¿Jugadores o piezas del juego?

Somos testigos de la sofisticación de las fake news

Yuriria Sierra

Yuriria Sierra

Nudo gordiano

"¿Estamos seguros de que no es una revolución tecnológica que, ciegamente, dicta una metamorfosis antropológica sin control? Hemos elegido los instrumentos, y nos gustan, pero ¿alguien se ha preocupado por calcular, de manera preventiva, las consecuencias que su uso tendrá en nuestro modo de estar en el mundo, quizás en nuestra inteligencia, en casos extremos, en nuestra idea del bien y el mal? ¿Hay un proyecto de humanidad detrás de los distintos Gates, Jobs, Bezos, Zuckerberg, Brin, Page, o tan sólo hay brillantes ideas de negocios que producen, involuntariamente, y un poco al azar, cierta humanidad nueva?”, escribe Alessandro Baricco en The Game (Ed. Anagrama, 2019), su nuevo potente ensayo sobre el papel que el avance tecnológico ha tenido en nuestras vidas en las últimas décadas. O, mejor dicho, el papel que nosotros, seres humanos, hemos tenido en el desarrollo de ésta. ¿En verdad entendemos su alcance? ¿La usamos o ella nos utiliza con fines que aún no entendemos? ¿Nos adaptamos a las nuevas herramientas sin chistar, sin preguntarnos si en verdad nos son de utilidad? ¿La aceptamos como un signo de desarrollo sólo por lo mucho que facilita muchas cosas?

“No os preguntéis qué clase de mente puede generar el uso de Google, preguntaos qué clase de mente ha generado una herramienta como Google. Dejad de intentar de entender si el uso del smartphone nos desconecta de la realidad y dedicar el mismo tiempo intentar entender qué clase de conexión con la realidad buscábamos cuando el teléfono fijo nos pareció definitivamente inapropiado”, reflexiona el autor. No todo es, precisamente, un regalo que nos resuelve. Por el contrario, demasiadas nuevas herramientas se han convertido hoy en armas que, según su dirección, podrían incluso desatar guerras.

Somos testigos de la sofisticación de las fake news. Como nunca antes, vemos la facilidad con la que se ponen en duda reputaciones o se destruyen carreras. Basta un tuit replicado en miles de cuentas, muchas de ellas, la mayoría, administradas por máquinas que les dan una personalidad artificial. Y si eso nos asusta –aunque parece que ya hemos aprendido a vivir con ello–, ahora llega el temor por lo que, muy posiblemente, será un mecanismo que permitirá definir resultados electorales con mayor agilidad que una noticia falsa. Tocamos madera, pero así es.

Una tecnología denominada Deepfake que se muestra en YouTube, en el canal de un artista plástico llamado Ctlr Shift Face, nos lleva del asombro al terror en cuestión de segundos: en una de las piezas, vemos el fragmento de una entrevista que David Letterman hace al comediante Bill Hader; a éste, al hablar de su experiencia de filmación con Tom Cruise, le cambian su rostro por el del actor nominado al Oscar frente a nosotros. Sus ojos, su sonrisa, su voz, todo. De no ser porque previamente vimos a Hader, parecería que se trata de una entrevista hecha al protagonista de Magnolia. Otro material, una secuencia de la cinta The Matrix, la cara de Keanu Reeves es sustituida por la de Bruce Lee. Sólo por la certeza que tenemos de que se trata de una cinta filmada muchos años después de la muerte del artista marcial, no tendríamos duda de que se trata de él.

En una era en donde incluso presidentes, tal es el caso de Donald Trump, toman y replican noticias falsas (como lo hizo al difundir aquel video manipulado en su edición que hace ver a Nancy Pelosi en estado de ebriedad), ¿qué futuro nos espera si en unos años, tal vez ya mismo, podemos ser engañados, manipulados con tanta precisión? ¿Cuál será el valor de lo real? ¿Cómo lo podremos identificar? ¿Ha contado cuántas fake news se comparten en redes sociales? ¿Ha notado que muchos de los comentarios en ellas son reacciones que las dan por hecho? Tal vez para responder mejor estas preguntas, tendríamos que pensar que no todo lo que llega, se facilita o desarrolla gracias a la tecnología opera necesariamente a nuestro favor; eso, antes de darle a este desarrollo sólo una reacción de fascinación.

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