Nuestros muertitos

Cantamos a todo pulmón que no vale nada la vida, que la vida no vale naaaadaaaa, la razón para afirmarlo nos la da el gran José Alfredo Jiménez: es que comienza siempre llorando y así llorando se acaba.

LA GANADORA CATRINA…

Hoy es día de muertos y hemos visto por todos lados manifestaciones gráciles que presentan a la muerte como un ser atractivo. No sé si nada más sea yo, pero percibo que este año la Catrina fue la absoluta ganadora entre todas las posibilidades de caracterización personal, pues pasó de ser un elemento cultural a ser un factor cool que igual se presenta en las carreras de autos o en las tiendas, que añade clase a la mexicanidad y que sirve de pretexto para que muchas liberen a la terminator, la evil queen o a la pervertida monster high que llevan dentro. El personaje de Posada sirve así para que muchos encuentren un medio de expresión eficaz de su lado oscuro, ése que se podrá revelar y rebelar haciendo lo que quiera, sin riesgo alguno, pues están figurativamente muertos. Basta ver la celebración de la muerte por parte de la juventud cristalina bebedora de cucumber gin, y a la madurez plateada consumidora de tequila Premium, para darnos cuenta de que para muchos mexicanos la muerte no añade un sentido a la vida, sino se lo merma, al brindar la justificación perfecta para intentar desaparecer, al menos por una noche, la de muertos en la que todo es posible, al cabo que no soy yo la causa, sino un efecto de la mismísima Catrina, quien me ha dado el permiso.

SURREALISMO…

La mexicana no es la única cultura que rinde tributo a la muerte, ni que la personifica, basta echarse un clavado en la historia del hombre para encontrar los diferentes vínculos que la raza humana ha debido establecer con el más allá para tratar de hallarle sentido a su existencia fugaz, para tratar de darle consuelo a la gran tristeza que siempre ha sentido ante la pérdida de sus más grandes afectos y apegos personales, la de sus amados desaparecidos y así intentar vincularse con una fuerza que está más allá de sus posibilidades terrenales, de su conocimiento, de su comprensión, lo que significaría el encontrar la solución a estar muerto, pero poder seguir vivo. Sin embargo, el pueblo mexicano, debido a su ubicación geográfica, sí es el único que posee un eclecticismo que raya en lo surrealista al ser capaz de crear un escenario en el que convivan pública y perfectamente los alebrijes con la temática Spectre, la llorona con Cruella de Vil, Carlos Salinas de Gortari con Donald Trump, el “jalogüín” con Janitzio, la calabaza con la flor de cempasúchil, y eso nos hace únicos, diferentes, irreverentes, aun ante la mismísima muerte.

LA CRUDA REALIDAD…

Ante este escenario sui generis existe otro enfoque de la muerte que no tiene nada de agradable, cool o divertido. Es por demás evidente que en México estamos viviendo tiempos violentos y desordenados en los que la Catrina está presente todos los días, en los que se aparece como el personaje central de todas las noticias, encarnada en sus representantes más frecuentes que la adoran bajo el nombre de la Santa Muerte: los narcos, los rateros, los secuestradores. La falta de gobernabilidad como causa de la inseguridad, nos tiene muertos de miedo. La carencia de un sistema de justicia eficaz propicia que los malos proliferen y sienten sus dominios sobre los buenos, aunque seamos más, al cabo que la impunidad los protege. La policía prácticamente ya no existe y la que existe nos da miedo. Ante la indefensión que vivimos, preferimos insensibilizarnos, al cabo que ojos que no ven corazón que no siente o, peor aún, pensamos en cómo defendernos, armarnos, ejercer justicia por propia mano, matar antes de que nos maten. Cada vez que una víctima armada logra eliminar al maloso nos sentimos vengados y, por ende, lo celebramos y eso tampoco está bien, ése no es el camino, aunque lo aplaudamos, aunque hoy sea Día de Muertos y a ellos debamos celebrar.

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