Un símbolo llamado Guillermo

“Esto es una puerta, denle una patada, ábranla y entren” es el mensaje más importante y oportuno que Guillermo del Toro dejó a millones de mexicanos que sueñan con triunfar, pero que les falta el valor y la voluntad para lograrlo
 

EJEMPLO Y RÉPLICA…

Agregó después, en la sala de prensa, que espera que los jóvenes vean que lo fantástico es un camino a seguir, que imaginar y trabajar en pos de lo deseado hace posible el triunfo. Lo dijo en el contexto de su gran logro como cineasta al ganar los Oscar a mejor director y mejor película del año, aprovechando con gran sentido de oportunidad el clima emocional que en México se vivía en torno a su figura, uniendo a sus compatriotas en torno a la esperanza de que fuera ahora él, un mexicano bonachón, simpático, sencillo y luchón, quien viniera a cerrar el exclusivo círculo de ganadores mexicanos que antes habían recibido el mismo reconocimiento. Grupo de genios formado por los también mexicanos Alejandro González Iñárritu, Alfonso Cuarón y Emmanuel Lubezki, para demostrar, así, con la contundencia basada en hechos y no solamente palabras, que el talento mexicano era real y verdadero, no una casualidad producto de una aislada noche afortunada, sino una sólida constante de los últimos años, algo que, colateralmente, venía a dar sólida réplica a la postura antimexicana del presidente Trump, al demostrar ante el mundo que México exporta mucho talento y gran capacidad de trabajo a los Estados Unidos y no solamente los delincuentes y badhombres, que tanto gusta de citar el mandatario. Guillermo se asumió frente a la opinión mundial como un inmigrante creador de un arte que “borra las líneas en la arena, debiendo continuar haciéndolo cuando el mundo nos diga que las hagamos más profundas”. Así o más clara su alusión al separatismo absurdo, representado por un muro fronterizo que de ninguna manera podrá detener el avance de todo aquel que tenga sus sueños bien definidos y una voluntad a toda prueba.

¿POR QUÉ UN SÍMBOLO?…

Pero ahí no para la cosa con don Guillermo. Ya antes había contestado de manera genial —“Soy mexicano”— a la pregunta de cómo lograba conciliar el ser un buen tipo y a la vez convivir con tantos monstruos provenientes de su imaginación, sugiriendo con esa respuesta el hecho de que está en la naturaleza de todos nosotros, los mexicanos, la capacidad de poder manejar al mismo tiempo los polos opuestos, las contradicciones entre los sueños y la cruda realidad, entre el éxito individual y el fracaso colectivo, entre la vida y la muerte, entre la riqueza y la miseria, entre la tragedia y el jolgorio. Con todo esto, Guillermo del Toro se convierte en mucho más que un cineasta talentoso, se convierte en un verdadero símbolo de lo mexicano, pues en él ahora radica el medio que envía el poderoso mensaje de nuestra peculiar forma de ser, voluntariosa y resiliente, pero también entre bipolar y esquizofrénica, objeto que puede ser entendido de golpe por propios y extraños. Simplemente, somos como somos porque así somos los mexicanos, muy chingones y háganle como quieran.

NOCHE MEXICANA…

La del domingo pasado fue la noche gringa más mexicana que nunca, pues, por si fuera poco, al triunfo del cineasta mexicano se agrega que la película Coco, de profundo mensaje mexicano, ganó el Oscar a la mejor película animada y su tema central, Remember me (Recuérdame), el Oscar a la mejor canción original, motivo por el que su director, Lee Unkrich, agradeció a la gente de México, diciéndole que su película “no existiría sin su hermosa e interminable cultura y tradiciones”. Menudo espaldarazo internacional en el mejor momento posible, ante una gran audiencia conformada por millones de espectadores. Acto seguido, brillaron en el escenario cantando el tema de la película el actor Gael García y la cantante Natalia Lafourcade. No pudo haber sido mejor, una noche muy significativa que bien podría haber sido aprovechada por el presidente Enrique Peña para haber enviado un mensaje acerca de la importancia de ser mexicanos y mantenernos unidos en estos momentos en los que los sentimientos de enojo y miedo están a flor de piel, pero, bueno, tal vez pensó que el horno nacional no estaba para bollos y que mejor delegaba esa tarea en el gran Guillermo del Toro. Felicidades, señorón.

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