Cacareando el huevo II
Toda mi vida se ha tratado de crear algo nuevo y después enfrentar la sentencia del “no se puede”. Me han descalificado muchas veces y hasta llamado loco, ni hablar, tal vez hayan tenido razón, pero, hoy, muchas cosas han cambiado
DE LOCO A VISIONARIO…
Entre ellas, que los mismos que me llamaron loco, hoy me llaman visionario, situación inesperada que me parece paradójica debido a que yo sigo siendo el mismo loco de antes, por lo que me pregunto: ¿Por qué se dio el cambio? La respuesta parece sencilla, pero hallarla no lo fue, hasta hoy me doy cuenta de que el cambio ocurrió cuando mis locas ideas se convirtieron en realidad, cuando pude sobrevivir a varias sentencias de muerte empresarial, cuando mi largo periodo de resiliencia permitió que el futuro me alcanzara y lograra que mi proyecto idealista se convirtiera en una exitosa realidad. Así aprendí, a golpes de vida, que la diferencia entre un loco y un visionario es tan sólo el éxito de su idea.
CREÍ Y CREÉ…
Hoy, quienes me denostaron tratan, inútilmente, de imitar mi obra intelectual, incluyo a muchas universidades que han llegado a incurrir en el plagio con tal de tener “eso de la imagen” en sus estudios, para después enfrentar a mis abogados que se encargan de comunicarles que hay más de 50 marcas registradas y derechos de autor que protegen una obra intelectual que tomó 25 años construir. Imagínense lo que fue no encontrar una maestría en imagen pública que yo quería estudiar, tener que interrumpir mi vida productiva para dedicarme a desarrollar mis propios estudios por unidad de conocimiento, planteando hipótesis y demostrándolas para que pudieran convertirse en una nueva propuesta de estudio. Pasados unos tres años, tratar de conseguir trabajo como consultor en imagen pública, una figura profesional que creé para mí mismo y que en aquellos años noventa era muy difícil de entender. Crear la capacitación a nivel de seminarios en varias áreas de oportunidad que el mercado empresarial y político necesitaban satisfacer. Empezar a dar conferencias en la materia y, a través de ellas, recibir la oferta de escribir el primer libro en la materia de la ingeniería en imagen pública, cuya edición implicó la amenaza de tener que comprar todos los ejemplares que no se vendieran, riesgo que asumí, pero que no fue necesario aplicar debido a las altas ventas que de inmediato se dieron. Sigan imaginando lo que fue crear neologismos, teorías, metodología, tipología y aplicaciones nunca vistas antes del libro El poder de la imagen pública, conceptos todos que, a la luz de los “estudiosos”, lucían aventurados o ininteligibles; intelectualidad que prefería criticar y descalificar antes que entender, porque, ultimadamente, ¿quién era yo para tener la osadía de crear una nueva ciencia? Un pobre loco, exteleviso y apretado de dinero.
¿NO SE PUEDE?…
El colmo sucedió cuando pretendí fundar un colegio de maestría en la materia de la ingeniería en imagen pública, lo cual implicaba el enorme reto de tener que crear el plan de estudios correspondiente, ése que me hubiera gustado encontrar. Los asesores que contraté en mercadotecnia, finanzas, recursos humanos, incluyendo a varios académicos y profesores eméritos, después de varios meses de estudiar el proyecto, me dieron su diagnóstico: proyecto inviable. Me vaticinaban el peor de los fracasos. Sin embargo, mi sensibilidad despierta por los comentarios de la gente que me escuchaba en conferencias y preguntaba: ¿Dónde puedo estudiar eso? Me motivó a dar el paso adelante y arriesgar todo: tiempo, dinero, esfuerzo y reputación profesional. En los primeros años del colegio, todo lo malo que me dijeron que me iba a pasar, me pasó, estuve al borde de la quiebra; por el nivel de estrés reventé por dentro y llegué desangrado a un hospital. Pero después vino la licenciatura en imagología, impulsada por las decenas de jóvenes que buscaban el colegio de maestría para estudiar, pero les faltaba el grado anterior, hasta finalmente coronar la obra con la creación del doctorado en imagen pública, para fomentar la investigación que produjera nuevos textos dignos de estudio. Conseguir los tres registros de validez oficial de estudios en la Secretaría de Educación Pública significó una ardua y paciente labor, pues, de entrada, me rechazaban las propuestas novedosas por el solo hecho de no tener antecedente comparativo posible. Conseguirlos me tomó 17 años de trámites, pero hoy… hoy existe una linda realidad, México tiene la primera Facultad de Imagen Pública en el mundo. A ella acuden ya más de 700 estudiantes nacionales e internacionales, por lo que para mí es un privilegio y un gran orgullo compartir la historia con ustedes. Finalmente sí se pudo.
