Historia de una terquedad
Pues no están ustedes para saberlo, pero yo sí para contarlo: a partir del próximo primero de junio la institución académica que me honro en regir estrenará domicilio propio por el rumbo de Plaza Carso y Antara en pleno hot spot de la Ciudad de México. ¿Y eso a mí qué? podrá decir un lector con sobrada justedad, pero es que la historia detrás tiene todos los ingredientes de la serie Down Town Abbey, y si no me cree sigaleyendo.
YO, EL TERCO…
Érase que se era la historia de un terco, o sea yo, que hace poco más de seis años se dio cuenta de que si quería darle un mejor futuro al primer Colegio de Imagen Pública en el mundo (así es y además mexicano) tenía que buscarle una sede en la que pudiera crecer y ya no sufrir más a un casero hostil que le hacía la vida difícil. Así, se dio a la tarea de buscar un terreno que tuviera el uso de suelo para universidad sólo para encontrarse con la noticia de que eran muy escasos porque un bando del Peje los había
limitado dramáticamente. Sin embargo, estudió con
obstinación los territorios que podían ofrecer la posibilidad, delimitó las zonas estratégicas y buscó, buscó y buscó todos los días, durante tres años hasta que ¡por fin! surgió el terreno que estaba buscando. Pero surgió un tremendo problema… el precio a pagar por él…
y además lo querían de contado y rapidito, si no lo perdía.
Oigan, yo no sabía que esa zona era tan cara, pero el caso es que como la SEP condiciona los Registros de Validez Oficial de Estudios al uso del suelo (¿sabían eso? ¿no es absurdo?), y como no había mucho de dónde escoger, pues o le entraba o le entraba, al precio que fuera, si antes no me pidieron más.
ADIÓS RETIRO…
Pensé en pedir prestado por lo que solicité dinero al banco con el que trabajaba, pero como lo que me ofrecieron fue prestarme mi propio dinero sólo que con intereses, mejor se los quité para poder pagar. No lo hubiera hecho… cuando vi junto el ahorro de cuarenta años de mi vida debo confesar que me entraron el miedo y la duda… ¿y si mejor vendía todo y con esa lana me retiraba? Afortunadamente ese medroso pensamiento sólo me duró como una semana y lo que decidí fue echarme para adelante y volver a apostar todo en la ruleta de la vida. Sabía que iba a enfrentar problemas, pero nunca imaginé su magnitud.
DIOS PROTEGE AL IGNORANTE…
Compré el terreno y me aventé a construir, ignorando que debería enfrentar a los cuatro jinetes apocalípticos de la construcción: Las autoridades antes del proceso, las autoridades durante el proceso, nuevamente el banco y, además, los proveedores de productos y servicios. Con la intención sincera de cumplir con todo y darle a mi ciudad algo bueno y funcional contraté a los mejores para cada cosa, arquitectos, ingenieros, especialista en iluminación, fachada, acabados y muchos etcéteras más. Cuando tenía todo el proyecto armado se apareció el primer enemigo: La tramitología gubernamental para conseguir el permiso, oigan… ¿dos años para poder iniciar una construcción? Después, vino el segundo: el acoso gubernamental durante el proceso constructivo que, a cada paso, va encontrando un motivo para desmotivarte a menos que los motives. Luego me a golpeó el problema del dinero ocasionado por una Reforma Fiscal que acabó con nuestros flujos a la mitad por lo que acudí, otra vez, a un banco que, pese a la solvencia demostrada y las garantías ofrecidas me negó el financiamiento. Por si fuera poco apareció el cuarto enemigo: la falta de calidad de los proveedores contratados, todos ellos empresas grandes e importantes, pero ineficientes, impuntuales y mal hechas que nos ocasionaron solamente ¡seis meses de retraso! Afortunadamente y gracias a aquella terquedad todo se solucionó y pese a la pesadilla que enfrenté hoy puedo estar orgulloso del resultado. Se logró el que quizá sea el colegio más bello de México, valió la pena todo el esfuerzo, ni hablar, ya aprendí que ser terco paga.
