CIUDAD DE MÉXICO, 7 de enero.- El coach Luis García por momentos despertaba sobresaltado. Le preguntaba a su hermano Eduardo por aquellos caballos de la vieja hacienda de los abuelos en Querétaro. ¿Ya les diste de comer a los animales? Sólo que aquellas bestias se borraron hace tiempo, aunque Luis, en momentos de deliriums, escuchaba los cascos y sentía que   alguien debía de preocuparse por ellos.

Hace un mes que el coach Luis García, de 58 años de edad y toda una vida dedicada al futbol americano colegial, no contestaba las llamadas de su celular. Algo extraño pasaba. Un mariscal de campo, de tantos jóvenes que él entrenó, lo encontró inconsciente en su habitación y de inmediato lo trasladó a un hospital del IMSS.

La imagen del coach García ya es distinta a la del tackle ofensivo de aquellos Cóndores campeones de los años 70. Muchachote de 1.94 metros de estatura y más de 130 kilos de músculos, el hombre había bajado 70 kilos de peso y caminaba encorvado con sus eternas muletas. Un asalto en Detroit le cambió la vida. Y, aunque el coach esquivaba cualquier comentario sobre aquel incidente con un taxista negro, el asalto le había marcado el tiempo que le quedaba de vida.

Luis F. García Vázquez murió el pasado viernes 3 de enero, a las siete de la mañana, en un hospital del IMSS. La parte médica indicó anemia y una gangrena que le estaba carcomiendo la piel y la parte baja del cuerpo.

Luis sabía que el tiempo apremiaba y por ello charló con el hermano que había dejado de ver durante mucho tiempo. “Estuve una semana con Luis”, comenta Eduardo. “Me quedaba con él en el hospital y ya casi no reaccionaba. Tenía deliriums y a ratos lucidez. Charlamos de aquellos Cóndores y de la nana Meche que lo cuidó desde niño. Ella lo seguía cuidando y él quiere que no quede desprotegida económicamente. También sigue preocupado por aquellos caballos del pasado. Yo le digo que no se preocupe, que ya les di de comer”.

Tuvieron tiempo para perdonarse. Sólo ellos saben por qué se alejaron. Era 1978 cuando los hermanos tomaron distintos rumbos.

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A aquella habitación en la que había un féretro en el centro comenzaron a asomarse gigantes de cabellos canos y cuerpos gastados. Campeones veteranos de Cóndores, algunos con los colores universitarios todavía encima, llegaban a rodear el ataúd en el que descansaba el amigo García.

Como en aquellos años en el emparrillado de CU, ahí estaban el doctor García (centro), el abogado Beto Márquez (guardia), el economista Roberto Escobar (ala cerrada), el mariscal Jesús Tano Chávez, el contador Fidel Flores (half), el abogado Pepe Rico (ala), el abogado Arturo Alonso (fullback) y, por supuesto, el ingeniero químico Luis Fernando García (tackle ofensivo).

De inmediato comenzaron los abrazos, el llanto y las anécdotas de aquel equipo que lograra diez campeonatos nacionales en tres décadas distintas.

El coach Alonso, quien fuera corredor de poder y que utilizara el número 33 de aquellos Cóndores, logra con su plática que propios y extraños imaginen las diagonales dentro del funeral. Recuerda el campeonato nacional del 78, el primero bajo el mando de Diego García Miravete, frente a las Águilas Blancas: “Nos anotaron un touchdwon faltando tres minutos y deciden que yo corra la pelota para anotar, con la orden de que lo haga del lado de Luis García. Recorrimos con la famosa cuatro-siete una carrera ‘in tackle’ por el lado izquierdo, de 80 yardas. Todo mundo sabía por dónde iría la jugada, pero nadie podía parar a Arturo Alonso. Pero no era por mí, sino por los huecos que hacía Luis García”.

Y entre las charlas surgieron los apodos que algunos amigos le pusieron a aquel enorme jugador que portaba el número 63 con los Cóndores de CU: el Robavacas, el Pechugas y La Muñeca. “Yo le puse el último, ya que un día se quitó el casco y se asomó el pelo desordenado”, explica el coach Alonso, quien hiciera una estrecha amistad de 40 años con el coach García.

Recordaron sus tiempos como jugador: el mejor hombre de línea durante tres años con los Cóndores, equipo en el que jugó de 1975 al 79. Dos años campeón nacional, cinco años seleccionado puma y cinco seleccionado nacional.

Muchos desconocen cómo es que aquel tackle ofensivo se transformó en un coach con un par de muletas que le acompañarían por el resto de sus días. A él no le gustaba hablar al respecto y tampoco quejarse. Nunca se casó.

La plática con el coach Arturo Alonso se alarga: “Después de su accidente lo invité a ser coach ofensivo cuando me convertí en coach de Osos Acatlán. Luis no quería, pero le dije que no se podía echar para atrás. Lo llevé al campo de los Osos y a partir de ahí se convirtió en el mejor coach de línea en el futbol americano universitario”.

Ambos levantaron a dicho equipo y lo hicieron campeón en 1987, nada menos que ante su ex equipo Cóndores. Aquella final la ganaron los Osos por apretado 17-10.

El coach García haría historia en equipos del CCH Sur, el Tec de Monterrey Campus Santa Fe y los mismos Osos de Acatlán. Apoyaba económicamente a los jugadores que lo necesitaban y les inculcaba disciplina en el deporte. Era un coach demasiado inteligente, se comenta.

Al funeral de Luis García siguieron llegando hombres y mujeres de distintas épocas. Los hombres, jóvenes y veteranos, todos de gran tamaño y espaldas anchas. Todos tenían anécdotas qué contar. Y todos le lloraron, como lloraba aquel equipo de Cóndores cuando la derrota estaba a la vuelta de la esquina.

Aquella noche del pasado viernes 3 de enero las horas se hicieron largas.

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Aquel número 63 de Cóndores terminó su elegibilidad en 1979, se recibió en la UNAM como ingeniero químico y haría la maestría en el IPADE. A principios de los años 80 lo contrata una compañía estadunidense y Luis García Vázquez se va a Detroit a una capacitación. El día que llega a dicha ciudad se va a comprar una camisa, para un taxi y le pide al conductor (un hombre de piel negra) que lo lleve a un centro comercial.

El taxista era asaltante. Le ve al pasajero mexicano algunos anillos y Luis García le explica que se los ganó como jugador de futbol americano. El hombre de color decide quitárselos, forcejean y Luis García recibe tres disparos en el pecho. El enorme ta-ckle cae de espaldas y el asaltante le acerta un cuarto disparo.

La última bala penetró en un glúteo y le afectó la columna vertebral. Luis García salva la vida milagrosamente, pero pierde el total movimiento de una pierna, por lo que estará condenado a utilizar muletas por el resto de sus días.

Lo que en aquellos años no sabía el futuro coach de futbol americano es que la herida de bala en el glúteo jamás cicatrizaría. Con el paso de los años, la infección se convertiría en gangrena y ésta, al final, acabaría con su vida.

El coach Luis García tenía 58 años de edad.