El problemón de imagen de Meade
Es imposible separar la imagen de la institución de aquella que tenga su titular. Debe entenderse que el titular de una institución no es solamente aquel que la encabeza, sino cualquiera que la represente en un momento dado
DE MEADE AL PRI…
“La imagen de la titularidad permea en la institución”, dice uno de los trece axiomas que rigen el importante juego de la imagen pública (ver el libro El poder de la imagen pública). Esto quiere decir que la manera como es percibido quien encabeza una institución, ya sea pública o privada, lucrativa o de interés social, forzosamente permeará en la manera como sea percibida la institución. Pongo un ejemplo muy fácil de entender: vamos a suponer que el director general de una empresa es percibido como alguien responsable y cumplido, practicante de buenos principios humanos, de comportamiento y poseedor de grandes valores morales, detentador no solamente de una autoridad fáctica que se desprende de la altura del puesto, sino del ejercicio de una autoridad moral, que parte de su buen comportamiento. Lógico sería entonces suponer que sus cualidades tenderán a ser imitadas por sus subordinados, pues, de lo contrario, serían expulsados de la organización. A este fenómeno se le llama mimesis, que no es otra cosa que la imitación del modo de ser de una persona en todos sus aspectos, conducta que, a su vez, se desprende del sentido de pertenencia que todo ser humano posee de manera natural. Imitamos porque queremos pertenecer, por eso somos como son todos los miembros de un grupo.
EL PRI SON TODOS…
Ahora bien, la titularidad de una institución no la lleva solamente quien la encabeza, sino cualquiera que ostente la representación de la institución en un momento dado. Por ejemplo, un vendedor frente a los clientes, un mesero ante los comensales o la azafata que atiende a los pasajeros. Estos subordinados cobran en ese momento una gran importancia, pues su imagen personal permeará, inevitablemente, en la imagen pública de la institución que representa. El juego es tan cruel que, nosotros como compradores o usuarios de un producto o servicio, no intentaremos justificar los errores de un empleado atribuyéndoselos a un mal momento personal, sino que calificaremos a toda la institución y a todos sus miembros como malos.
DEL PRI HACIA MEADE…
“La imagen de la institución permea en sus miembros”. Este otro axioma de la imagen actúa ahora en sentido opuesto al del anterior, ya que explica el hecho irrefutable de que la reputación creada por una marca, empresa u organización se “contagiará” a todo aquel que ejerza bajo su manto. Si la empresa es percibida como buena, entonces tenderemos a pensar que todos sus miembros son buenos, ah… pero si es percibida como mala, entonces pagarán el precio de ser malos todos los que pertenezcan a ella, aunque algunos no lo sean. Pongo como ejemplo perfecto de ambos axiomas a la mala imagen pública que genera un diputado, la cual permea en toda la Cámara; y la imagen ya creada por ese cuerpo legislativo, que permeará invariablemente en todos los diputados que alberga. Analicemos ahora y bajo estos términos el problemón de imagen pública que deberá enfrentar José Antonio Meade, precandidato sugerido por el presidente Peña Nieto por su gran imagen personal (que podría resumirse en la de ser un político sin afiliación política, capaz, sencillo y decente), cuando se relacione con la mala imagen que gran parte de la ciudadanía tiene de todo el aparato priista que lo moverá en campaña. ¿Cuál de los dos axiomas predominará? ¿Podrá la imagen de Meade permear sus cualidades en la del PRI o sucumbirá ante la mala reputación creada por ese partido? ¿Qué va a sentir la gente cuando vea la foto del candidato junto al logo tricolor? ¿Prevalecerá el enojo hacia la marca o será atemperado? Entonces, ¿deberían separarse ambas imágenes?, ¿pero cómo sin perder identidad institucional? No es un problema menor, por eso le llamé problemón, en mi historial de consultoría en campañas ya lo he enfrentado y sé que de su solución dependerán las probabilidades de que este buen candidato gane el puesto de mayor poder para una institución señalada con el más alto nivel de descontento por la ciudadanía. El buen candidato del PRI no la tiene fácil y él seguramente lo sabe. Ojalá.
