Vanidad, mi pecado favorito
En sus marcas… listos… ya mero, falta poquito, yo quiero… tú quieres… él quiere, y ahora con eso de que cualquiera puede irse por la libre, muchísimos sueñan con llegar al poder. ¿Qué hay detrás de él que a tantos les atrae tanto?
UNA IMAGEN SEDUCTORA…
Es la imagen misma que los seres humanos se han forjado del poder, un ente abstracto que atrae consigo casi cualquier cosa: el dinero, los contactos personales clave, el acceso a magníficos negocios, a la información privilegiada, a un estilo de vida más allá de sus posibilidades y que difícilmente podrían tener estando fuera de esa esfera tan seductora que se llama poder. La imagen mental que muchos se han forjado de él tiene que ver con todos los estímulos que del poder mismo emanan: lujos, privilegios, alabanzas, fuerza, intocabilidad, influencia y alta visibilidad, cualidades que son muy tentadoras para el ego del hombre, que, como todos sabemos, es débil, vanidoso y, por lo tanto, difícil de satisfacer. El poder es tan fuerte que quienes lo han vivido se vuelven adictos a él como al peor de los vicios, de tal manera que harán cualquier cosa para no dejarlo y es que, cuando lo has probado, nada peor puede vivirse que perderlo y tener que retirarse a vivir en el ostracismo, el desengaño y la frustración. Cuando estás en la dicha del poder eres importante y eres verdad, pero cuando esa hada vanidosa te echa fuera de su cohorte de privilegiados, eres nada.
NO HAY PARA TODOS…
Es por eso que no nos debe extrañar que tantos hombres y mujeres deseen acceder al anhelado círculo del poder. Ahora, con la modalidad de poder ser candidatos independientes a los puestos de elección popular, se ha roto cualquier récord previo de inscripción de anhelantes. Nada más en la primera ronda de registro para ocupar la Presidencia de México por la vía independiente se tienen ya documentadas las intenciones de más de setenta candidatos, sí, leyó usted bien, más de 70 individuos que piensan que tienen la posibilidad de poder llegar al puesto de poder más alto de México, sin importarles que después la teoría de las probabilidades se encargue de tirar a la gran mayoría de ellos, pues los requisitos a cumplir están más que difíciles. Miren, oficialmente entre ellos están: Tener una asociación civil, una cuenta bancaria (yo agrego, con varios cientos de millones de pesos de saldo para una campaña mediana, si no, olvídalo), ponerse a trabajar en al menos 17 entidades para recabar en ellas la cantidad de 866 mil 593 firmas de simpatizantes, firmas que no se podrán repetir en las listas de otros precandidatos independientes, así que, si se ponen a hacer cuentas, pues nomás no les saldrán, pues el resultado de multiplicar tantos suspirantes por la cantidad mínima de firmas a obtener por cada uno, arroja una cifra superior en un 30% al número total de votos que se tuvieron en la pasada elección presidencial, que fueron alrededor de 50 millones. Entonces, ¿cómo le van a hacer? Como les digo, muchos serán los registrados, pero pocos los cumplidos.
HAY DE TODO…
La lista de precandidatos registrados es todo un dechado de perfiles personales, está un predicador cristiano, un periodista, un empresario, tres profesores, varios abogados, un exembajador en la ONU, alguien que fue candidato político en Colima hace 38 años y que, por lo visto, se quedó con las ganas de ganar; un teniente jubilado de la Marina; varios expolíticos que, como les dije más arriba, extrañan la dimensión obnubilante del poder; alguien que ya quiso ser candidato independiente hace dos años en Nuevo León, pero no se le hizo y, por supuesto, los muy sonados Margarita Zavala, El Bronco y Armando Ríos Piter, quienes tienen más posibilidades de cumplir con los duros requisitos y así llegar a competir contra los candidatos oficiales de los partidos políticos con registro y sus más que posibles coaliciones. ¿Qué puede tener en la cabeza alguien que a todas luces no va a poder ganar, para considerar que puede ser presidente de México? O un ego muy bien alimentado o un nivel de candor e inocencia verdaderamente pueril, o tal vez debamos quedarnos con la frase que el actorazo Al Pacino pronuncia en su papel del demonio en la clásica película El abogado del Diablo: Vanidad… mi pecado favorito.
