El luto…
No hay abogado o abogada decente que son muchísimos que no haya dicho en voz alta que el Poder Judicial necesitaba una reforma a fondo para evitar uno de los cánceres más dolorosos y letales de la vida pública mexicana; la impunidad tan íntimamente relacionada con la ...

Yuriria Sierra
Nudo gordiano
No hay abogado o abogada decente (que son muchísimos) que no haya dicho en voz alta que el Poder Judicial necesitaba una reforma a fondo para evitar uno de los cánceres más dolorosos y letales de la vida pública mexicana; la impunidad (tan íntimamente relacionada con la corrupción). Pero lo que está pasando lejos está de intentar reformar ese padecimiento y sí, al contrario, está generando muchos nuevos e inevitables.
En los pasillos del Poder Judicial el ambiente está impregnado de un dolor profundo, un luto silencioso que recorre las oficinas, los juzgados y los corazones de quienes han dedicado su vida a la abogacía. En estos días, mientras se aceleran los avances de la reforma judicial impulsada por el gobierno de Andrés Manuel López Obrador, una sensación de pérdida se instala entre los trabajadores de este poder, quienes ven cómo su labor, su vocación y su compromiso con la justicia se desmoronan ante sus ojos.
Los abogados y trabajadores judiciales han sido testigos de la transformación —o más bien, del desmoronamiento— de una de las instituciones más importantes del país. Para ellos, el Poder Judicial no es sólo un lugar de trabajo, es un espacio donde se defiende el Estado de derecho, donde se busca la verdad y se intenta equilibrar la balanza frente a los abusos del poder. Pero, hoy, esa misión se siente traicionada y amenazada.
La reforma judicial representa una estocada a la autonomía del Poder Judicial, un intento de someterlo al control del Ejecutivo y reducirlo a una extensión más de la voluntad presidencial. Para quienes han pasado años, incluso décadas, dedicados a la defensa de la justicia y la legalidad, esta reforma no es sólo un cambio estructural; es un ataque a la esencia misma de su trabajo y de su identidad profesional. Lo que alguna vez fue un espacio de respeto, de debate jurídico y de búsqueda constante de justicia, ahora se ve envuelto en la incertidumbre de no saber qué quedará en pie cuando termine este sexenio.
El gremio de abogados, históricamente asociado a la defensa de los derechos, se encuentra ahora en una encrucijada. La incertidumbre no sólo radica en los cambios estructurales; es una incertidumbre existencial que sacude las bases de toda una profesión. ¿Qué significa ser abogado en un país donde las leyes siguen siendo maleables al capricho del poder? ¿Qué valor tiene la jurisprudencia cuando los jueces son amedrentados, cuando la imparcialidad se convierte en un riesgo y no en un deber? Para muchos, estos días representan la pérdida de algo mucho más profundo que un puesto o una estructura: es la pérdida del sentido de su vocación.
La comunidad jurídica llora porque ve cómo la autonomía y el respeto por el derecho se convierten en promesas rotas. Se lamenta por la erosión de uno de los tres poderes que deberían garantizar el equilibrio y la protección de los ciudadanos. Y mientras se espera el desenlace final de esta reforma, el gremio de abogados enfrenta el duelo de una vida profesional que se desdibuja y, con ello, el miedo de un futuro incierto para la justicia en México.
En estos momentos, lo que se desmorona no es sólo un Poder del pacto republicano, es la confianza en un sistema que, aunque imperfecto, representaba una esperanza de justicia y equilibrio. Hoy, el luto es por la pérdida de esa esperanza, por la traición a un juramento profesional y por la incertidumbre que amenaza con redefinir —o destruir— el corazón del derecho en México. Cuando el “prometo guardar y hacer guardar la Constitución y las leyes que de ella emanen” se tergiversa ante un horizonte repleto de vacío o de tormenta… Son personas, profesionistas cuyo presente y futuro está navegando en una agonía que muy poco o nada tiene que ver con la justicia….