La imagen del siglo
No hay manera de evitar que las sensaciones que perciben nuestros sentidos implanten una imagen mental en nuestro cerebro. No hay manera de evitar que después de implantada una imagen mental la traduzcamos en una opinión con la que identificaremos la causa que produjo el proceso.
Le pongo un ejemplo: la primera vez que a usted lo inyectaron percibió una serie de sensaciones que, aunque todavía no hablara, crearon en usted gran animadversión hacia la vivencia; seguramente, tuvo que haber percibido por la vista, el olfato, el oído y, sobre todo, el tacto una serie de estímulos que se le quedaron grabados en la mente, asociados al desagradable dolor que sintió. Así, quedó identificada la mala experiencia de una inyección de tal manera que hoy, varios años después, no importando su condición personal, si le dicen que tiene que inyectarse arrugará el ceño un poquito, si no es que de plano termina negándose a hacerlo otra vez. Basado en este proceso fisiosicológico, rápido y complejo a la vez, es que funciona el sofisticado campo de la imagen pública, donde el objetivo que se percibe es implantar en usted una imagen mental que identifique positivamente lo que le proponga y eso es, precisamente, lo que acaban de hacer con nosotros en la llamada pelea del siglo. Nos vendieron una imagen sin el respaldo de la esencia.
¿DEL SIGLO?…
Yo, como millones de otras personas en el mundo, el sábado pasado vi completa la pelea de box, la cual desde el título estaba sobrevendida sin cuestión de nuestra parte, pues ¿de qué siglo estaban hablando? De alguno anterior no creo, pues apenas la pelea sucedía; y de éste tampoco, ya que al presente todavía le faltan 85 años para que termine, así que ¿no era por demás exagerado decir que esa ya era la pelea del siglo cuando puede ser que en el lapso restante del XXI todavía se den muchas peleas de box que, seguramente, serán mejores que el tongo que vimos el sábado pasado? Además, para decir que algo fue lo mejor del día, del mes, del año o la década, es necesario que el periodo haya concluido para poder hacer la valoración completa, ni modo que usted diga después del desayuno que ésa fue la mejor comida del día cuando todavía le faltan dos. El caso es que así nos la vendieron, despertaron nuestra expectativa y con esa emoción nos la recetamos.
¿PELEA?…
Ok, disculpemos el erróneo título, pero ¿cuál pelea? En el terreno de la imagen la percepción debe estar respaldada por una esencia. La esencia es el fundamento de la imagen, y si ya nos habían vendido a través de muchísimos estímulos que veríamos la pelea del siglo, lo que menos esperábamos es que hubiera habido eso, una auténtica pelea de box y no una danza repetida durante 36 minutos de un afroamericano enconchado huyendo (eso sí, rapidísimo) con un filipino buena onda que lo perseguía inútilmente lanzando muchos golpes, pero al aire.
CAÍMOS MUCHOS MILLONES…
Ambos ¿púgiles? tenían sus antecedentes; uno, el ser invencible, además, de estúpidamente rico y ostentoso de su riqueza, lo que le provoca reacciones negativas en la gente; y el otro, el haberle ganado muchas veces de manera injusta a un acérrimo rival mexicano hasta que, finalmente, éste en un descuido lo centró y le propinó tal golpe que lo dejó no noqueado sino lo que sigue. No obstante que sabíamos todo esto, caímos en el garlito de la imagen, nos sobrevendieron lo que íbamos a presenciar y nos lo tragamos completito. Los medios de comunicación cumplieron con su gustado papel de repetir la misma mentira tantas veces hasta que nos la acabamos creyendo, y lo hicieron bien. En fin… de este caso rescato lo que siempre he pregonado: que la esencia es el fundamento de la imagen y que sin aquélla ésta carecerá de sustento, terminando por derrumbarse. Para que una pelea de box lo sea tiene que haber boxeadores y no una caricatura del correcaminos y el coyote. Eso es todo, amigos.
