CIUDAD DE MÉXICO, 5 de mayo.- Se disputó el 4 de julio de 1954, en la ciudad de Berna, Suiza. Ahí el porqué lo llamaron  El Milagro de Berna. Alemania Federal y Hungría, ganadores en los partidos de semifinales, se enfrentaron en un único partido en la final de la Copa del Mundo.    

Los húngaros, que habían derrotado al cuadro teutón por 8-3 en la primera ronda, se adelantaron 2-0 en el marcador a los 10 minutos con goles de Ferenc Puskás y Zlotan Czibor.

Parecían encaminados irremediablemente a su primer título mundial, pero entonces Alemania obró el milagro: en ocho minutos empató el juego con tantos de Max Morlock y Helmut Rahn, y tiempo después, cuando los aficionados miraban más el reloj que el propio árbitro, Helmut anotaba el 3-2 que le daba a Alemania el primero de sus cuatro títulos mundiales.

Der Boss (El Jefe), como le llamaban a Rahn, se convirtió en el bienhechor de un país que vivía los estragos del nazismo. En su juventud, el ex extremo derecho alemán alternó su pasión por el futbol con los trabajos de mecánico, taxista y electricista.

El máximo impacto del triunfo de Alemania Federal fue causado dentro de su sociedad, nueve años después del fin de la Segunda Guerra Mundial: aquel equipo que viajó a Suiza estuvo integrado por futbolistas aficionados debido a que la Bundesliga no era profesional y el deporte carecía de infraestructura para mantenerse.

El término Wirtschaftswunder (milagro económico, en alemán) se usó por primera vez en el periódico británico The Times, en 1950, y describía la rápida reconstrucción y desarrollo de la economía del país germano, así como de su espíritu nacionalista. Esa fue la línea argumental de El milagro de Berna (2003), película dirigida por el director y exfutbolista Sönke Wortmann, quien consiguió mezclar un drama familiar de gran intensidad emocional de la familia Lubanski, con el histórico partido en el que Alemania rindió a la todopoderosa selección húngara de Puskás, Koscis y Czibor.

Alemania se levantó de las ruinas hasta convertirse en la primera potencia económica de Europa. Asegura el director Wortmann que “hay en la posguerra alemana dos acontecimientos en los que los contemporáneos recuerdan con precisión: la caída del muro de Berlín (el 9 de noviembre de 1989) y el título de la Copa del Mundo, el 4 de julio de 1954”.

El largometraje, sin embargo, no pudo ser visto por la mayoría de los seleccionados de entonces ni por el propio Helmut Rahn, quien falleció unos meses antes en un barrio de Essen, consumido por el alcohol que obtenía en las tabernas a cambio de relatar cómo había sido aquel zurdazo que los coronó como campeones.

“Aquella celestial pelota cayó directamente a mis pies, a mi bota derecha. Dos húngaros corrían hacia mí con todas sus fuerzas para taparme el disparo; uno de ellos era Lantos”, solía contar Der Boss sentado en una mesa y rodeado de visitantes.

“Los vi llegar y los salvé cambiando la pelota rápidamente de pie hacia mi bota izquierda. Entonces pude ver el terreno despejado –sigo viviéndolo con la emoción que sentía de niño al marcar un gol y lo siento como si fuera hoy-. Conecté un disparo seco y raso con mi pierna zurda  y el balón entró pegado al palo de la meta defendida por Grosics.”

Rahn pocas veces lo decía, pero el locutor germano Herbert Zimmermann cantó el gol con la pasión de un relator sudamericano: “Schäfer centra sobre el área. ¡Remate de cabeza! ¡Despejado! Rahn podría chutar el rebote. Rahn chuta. ¡Toorl! ¡Toor!  ¡Toor! ¡Toor! ¡Tooooooor!”

Algunos cuentan que Zimmermann guardó silencio durante ocho segundos, antes de que su voz volviera a retumbar en las principales radios del país. “¡Gol para Alemania! Alemania vence 3-2. Llámame loco... ¡llámame loco!”

Aquel torneo se dividió en cuatro grupos de cuatro equipos cada uno. Los debutantes fueron Alemania Federal, Corea del Sur y Turquía. El vigente campeón, Uruguay, viajaba por primera vez a Europa para disputar la Copa del Mundo con casi todos los héroes del Maracanazo.

El vigente campeón olímpico, Hungría, era considerado el máximo favorito. Alemania y los húngaros se enfrentaron en la primera fase, pero los germanos terminaron siendo barridos (8-3) con un equipo suplente.

Una de las jugadas más recordadas de ese Mundial se produjo precisamente en el primer choque entre ambas selecciones, cuando Werner Liebrich realizó una entrada salvaje y lesionó el tobillo de Ferenc Puskás.

