El viejo y heroico Miralles
La aparición en 2001 de la novela Soldados de Salamina, del entonces “desconocido” escritor español Javier Cercas, supuso todo un acontecimiento literario en Hispanoamérica. Cobijado en aquel momento por la editorial Tusquets, la historia de la afanosa búsqueda que ...
La aparición en 2001 de la novela Soldados de Salamina, del entonces “desconocido” escritor español Javier Cercas, supuso todo un acontecimiento literario en Hispanoamérica. Cobijado en aquel momento por la editorial Tusquets, la historia de la afanosa búsqueda que emprende el autor para hallar al joven miliciano que –en el ocaso de la guerra civil que partió a España en dos– le perdonó la vida a Rafael Sánchez Mazas (a la postre ideólogo del franquismo y, por tanto, responsable de la dictadura que por casi cuatro décadas se arraigó en su país) fue tan exitosa que incluso fue llevada a la pantalla grande (una película dirigida por David Trueba en 2002 que, por cierto, no le hace justicia a la novela).
Ahora, bajo el sello Random House (que adquirió los derechos de las obras del autor nacido en Cáceres en 1962 y que con ello creó la colección especial Biblioteca Javier Cercas) aparece una nueva “edición definitiva” con epílogo del propio Cercas.
En ese texto agregado a la edición original, el también autor de El inquilino (1989), El vientre de la ballena (1997), La velocidad de la luz (2005), Anatomía de un instante (2009), la espléndida Las leyes de la frontera (2012), El impostor (2014) y El monarca de las sombras (2017) discierne sobre su propio trabajo, aguijoneado quizá por lo que él considera el “éxito inesperado” de Soldados de Salamina, novela que, según el propio Cercas, no se refiere a la guerra civil española propiamente, sino a la relación que los españoles de hoy guardan con ese suceso, más de seis décadas después de concluido.
Un aspecto que Cercas puntualiza sobre su novela es el que corresponde al lector, que a final de cuentas es el que puso Soldados de Salamina a navegar por las impredecibles aguas del éxito editorial. En ese sentido, el autor se deslinda de su libro al considerar con cierta vehemencia que “siempre resulta inútil, además de ridículo, que un escritor reflexione sobre el significado de su propio libro; casi tanto, por lo menos, como que un humorista reflexione sobre el chiste que acaba de contar”. Un chiste, formula Cercas, “tiene gracia o no tiene gracia, se entiende o no se entiende; a un libro le pasa lo mismo. Quiero decir que lo que un escritor busca decir en un texto lo dice de la mejor forma posible en el propio texto”. Todo lo demás, ataja el autor, “es cosa del lector, que es quien a su manera completa la obra dotándola de su sentido final”.
Más allá de las pertinentes consideraciones que Cercas hace sobre sus procesos de escritura, esta novela se distingue porque no sólo cuenta el resultado de una indagación histórica, sino que también describe, en primera persona, los obstáculos que el autor enfrentó durante esa indagación. Es como si el lector fuera invitado a la mesa de trabajo del escritor para diseccionar, junto a él, los documentos y testimonios que lo llevarán a conocer al hoy anciano Miralles, el verdadero protagonista de Soldados de Salamina. Contar las vicisitudes que enfrentó el autor al escribir su novela es la novela.
Al final de todo, una sola cuestión destaca en el entramado del relato: Miralles le perdonó la vida a Sánchez Mazas a costa de perder la suya por desobedecer una orden militar. ¿Eso es un gesto de coraje o de piedad? Esa es una disyuntiva que late poderosa en la novela de Javier Cercas y que hace que el relato adquiera esa lumbre unívoca que ha mantenido intacta su calidad literaria hasta hoy, en que Soldados de Salamina ha merecido un sinnúmero de reimpresiones.
ESTRIBO Y CUENTA
Mucha carrera política tiene el abogado poblano Javier Lozano Alarcón. Ha sido priista y panista (no al mismo tiempo, claro está) y ha ocupado muchísimos cargos públicos. Entre otras cosas, ha sido contralor de Pemex, jefe de prensa de Diódoro Carrasco en la Secretaría de Gobernación, vocero de Francisco Labastida Ochoa durante la campaña presidencial del sinalonese; secretario de Trabajo durante el mandato de Felipe Calderón. Además, como senador de la República fungió —de 2012 a 2016— como presidente de la Comisión de Comunicaciones y Transportes; secretario de la Comisión de Trabajo y Previsión Social; secretario de la Comisión de Cultura e integrante de la Comisión de Radio, Televisión y Cinematografía. A inicios de este año renunció al PAN —debido a un franco desacuerdo con Ricardo Anaya, que contenderá por la Presidencia de México— y regresó al PRI de sus amores para llevar a cabo labores de vocería en la campaña de José Antonio Meade. Sus más grandes destellos públicos son dos: poner en la lona al inefable Sindicato Mexicano de Electricistas y pelearse en redes sociales, el año pasado, con los actores Diego Luna y Gael García Bernal en el marco de un ¿debate? en torno a la controversial Ley de Seguridad Interior. Hace unos días se anunció que este rijoso político volverá, como senador, a la Comisión de Cultura de la llamada Cámara alta, pero esta vez como presidente. Javier Lozano se convierte, de esta manera, en el primer senador sin partido en presidir una comisión, pese a que el reglamento, dicen los que saben, lo prohíba. Lozano ha demostrado ser peleonero, hostil y, dicen algunos, un funcionario muy eficaz, pero en cuanto a temas culturales está por verse su interés. No empezamos bien, pero empezamos. Eso es lo que importa.
