.- Zinedine Zidane ocuparía el Mundial de Alemania 2006 para pasar de ídolo a mito.

En 1998 su rostro fue reflejado durante las celebraciones en los Campos Elíseos y se recurrió a él de nueva cuenta en la desesperación de una selección gala que se hacía veterana.

La vieja Francia borró de un plumazo la sonrisa prepotente de Brasil al ganar 1-0. El gol lo marcó Thierry Henry, pero la actuación memorable fue de Zinedine Zidane. Brasil, en cambio, ofreció una pésima imagen y se marchó de nuevo de Europa sin la Copa del Mundo.

Muchos compañeros que lo tuvieron decían que cuando Zidane sonreía en el campo, es que las cosas estaban bien. Algo seguro prepararía en su inagotable repertorio de fantasías.

En los cuartos de final de la Copa del Mundo de 2006 se encontraron Francia y Brasil, sobre todo por culpa de los europeos. En el presupuesto inicial no estaba contemplado que quedaran por debajo de los suizos en el grupo.

La triste y percudida Francia que, a pesar de todo, mantenía su solera por contar con varios campeones del mundo, apenas fue capaz de ganarle a Togo en la fase de grupos, mientras que Brasil aplastó a Croacia, Japón y Australia en la primera ronda para después, sin perder el aliento, acabar con Ghana.

Pero sabía Zinedine Zidane, como una inminente premonición de que su tiempo se extinguía en copas del mundo, que era momento de dar los últimos destellos. Por ello ofreció en Frankfurt una de sus actuaciones épicas cuando todo el entorno favorecía con las apuestas a los brasileños.

De entrada, en octavos de final ya había dado un recital ante España, pero no era suficiente. Iba por más.

Fue inolvidable esa tarde ante Brasil. Francia,  silenciosamente, trataba de que la flama que les quedaba no se les apagara y con humildad fueron avanzando, protegidos por el genio de Zidane.

Acabaron con el futbol hipócrita de Brasil a base de toques melodiosos de Zidane. Durante la primera fase le había bastado a los amazónicos con reservarse y pensar en otra cosa. Lejano su corazón del Mundial, encontraron un duro castigo con los franceses que, comandados por Zidane, su verdugo en 1998, volvieron a vencerlos.

El estilo de Francia era el de Zidane, un tipo estético, calvo ahora sí totalmente, no como en Francia, donde mantuvo un poco de su cabello, más delgado, en buena condición física, pero en 2006 en mejores condiciones mentales. Ágil y rápido con la cabeza, hacía que sus pies danzaran en el campo.

El esbelto Zidane desplegó sus alas e hizo volar a los galos.

Era este equipo un ave veterana que no tomaba altura más que cuando la impulsaba el genio de su número en la espalada, el 10.

El técnico brasileño Carlos Alberto Parreira pronto se dio cuenta de que la orquesta era de Zidane y mandó a detenerlo.

Gilberto Silva quedó exhibido cuando trató de darle un garrotazo y Zidane escondió la pelota con el pie derecho, la jaló a escondidas y dio un pase al viejo Vieira con el empeine izquierdo para que corriera por la banda.

El público entró en ebullición, efervecentes por Zidane y su arte natural. Así, encontró siempre a Henry, Vieira, Abidal  o Malouda, dando sentido al juego francés en todo momento.

Para tales efectos, Francia se hizo dominador incontestable del juego desde el ecuador de la cancha, sin que hubiera oportunidades de peligro de los brasileños, dependientes de Ronaldo, que no estaba en su mejor forma, y exhibido en varias ocasiones por Zidane.

Hubo opciones en el primer tiempo para Francia, que logró agazapar a Brasil. En un gran pase de Zidane, apareció Henry, que fue desplazado por una barrida del central Juan, lo que le costó la tarjeta amarilla.

Las únicas opciones, por increíble que pareciera, habían sido de Francia.

Enfrente, Brasil trató de contestar con Kaká, Ronaldo o Ronaldinho, pero todos estaban ensimismados, sin hilvanar una ocasión de peligro.

De nada sirvió la entrada de Juninho. La idea de Parreira para montar algo más parecido al futbol brasileño fue lenta e inestable. El centrocampista del Lyon, como antes Emerson, defraudó en la tarea y salió hundido del campo en el minuto 60, cuando ya perdían el juego.

Tarde o temprano tenía que llegar Zidane al partido que, junto a Henry, mostraron los largos colmillos que tienen en este deporte.

