CIUDAD DE MÉXICO, 6 de mayo.- Eran las 15:00 horas del 30 de julio de 1966 en la desolada ciudad de Londres, que extrañamente interrumpió su vida cotidiana debido a un partido de futbol. En las tribunas del Estadio Wembley, conocido desde entonces como la Catedral del futbol, casi 98 mil personas se aprestaban para observar una batalla que contaba con los ingredientes para ser inolvidable, en la que las selecciones de Inglaterra y la República Federal de Alemania buscarían el título de la VIII Copa del Mundo. En la  cancha, el colegiado suizo Gottfried Dienst dio comienzo al partido.

En el once inglés, ataviado con sus tradicionales colores rojo y blanco, dirigido por Alfred Ernest Ramsey, sobresalían las figuras de Gordon Banks en la portería, la de Bobby Moore en la defensa, y las de los atacantes Nobby Stiles, Geoff Hurst y el extraordinario Bobby Charlton, recordado ahora como uno de los mejores jugadores de la historia.

Del lado contrario, vestidos de camisa blanca y short negro, el técnico Helmut Schön decidió incluir al incipiente Franz Beckenbauer, un futbolista que encantaba por la calidad con la que contaba, a pesar de sus 21 años, al capitán Uwe Seeler y a los exquisitos zurdos Karl-Heinz Schnellinger y Wolfgang Overath. Tras el silbatazo inicial, fue el equipo alemán el que buscó tomar el control del partido, acarreado por los tres delanteros que decidió poner Schön. Arriesgó demasiado, aunque su apuesta resultó efectiva en el minuto 12, cuando tomó la ventaja con un gol de Helmut Haller. El defensa inglés Ray Wilson no logró despejar un balón lanzado por Sigi Held y lo dejó a merced del delantero teutón, que cruza su tiro para poner el 1-0.

Pero Inglaterra también tenía dinamita en su ataque y sólo tardó seis minutos en igualar el marcador. Ramsey creó un equipo rico en todas sus líneas.

Después de recibir una falta de Overath en tres cuartos de cancha, Charlton tomó el balón, tocó rápido, y lo puso justo en el sitio en el que apareció Hurst para que metiera un testarazo implacable que significó el 1-1. Así se fueron al descanso del medio tiempo.

En la parte complementaria ambos cuadros igualaron poderes por más de media hora hasta que Martin Peters hizo un cambio al guión en el minuto 78, con el gol que significó el 2-1. En la jugada Horst-Dieter Hoettges no logró despejar un nuevo tiro de Held, el balón le cayó al jugador del West Ham United, que sólo empujó el balón al arco. Parecía el gol definitivo. Pero ante Alemania siempre hay que tener cuidado.

Empujado por su orgullo, el combinado albinegro logró la igualada a un minuto del final del partido, en una acción en la que Beckenbauer decidió poner el cuero dentro del área en un cobro de falta, con la intención de que alguno de sus compañeros se encontrara con él. Así sucedió.

Entre una maraña de piernas, tras varios rebotes, Wolfgang Weber apareció para marcar el 2-2 que obligó al alargue. Por primera vez en los Mundiales, una final se extendió más allá de los 90 minutos. 

Los tiempos extra llegaron junto a una jugada que abrió la caja de pandora. En el minuto 101 Alan Ball escapó por la banda derecha y mandó un centro que controló Hurst de espaldas a la portería; giró, se acomodó y sacó un derechazo que puso el esférico al travesaño, pero que picó enseguida en la línea de meta. Los ingleses celebraron, mientras el central Dienst se apoyó en el juez de línea Tofik Bakhramov para tomar una decisión. El ruso aseguró que el balón entró. Los alemanes no pararon de reclamar.

Entre las personas que lo observaron, de inmediato se generó la duda de si fue  gol. En quienes piensan que no, se reforzó la idea de que el Equipo de la Rosa contó con ayuda extra para que ganara la Copa. Ya tenían argumentos para pensarlo: En los cuartos de final frente a Argentina el juez alemán Rudolf
Kreitlein expulsó al capitán Antonio Ubaldo Rattín de manera injustificada y en la semifinal, que estaba programada para jugarse en Liverpool y no en Wembley, no se marcaron un par de penales a favor de Portugal.

