CIUDAD DE MÉXICO, 27 de octubre.- Eran cien mil personas y era uno…

Cien mil almas viven un instante inmortal en la grandiosa fiesta, cien mil bailan en el cuenco mágico del Estadio Olímpico de Ciudad Universitaria como si fuesen uno solo, ¡todos en la punta de un alfiler! Llamea de alegría y felicidad el espíritu humano.

En un mundo convulso, con asesinatos y brotes de violencia, por un momento, coinciden los destinos de cien mil personas; durante una hora con 18 minutos, esas cien mil almas de todas las razas, de todas las lenguas, de todas las religiones y tendencias políticas, hombres y mujeres, niños, adolescentes, adultos, ancianos se transforman en uno, en energía feliz y alegre.

Es la despedida de los atletas y de los Juegos Olímpicos. Es una imagen con la policromía del desfile, el arriar de banderas, los cadetes, las bandas de música, los himnos; se anudan los recuerdos de las grandes hazañas, los episodios ilustres que se conservarán por siempre en la memoria, y ahí están los grandes campeones, los héroes Bob Beamon con su despegue de águila, Mamo Wolde el devorador de kilómetros, Jim Hines, la Bala humana, el soviético Leonid Zabotinsky, la Montaña, el creativo y revolucionario Saltapatrás Dick Fosbury, Roland Matthes, que se adelantó una década en el estilo de dorso, los nueve metales mexicanos…

Y de súbito ¡se desbarata el orden en la pista olímpica! Se rompe el formalismo protocolario. Hay una desbanda de atletas, los que escribieron la historia de los Juegos Olímpicos invaden la pista y se funden con las ordenadas delegaciones representativas de los 112 países. El desfile se transforma en un caos festivo. Corren las edecanes con los atletas y parte del público abandona las tribunas, salta las vallas, se une a la fiesta. Estalla el júbilo. Saludos, besos, sonrisas de alegría se mezclan y funden con la tristeza. Se toman de la mano, canjean saludos. Y aquel africano de blancos dientes extiende su túnica blanca con sus largos brazos amistosos que abrazan al estadio y al planeta, y a las estrellas y al universo; aparece y desaparece en la multitud, por aquí y por allá, como la sonrisa del gato de Cheshire. Jamás se había presenciado en una clausura algo semejante. Fue el sello de la época, el sello de México. Y poco más de 700 millones de espectadores presencian la grandiosa fiesta a través de la pantalla de cristal de la televisión, es la primera vez que los Juegos Olímpicos se transmiten en directo al mundo por vía satélite. Se forma un río abigarrado que deshace la babel del idioma, unidos todos, unidos amical, fraternal y espiritualmente en el lenguaje universal del deporte, ludismo agonal, por y a través de su esencia, por la transmisión de alegría y de paz. Es el adiós más sentimental y cálido que nunca jamás se haya presenciado en unos Juegos Olímpicos. ¡Es la locura enloquecida, embriagada de armonía, de paz y felicidad, todo los hombres y las mujeres del mundo son, aquel domingo 27 de octubre, un solo ser! Mar de pañuelos se agita en la tribuna, Las Golondrinas, los fuegos artificiales, racimos de enormes y crecientes hemisferios rojos, plata, azules, violetas, esmeraldas, desgarran el firmamento, 900 mariachis tocan el Son de la Negra, “ojos de papel volando..., con su rebozo de seda que le traje de Tepic…”. El toque de silencio conmueve al Valle de Anáhuac, lágrimas, suspiros; en la oscuridad de la noche la extinción del fuego de Olimpia helénica es gradual, lenta. Todo tiene su principio y su fin. En el tablero Múnich 72 y Beethoven y la Oda a la Alegría de Schiller tocan e iluminan el corazón y el espíritu. Termina la fiesta y 100 mil almas no se quieren retirar del estadio como si quisieran atrapar aquel instante vivo, emotivo, y cambiarlo en eternidad presente. Y al apagarse la llamita el grito resuena en un inmenso lamento como si brotase de la caracola del Tiempo: “¡No, no, no…!”

“Creo que nadie”, escribe Carlos Denegri, “príncipe o plebeyo, niño o anciano, compatriota o extranjero, pueda jamás olvidar lo que al anochecer de ayer aconteció en el Valle de Anáhuac. Menos aún nuestro pueblo que despidió con vítores y lágrimas a sus amigos”…, “¡Qué oscuro silencio, qué silenciosa oscuridad!”… “cierro los ojos, para recordarlo mejor”.

Y Manuel Seyde en sus Temas del Día: “…Y adiós. Que siempre decir adiós desgarra y se lleva algo de nuestro ser”.