Socavón de imagen pública

Ados semanas del tristemente célebre socavón del Paso Exprés, al recuento de los daños habrá que agregar el del menoscabo producido a la imagen del gobierno que encabeza el presidente Enrique Peña Nieto. ¿Culpa de quién? 

MAL DE MUCHOS…

Que suceda un socavón en arterias viales no es algo que pudiera considerarse único, inédito o extraño. Socavones ha habido en Italia, Estados Unidos, Japón y, por supuesto, anteriormente en México, sin embargo, en esos países del Primer Mundo han servido para demostrar la capacidad de reacción de sus gobernantes, así como su habilidad para convertir una crisis en una oportunidad para incrementar el valor de su imagen pública. Caso concreto: el del socavón de Fukuoka, en Japón, que fue reparado en 48 horas, no obstante medir el doble que el de Cuernavaca. A diferencia del tristemente célebre socavón morelense, el de allá se tomó como una oportunidad de exhibir la capacidad reconstructiva de las autoridades locales, quienes, además, se dieron el lujo de producir y difundir un video que, en cámara acelerada, demostraba la forma intensa e incesante en la que habían trabajado hombres y máquinas, el cual, por supuesto, se hizo viral en las redes sociales. En ese caso, la atención del mundo no se centró en el daño causado, sino en la habilidad del trabajo reparador japonés, que dejó con la boca abierta a propios y extraños, convirtiéndolo en una gran lección de imagen pública.

CUANDO PASE, HABLAMOS…

Acá, por estas tierras mexicanas tan reactivas y poco proactivas, en donde la prevención de las posibles crisis no suele darse mucho a nivel público ni privado, las consecuencias no fueron solamente las de la terrible pérdida de dos vidas humanas, emocionalmente muy impactante, al tratarse de las de un padre y su hijo, quienes trabajaban juntos y salían de madrugada a ganarse el sustento de sus respectivas familias, sino las de un grave daño en la imagen pública del gobierno mexicano, que evidenció su falta de sensibilidad, su torpe estrategia de comunicación ante lo imprevisto y lo subrepticio de una obra de ingeniería civil que desarrollaron en condiciones físicas y económicas muy cuestionables.

TODO LO MALO…

Las agravantes del caso que produjeron tan enorme daño a la imagen gubernamental son por demás desastrosas: 1) Se trató de justificar lo injustificable. Tratar de ocultar el Sol con un dedo hace sentir a todos que el gobierno piensa que somos tontos. La obra fue realizada con descuidos que rápidamente pasaron su factura. Los vecinos del lugar, así como la Comisión Estatal del Agua, la Secretaría de Gobierno del Estado de Morelos y la Ayudantía del municipio de Chipitlán habían denunciado, por escrito, que la obra presentaba fallos evidentes que acabarían por producir un terrible derrumbamiento, tal cual se produjo. La negligencia en la actuación del delegado regional de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes en Morelos, a cargo de José Luis Alarcón Ezeta, ya despedido, provocó la muerte de dos personas, y eso, en el sistema jurídico mexicano, se llama haber cometido homicidio culposo. Hasta aquí ya habría causas más que suficientes para enojar a la ciudadanía, pero la lista sigue: 2) Las maculadas palabras del secretario Ruiz Esparza, al no aceptar la responsabilidad del desastre, al referirse a la tragedia como “un mal rato”, al tratar la indemnización a los familiares de las víctimas sin entablar antes un vínculo emocional con ellos, lo hicieron aparecer como un frío minimizador de graves circunstancias que deberían de haber merecido la aceptación de culpa y no la justificación superficial y absurda de los hechos. 3) El hecho de haber bajado, ipso facto, las mantas de agradecimiento al presidente Peña por la obra realizada, comunicó de manera no verbal la enorme vergüenza que estaban pasando como gobierno, al habérseles caído, en tres meses, una obra garantizada para servir 40 años. Y, finalmente… 4) La desconfianza producida en la seguridad del resto del Paso Exprés, una ruta que de verdad ahorraba tiempo, que en lo personal usé como siete veces en tres meses, pero que ahora nos hará sentir que, al transitarla, estaremos jugando a una especie de ruleta rusa, pues a cada kilómetro recorrido estaremos preguntándonos: ¿se me irá a hundir bajo las ruedas? Ya veremos en qué termina este asunto del socavón, pero, de pronto, el balance es muy negativo.

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