El encuentro prosiguió sin que el equipo alemán rindiera, buscó el gol del empate, pero su osada aventura lo obligó a dejar huecos que fueron aprovechados por el equipo de casa. En un contragolpe, Hurst, en el minuto 120, sin defensa que le hiciera sombra, se enfila al arco defendido por Hans Tilkowski y mandó un zurdazo implacable que dejó parado al portero. Con su hat trick inscribió su nombre en la historia, aunque quedó manchado por su segundo tanto. La final quedó 4-2. La deuda que tenía el futbol con sus inventores quedó saldada.

La estela del gol fantasma

Debido a la derrota en Londres, el representativo alemán se alimentó de un deseo de venganza que sólo logró satisfacer hasta el Mundial de 2010, cuando ambos representativos se cruzaron en los octavos de final del torneo sudafricano. En el minuto 38, el árbitro Jorge Larrionda no dio como válido un gol a Frank Lampard, a pesar de que el balón rebasó la línea de meta al menos unos 20 centímetros, que significaba el empate de 2-2 parcial. El partido finalizó 4-1 a favor de los teutones que se regocijaron con la forma. “Después de 44 años, el gol de Wembley está compensado. Ahora los ingleses saben cómo nos sentíamos”, señaló el diario deportivo Bild, un día después. “Admitimos sin duda que fue definitivamente un gol. Les robaron. Pero por favor, admitan ahora también que el gol de Wembley NO fue gol”, abundó.

El tanto no marcado a Lampard llevó a que la FIFA tomara la decisión de utilizar la tecnología para el Mundial de Brasil 2014, con la intención de evitar que se dé una nueva polémica. En esta ocasión cada portería estará vigilada por 14 cámaras, las cuales estarán colocadas en los techos de los estadios. En caso de que el cuero rebase la línea de meta, el árbitro será avisado en menos de un segundo, vía un mensaje a su cronómetro, para que marque el gol. Es la estela de una final épica.

Inglaterra se coronó

Por vez primera, en la historia de la Copa Jules Rimet, la final ha ido a tiempos extra para tener un nuevo dueño y como epílogo de un campeonato mundial en el que todo fue dramático, lo mismo en el terreno que en el seno de la FIFA. El trofeo que “Pickles” encontró envuelto en un papel de periódico y lo devolvió al mundo es ahora en poder de Inglaterra que fue de menos a más hasta encontrar el alto grado de un gran equipo. Es en verdad digno del título y del trofeo.

Cuando faltaba una fracción de un minuto para que terminara el partido dentro del tiempo normal, un tremendo alarido saludó la entrada del gol con la que Alemania empataba a Inglaterra a 2, obligándola a ir a tiempos extra. Fue como un relámpago: hubo un castigo cerca de la línea de toque de la banda izquierda y Beckenbauer lo lanzó y Cohen se tiró a cortarla, pero resbaló y se quedó la pelota suelta dentro del área grande, y Overath la prolongó por abajo. Quizá trató de clavarla y la pelota se paseó ante el marco y entonces Held la pasó y Weber remató, en corto, para decretar por primera vez los tiempos extra en la historia del Campeonato Mundial.

Otra vez el drama

En el segundo tiempo extra, otra vez el drama. Cuando estoy escribiendo esta nota se discute a gritos en el salón de prensa el tercer gol de Inglaterra, anotado a los 101 minutos por Hurst en una jugada de agallas que tiene, es cierto, su punto oscuro. Es un gol fantasma, pero cuando menos para mí, sí fue gol, porque a pelota dio de lleno en la cara interna del larguero. Los ingleses levantaron las manos pidiendo el gol y los alemanes solicitando la anulación.

El árbitro suizo Gottfried Dienst no dio el fallo sino que le pasó el paquete al abanderado Tofik Bakhramov de la URSS, y éste con firmeza decretó el gol.

Declinaron los teutones

En estos tiempos extra los germanos declinaron un poco. Se lanzaron a buscar el empate volcándose y la puerta quedó casi abandonada. En el segundo tiempo extra y repentinamente se produjo un contraataque por la banda izquierda con un balón muy largo que tomó Hurst en primera carrera y lanzó un tiro cruzado hacia la izquierda del portero Tilkowski anotando el cuarto gol. En ese instante Inglaterra era campeón mundial de futbol y los alemanes caían ante ellos una vez más. Ahora el récord es de 10 partidos con 9 perdidos y 1 empatado.