Austral
Este catálogo, que tiene 82 años, rebasa fácilmente los dos mil títulos (escritos por más de mil autores)
Me enteré de que La celestina, protagonista de Fernando de Rojas, era una anciana alcahueta que hace de “intermediaria” en el imposible y tragicómico amor entre Calisto y Melibea. También supe que, en El príncipe, Maquiavelo intenta trazar las dinámicas y constantes (quizá puedan llamarse “leyes no registradas en ninguna constitución”), que permiten a los gobernantes establecer su dominio durante el mayor tiempo posible (y claro, también aprendí que el término “maquiavélico” no necesariamente tiene una carga peyorativa).
Supe también que un gran escritor español llamado Miguel Hernández había escrito El rayo que no cesa, un poemario en el que habitan versos luminosos y pasionales como éste: “Me tiraste un limón, y tan amargo / con una mano cálida, y tan pura, / que no menoscabó su arquitectura / y probé su amargura sin embargo”, que le había dedicado a Josefina, su gran amor.
Asimismo, a través del famosísimo prosista y dramaturgo noruego Henrik Ibsen, conocí la historia de la aparentemente frágil Nora Helmer, quien cae en la cuenta de que no hay manera de salvar su matrimonio, de ocho años y tres hijos, pues en su hogar es sólo “una muñeca grande”, y entonces determina irse, y esa audacia es una de las decisiones más trascendentes y revolucionarias que una mujer del siglo XIX podía tomar. Su Casa de muñecas, un “escándalo” total. En realidad se trata de una inmensa historia de hace más de una centuria que resquebraja la maquinaria interna del núcleo familiar y reivindica, con feliz audacia, el rol femenino.
También hube de enterarme, a través de “Cristóbal Colón. Los cuatro viajes del almirante y su testamento”, que el acta de nacimiento del descubridor de América “se la disputaron el Atlántico y el Mediterráneo, los piratas gallegos y los colchoneros genoveses”, y que, siendo el osado navegante un instrumento de los reyes de España, “triunfó descubriendo, pero fracasó administrando”.
Y qué decir del célebre Cid Campeador, bajo la edición del filólogo y medievalista español Ramón Menéndez Pidal, que condensa el célebre y anónimo cantar de gesta protagonizado por Rodrigo Díaz de Vivar, cuyas proezas en el campo militar contra los moros –y aun siendo amigo de algunos de ellos– le obsequian identidad bélica y literaria a España. Y esa identidad, mixturada con un cierto orgullo nacional, le es otorgada a través de esta épica del invencible guerrero en pos de recuperar la honra perdida y restaurarla con creces, apoyándose en la complicidad, bravura y lealtad de sus fieros amigos Álvar Fáñez, Pedro Ansúrez, Martín Antolínez y Pedro Bermúdez, el diestro brazo del Cid, un héroe que ganó batallas incluso después de muerto.
¿Qué tienen en común estas lecturas? Que todas pertenecen al catálogo de la famosa colección Austral, creada como libro de bolsillo en 1937 por el sello español Espasa Calpe, y adquirida en 1992 por la editorial Planeta.
Desde luego, no son los únicos títulos. Ni de lejos. El primero, se sabe, fue La rebelión de las masas, del filósofo José Ortega y
Gasset, y de ahí se multiplicaron de tal manera que hubo de dividir por color, se sabe también, cada temática, de tal manera que el forro rojo corresponde a “novelas policiacas, de aventuras y femeninas”; amarillo, para “libros políticos y documentos del tiempo”; azul, para “novelas y cuentos en general”; café, para “clásicos de la ciencia”.
También está el forro naranja, dedicado a “biografías y vidas novelescas”; el verde, para “ensayos y filosofía; el violeta, dedicado a “teatro y poesía”; el gris para los “clásicos”, y el forro negro para “viajes y reportajes”.
Y claro, su distintivo mayor, más allá de los colores por tema, es la figura de capricornio diseñada, según se sabe por el artista plástico y diseñador italiano Attilio Rossi, nacido en 1909 y muerto en 1994.
Actualmente, el catálogo de Austral rebasa fácilmente los dos mil títulos (escritos por más de mil autores), y en sus 82 años de vida ha confirmado varias cosas: la primera, que es posible mantener la calidad editorial haciendo grandes tirajes y vendiendo a precios muy accesibles; la segunda, que esos enormes tirajes garantizaron la difusión masiva de grandes clásicos y promovieron la lectura entre varias generaciones de hispanohablantes; la tercera es que, no obstante las modificaciones que ha tenido durante su historia (papel, tipografía impresión, diseño editorial), su éxito no ha venido a menos y su costo para el lector se ha mantenido bajo.
De hecho, el motivo por el cual recordé esta colección fue porque hace unos días los amigos del departamento de prensa del sello Planeta México tuvieron la gentileza de enviarme a la redacción de Excélsior los más recientes títulos de Austral. Incluyeron El fantasma de la ópera, de Gaston Leroux; Veinte poemas de amor y una canción desesperada, de Pablo Neruda; Emma, de Jane Austen; Fausto, de Goethe; y Cuentos, de Edgar Allan Poe. Y la memoria, pues, quiso instalarse.
Austral es una gigantesca serie –una “colección cultural” se llama a sí misma y con razón– que reivindica para los lectores –nuevos o de toda la vida– la perseverancia de los clásicos.
