Belaunzarán se atreve

No toda la izquierda son ligas y juanitos, noroñas y aguirres, repúblicas amorosas y delincuentes en cajuela...

Víctor Beltri

Víctor Beltri

Nadando entre tiburones

Parece que, más allá de la miríada de tribus y movimientos que conforman a la izquierda mexicana, el PRD podría dividirse en tres grupos principales: los que quieren un cambio, los que quieren que todo continúe igual y, finalmente, aquellos a quienes ha dejado de importarles. Los tres entienden que el partido tiene problemas serios —quien no lo hiciera así tendría que formar un cuarto grupo, el de los obnubilados—, pero la gran diferencia está en cómo los abordan: los primeros tratarán de resolverlos y atraer más votantes; los segundos, tratarán de cuidar sus privilegios y fortalecer sus cotos de poder. Los terceros tratarán de utilizar al partido como una plataforma, como la barca desde la que esperan que Andrés Manuel los mire a los ojos y, sonriendo, pronuncie sus nombres.

Es evidente que, tanto quienes desean que todo siga igual, como quienes en realidad son enemigos encubiertos, no pueden ser una opción válida para dirigir a un partido que es necesario para México y cuya esencia se ha extraviado desde hace décadas. Un partido que supo responder al llamado de la sociedad, en el momento de su fundación, pero que con los años no supo estar a la altura. La igualdad y la justicia se perdieron entre corruptelas y megalomanías: de las primeras sabríamos más, si no hubieran sido enterradas con argucias legales en el rubro de la información reservada; de las segundas, los dos únicos nombres en las boletas presidenciales de las últimas cinco elecciones dan sobrada cuenta.

México necesita de la izquierda como un elemento de equilibrio de poder pero, sobre todo, como un espacio de representación de las causas sociales. Necesita de una izquierda que se preocupe por los pobres, pero que no los condene a la miseria con programas meramente asistenciales. Necesita de una izquierda que esté dispuesta a cuestionar con energía, pero que también sepa dialogar y negociar sus posiciones en aras de la sociedad entera. Y esa izquierda existe, pero ha sido dejada fuera de la organización del partido: por eso a la izquierda se le reconoce más por su capacidad de protesta que por su capacidad de propuesta.

No toda la izquierda son ligas y juanitos, noroñas y aguirres, repúblicas amorosas y delincuentes que ingresan al Congreso en la cajuela de sus verdaderos pares: la izquierda también incluye a los académicos, a los artistas, a los ciudadanos que se comprometen con las causas liberales. Al primer grupo que mencionábamos en un principio: a los que se han dado cuenta de que su partido se encuentra en uno de los momentos más comprometidos de su historia, que quieren cambiario y que, hasta ahora, no han tenido cabida en el mismo. Por eso la gran diferencia entre la izquierda mexicana, que ha llegado incluso a proponer el regreso a una constitución y modelo de país completamente anacrónicos, y las europeas que han llevado a sus sociedades a un grado de sofisticación sorprendente.

Así, el anuncio de hace unos días en el sentido de que el PRD renovará su dirigencia a finales de septiembre no es sino refrescante, como lo prueban las declaraciones de Fernando Belaunzarán en el sentido de que, si llegara a la presidencia, será obligatorio que todos los candidatos del partido cumplan con las tres declaraciones sobre patrimonio, impuestos e intereses, al tiempo en que advertía que no rogará a Andrés Manuel por una alianza. Con esto desecha de inmediato a los que velan por sus propios intereses y a quienes prenden veladoras a López Obrador, pero incluye también a esa izquierda que hasta el momento no ha sabido ser representada. ¿Quién, entre sus contrincantes, tendrá la tranquilidad y el valor de atreverse a lo mismo?

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