El perdón como estrategia de imagen
No, no voy a tratar aquí el asunto del perdón solicitado por el presidente Enrique Peña Nieto, eso ya fue, creo que es oportuno analizar el hecho de pedir perdón como estrategia de imagen pública.
NO ES LO MISMO…
Para empezar, debemos diferenciar el perdón, que asume el ser culpable de algo, de una simple disculpa, que lo que solicita es el descargo de la culpa en un factor ajeno. El perdón como parte de una estrategia de imagen pública sirve para tratar de aminorar el daño que se sufre en la reputación cuando algo malo ha sucedido, es evidente y es verdad. Desde que el hombre hizo su aparición sobre la faz de la Tierra, ha cometido actos de comportamiento dignos de reprobación, desde mentiras y asesinatos, hasta ingratitudes, traiciones, ambiciones desmedidas, infidelidades y, por supuesto, la maldita tentación de quedarse con lo que no es suyo. En lo personal, creo que si ésas y muchas otras desviaciones conductuales siempre han existido es por la sencilla razón de que son parte de la debilidad de la naturaleza humana, así somos y punto. Sin embargo, no con esta postura pretendo justificar aquello que atenta contra la ética conformada por la serie de valores morales y principios humanos de comportamiento con la que se supone que cualquiera debería conducirse. No, lo que sugiero es que si la histórica repetición de errores conductuales jamás dejará de existir, más valdrá estar preparados para saber qué hacer ante las crisis producidas por ella, adoptando una actitud proactiva que incluya la planeación de estrategias que minimicen los daños en la reputación.
NADA QUEDARÁ IGUAL…
La reputación no es más que una imagen pública sostenida en el tiempo, lo que constituye el más grande patrimonio que una persona o institución pueda poseer. La imagen atrae, sí, pero es su efecto sostenido en la reputación lo que produce lealtades, confianza y credibilidad. Cuando sucede una crisis producida por una desviación humana de comportamiento, será irremediable que estos atributos sufran merma. Después de una crisis nada vuelve a quedar igual, así que el objetivo a lograr será que el recuento de los daños sea el más bajo posible.
¿Y LA ENMIENDA?…
Los sentimientos guían las decisiones y preferencias del hombre por encima de su pensamiento, el estudio de la inteligencia emocional desde hace años así lo ha comprobado. Es por ello que, en tiempos de crisis, el establecer un vínculo sentimental con los demás será determinante para poder obtener de ellos su comprensión y, tal vez, su perdón, por lo que no bastará solamente con reconocer el error cometido, sino que, además, deberá solicitarse el perdón por la falta cometida. Ahora bien, una cosa es pedir el perdón y otra que te lo concedan, así que para que los agraviados te lo otorguen, deberán existir otras condiciones adicionales que deberán cumplirse. Para empezar, la del arrepentimiento que significa el sentir gran pesar por haber hecho algo malo, por lo que, conjuntamente, deberá ofrecerse la inmediata enmienda del error cometido. Enmendar es un verbo muy poderoso que tiene varias acepciones, entre ellas la de arreglar, quitar los defectos, resarcir, subsanar los daños y hasta variar el rumbo, según las necesidades del caso y eso, por supuesto, cuesta más que el error mismo, porque, además, agrega la dificultad de la enmienda si es que se quiere obtener la redención de la falta. Por lo tanto, pedir perdón sin enmendar resultará inútil, pues quedará tan sólo como un intento fallido de corregir las cosas, pero sin ofrecer arreglarlas, sin demostrar que la intención de cambiar el rumbo era verdadera. La credibilidad del perdón radicará, entonces, en los hechos subsecuentes y coherentes a la falta cometida que demuestren que el arrepentimiento es genuino a través de la enmienda del daño causado, de lo contrario, todo quedará tan sólo en lindas, pero vanas palabras que jamás lograrán que el perdón sea otorgado. Y hasta donde yo intelijo… perdón no otorgado es igual a perdón no solicitado.
Twitter: @victor_gordoa