Hungría eliminó a Brasil en cuartos de final, antes de la llegada de Pelé, en un partido recordado como la Batalla de Berna con tres expulsados y varios incidentes. Después hizo lo mismo con Uruguay (4-2).

Alemania, en tanto, tuvo un camino menos riesgoso, eliminando a Yugoslavia en cuartos y goleando 6-1 a Austria en semifinales.

Fue así como, el 4 de julio, en el Wankdorfstadion de Berna se volvieron a encontrar magiares y germanos. Pero la Alemania de entonces era totalmente distinta a la de la primera fase, con jugadores renovados y una potencia física tremenda.

La brillante generación húngara se quedó al final sin su trono y además sumó su primera derrota en cuatro años, mientras que Alemania comenzaba a forjar su historia en las historias la Copa del Mundo.

El Milagro de Berna se consumó. El cuadro alemán resurgió de sus cenizas y dejó atrás los momentos de tensión social.

Rahn de inmediato se convirtió en una figura popular y el nacionalismo emergió como rescate de un país que, en los siguientes años, logró ser una potencia económica.

Nadie podía creerlo...

La selección nacional de Alemania burló hoy todos los pronósticos que tenía en contra, derrotó en la final al poderoso equipo de Hungría por 3 goles a 2 y se coronó campeón mundial de futbol de 1954. Los alemanes, que habían avanzado cautelosamente y con firmeza hasta el final, anularon una temprana ventaja de dos goles adquirida por el equipo húngaro y acabaron imponiéndose a sus rivales para obtener en forma sensacional la V Copa “Jules Rimet”.

Al terminar el primer tiempo de este emocionantísimo partido, Hungría y Alemania estaban empatadas a 2 goles y la tensión nerviosa de más de 45 mil espectadores hervía en las tribunas del Estadio Wankdorf de Berna.

Los goles de este encuentro fueron anotados como sigue:

A los 6 minutos, Puskás, para Hungría (1-0); a los 8, Czibor, para Hungría (2-0); a los 18 minutos, Rahn, empata para Alemania (2-2). A los 36 minutos del segundo tiempo, Rahn, da la victoria a Alemania.

A las órdenes del árbitro británico, señor William Ling.

Alinearon a Ferenc Puskas

ALEMANIA: Turek, Posipal y Kohlmeyer; Eckel, Liebrich y Mai; Rahn, Morlock, Ottmar Walter, Fritz Walter y Schaeffer.

HUNGRÍA: Grosits, Buzanski y Lantos; Boszik, Lorant y Zakarias; Czibor, Kocsis, Hidegkuti, Puskás y Toth.

Con una lluvia fina da comienzo este sensacional partido final de la V Copa Mundial de Futbol. En el campo están dos equipos dispuestos a buscar la victoria por todos los medios: Hungría, que ha eliminado a Brasil y a Uruguay; y Alemania, el “olvidado”, el equipo en el que nadie o poquísimos creían.

Alemania pone la pelota en movimiento y se lanza rápidamente a fondo. Schaeffer se lleva un balón por su banda y  Ottmar Walter remata de cabeza, pero el esférico sale rozando el travesaño. A los 2 minutos, Lantos cede un corner presionado de cerca por Rahn. Con todos los alemanes en el área húngara, Schaeffer dispara y el balón sale fuera por poco. Pero los húngaros reaccionan y en una contraofensiva de Puskas, Posipal tiene que ceder un corner sin consecuencias.

Puskás se quejó del Off-Side

¡Alemania ha ganado!, ¡Alemania, campeón del mundo!

Los 50 mil espectadores del estadio Wankdorf no salían de su asombro. Y, sin embargo, el árbitro William Ling había señalado el final del encuentro en el que el marcador señalaba 3 goles para Alemania y 2 para Hungría.

En las tribunas, miles y miles de alemanes gritaban con todas sus fuerzas, saltaban, levantaban los brazos en señal de júbilo, se abrazaban y se besaban.

No era solamente el triunfo lo que les hacía mostrar así su emoción; era mayormente esa sorpresa que tuvieron todos los que presenciaron el partido de Berna y aun todos aquellos que, habiendo visto jugar en días anteriores a los equipos de Hungría y Alemania, hayan seguido las distintas fases del partido en las pantallas de televisión o escuchando por radio los reportajes de la final de la Copa Mundial de 1954.

Nadie lo creía, nadie podía creerlo. Pero el resultado estaba ahí, en el marcador: Alemania 3, Hungría 2. Como no creían los aficionados en 1950 aquel marcador: Uruguay 2, Brasil 1.

- Fragmento de la crónica de Excélsior publicada el 5 de julio de 1954