Fue un balón detenido. Zidane dio un paso al frente y miró de lejos a Henry que, como no queriendo la cosa, se hacía a un lado de la maraña que se formaba en el manchón penal. Se alejó poco a poco para que Zidane mandara un centro con efecto enroscado que sobrepasó las cabezas de los defensores y delanteros, pero cayó en el momento justo para que Henry la prendiera casi en las barbas de Dida.

Anotó Francia apenas arrancado el segundo tiempo y noqueaba a Brasil, que se quedó de bruces sin comprender la forma de parar a Zidane.

Minuto a minuto, Francia se hizo del mando con la autoridad de los que se acostumbraron al trono. Vieira y Makelele, como se vio ante España, reinaron a base de empellones y, a medida que ganaron la partida, Ribery y Malouda se atrevieron en las líneas enemigas a correr como desaforados.

Un par de acciones de más tarde en las que rozaron el gol, los franceses hicieron callar la samba. Su veteranía fue el mejor argumento para soñar con la gloria.

Brasil no supo qué hacer con el gol y el soberano Zidane. Fue el día en que Francia jugó como Brasil.

 

La revolución fue francesa

Desde Alemania, las páginas de El Periódico de la Vida Nacional registraron la victoria de los bleus gracias al buen juego de su astro

> Si hace dos meses alguien hubiera dicho que Francia eliminaría a Brasil del Mundial, lo habrían tachado de loco. Ayer no sólo sucedió, sino que fue totalmente lógico. Los bleus fueron tan superiores que nadie va a extrañar al Pentacampeao.

De hecho, había algunos indicios que permitían pensar en el triunfo francés. Primero, la manera en que ambos llegaban a este partido. Brasil no había sufrido, pero sus victorias, por más resonantes que fueran, dejaban entrever pequeñas grietas que no habían podido ser ensanchadas porque sus rivales eran demasiado débiles.

Después, porque los de Raymond Domenech habían ido poco a poco in crescendo durante el Mundial. Muy mal en sus primeros dos partidos, mejor en el tercero, excelente ante España.

Pero sobre todo por la historia. Hay pocos equipos que saben lo que es ganarle a Brasil en  un torneo importante. Francia es uno de ellos, y llegar sin respeto a jugar contra la verdeamarela es llevar 50 por ciento de la ganancia.

Por ello, Francia salió sin complejo alguno. Desde el  minuto uno sofocó a los brasileños. De hecho, la primera jugada del partido marcó tendencia a seguir durante el resto. Zinedine Zidane pisó la pelota, se quitó a dos defensores con un taquito, humilló a un tercero con la bicicleta y le pasó la pelota a Thierry Henry. Con su genio en esa forma, nada podía salir mal.

Del otro lado era todo lo contrario. Cada pase salía con miedo, cada ataque comenzaba con el presentimiento de que iba a salir mal. El único que podría haber cambiado la esencia era Ronaldinho, pero el peor de todos. No le salió ni una jugada, ni un firulete, ni una finta. Fue un jugador tan ordinario que lo único que lo hacía brillar era el reflejo de la luz en sus conocidos dientes.

Así, Francia empezó a dominar. Suavemente, al principio, como sin poder creer lo que estaba pasando. Como un titiritero genial, Zizou movía los hilos de la media cancha, repartía el juego y se divertía con la pelota. Cuando sabes que la vida se te va en cada partido, lo menos que puedes hacer es que sea memorable. Al terminar el primer tiempo la pregunta no era si Francia ganaría el partido, sino en qué momento lo haría. Y el momento llegó en el minuto 65. Zidane, ¿quién más?, tiró un centro a segundo poste, y ahí estaba Henry para cazar la pelota y ponerla justo encima de Dida.

Después fue como en 86 y 98. Brasil se encontró frente a su asesino histórico y no supo cómo reaccionar. El tiempo se le escapó cuando el árbitro señaló el final, sus jugadores se habían dejado de reflejar en el espejo de Dorian Grey. Ronaldo era de nuevo el gordito; Adriano, el que salía silbado por los aficionados del Inter; Robinho, el de las malas tardes en Madrid y Kaká, el intermitente de sus primeros años. De Ronaldinho mejor ni hablamos. Si hubiera venido al Mundial, tal vez Brasil hubiera sido otra cosa.

Lo que hizo Zidane fue hacernos creer que estaba viejo y cansado, pero todo era un engaño. Como todo héroe, su mejor virtud fue aparentemente haberse ido y regresar sólo para acabar con los enemigos, que habían querido usurpar su trono.

- Fragmento de la crónica
publicada en Excélsior