La pobre credibilidad política
No importa cuál sea la noticia escandalosa del momento. Puede tratarse de los malos manejos en el PT o de los sobornos de Odebrecht a Pemex. Las autoridades justifican, pero la ciudadanía ya no les escucha, porque ya no les cree
CÍRCULO VICIOSO…
Jamás negaré el hecho de que los buenos políticos existen, lo digo con causa, ya que tengo el gusto de conocer a varios de los que encajan dentro de la subjetiva categoría de gente decente. Tampoco negaré que en los tiempos que corren cada vez son más los integrantes de la plantilla gubernamental que ven en sus puestos públicos una veta para su enriquecimiento brutal, actitud que se ve cada vez más expuesta gracias a la intervención de las redes sociales. Ya podrán los buenos políticos estar trabajando por el bien común o tratando de cambiar algo para mejorar las cosas que, al final, su esfuerzo será inútil, porque, simplemente, la gente ya no les cree nada debido al desempeño del bando negativo que de manera cínica y desproporcionada se ha beneficiado con el dinero de los impuestos. Este fenómeno de incredulidad gubernamental es hereditario, pues se ha venido generando desde antes por aquellos malos políticos que, a su vez, heredaron la mala percepción de otros que los precedieron y así sucesivamente, de tal manera que entre varias generaciones de políticos han creado un círculo vicioso que ha producido la evidente falta de credibilidad de todos, llevándose “entre las patas” a los buenos políticos.
UN POCO DE TEORÍA…
Hoy me acercaré a este penoso asunto a la luz de la ingeniería en imagen pública porque, entre muchos otros beneficios, lleva el de resolver problemas de credibilidad. Lo explicaré en tres pasos. Primero: imagen es la percepción que se origina por todo aquello que percibimos a manera de estímulos que llevan información a nuestra mente. En su conjunto, lo percibido servirá para que los seres humanos podamos identificar la causa que lo produjo, asignándole valor y así ir creando los prejuicios acerca de lo que nos gusta o nos disgusta. En los seres humanos esto es tan natural y fácil como decir “lo que acabo de percibir (sobre todo ver y oír) me gustó y lo acepto… o me pareció malo, así que lo rechazo”. Si nuestros sentidos siguen percibiendo los mismos estímulos durante un periodo suficientemente largo, nuestra mente habrá arraigado la identidad con tal fuerza que será capaz de otorgar una reputación a personas, profesiones, instituciones o productos. Por eso los imagólogos definimos la reputación como una imagen pública sostenida en el tiempo. Segundo: nuestra mente necesita de la coherencia para poder actuar. Cuando detecta algo incoherente en lo percibido prefiere rechazarlo o abstenerse de actuar, lo que finalmente es una forma sutil de rechazo, de ahí que en la gente se deriven conductas típicas de falta de solidaridad o apatía ante cualquier propuesta política. Tercera: la coherencia debe darse en dos sentidos: entre el nivel verbal de la comunicación (lo que se dice con palabras) y el no verbal (lo que se dice sin ellas), rama de la comunicación que funciona de manera oculta y complicada, otorgando a las cosas significados a veces sorprendentes e inesperados; por ejemplo: el puño mostrado como homenaje a las víctimas del reciente sismo, cuando antes podía significar rebeldía racial, o el hecho de que muchos deportistas gringos decidan hincarse durante el canto de su himno para significar rechazo, no reverencia. El otro sentido de la coherencia debe darse entre la esencia y la imagen, es decir, entre el ser y el parecer. La esencia es el fundamento de la imagen, de tal manera que de nada sirve parecer cuando no se es, pues faltará el sustento, pero tampoco servirá ser algo sin parecerlo, puesto que nadie creerá entonces que lo seas.
LA PRÁCTICA POLÍTICA…
Ahora traslade lo anterior al terreno de la práctica política y encontrará la explicación del por qué no les creemos a quienes la ejercen: porque son incoherentes y si a esto le sumamos las deficiencias que el sector público arroja en los terrenos de la comunicación social, área donde más se necesita la ingeniería en imagen pública, es completamente comprensible el escenario catastrófico que la clase política está viviendo.
