Los tigres del Presidente (Parte II)

Algunas semanas antes de la elección del 1 de julio de 2018, Andrés Manuel López Obrador dijo que si existía un fraude en el proceso, “el tigre” iba a quedar suelto y él no lo detendría. Hace poco más de un año, ya como Presidente electo, en esta columna ...

Algunas semanas antes de la elección del 1 de julio de 2018, Andrés Manuel López Obrador dijo que si existía un fraude en el proceso, “el tigre" iba a quedar suelto y él no lo detendría. Hace poco más de un año, ya como Presidente electo, en esta columna escribimos que, irónicamente, él era quien estaba liberando algunos peligrosos felinos.

En primer lugar, liberaba uno bastante impredecible, que es el de la educación que no está al servicio del Estado, sino de uno, o dos, gremios, el cual hoy está tranquilo por todo lo que le dieron de comer en perjuicio de la niñez del país.

También, sin ni siquiera amarrarlo, liberaba al tigre de la incertidumbre en materia económica, ahuyentando los capitales y las inversiones, cuyos resultados ya los vimos en 2019 y los resentiremos más en 2020 y en los años por venir.

Finalmente, el Presidente —en ese momento, electo— estaba liberando otro peligroso tigre, que es el de la polarización social. Incluso, al día de hoy, no hay mañanera —show—  o giras por los estados en que no hable de “ellos” y “nosotros”, que diferencie entre “pueblo sabio” y “conservadores”. Cualquier crítica a su proyecto de gobierno, incluso por sus cercanos, es tachada de traición o de ser impulsada por “neoliberales” y por intereses corruptos. Cualquier recomendación es tildada de estar manejada por ese ente invisible de la “mafia en el poder”.

A 16 meses de que comenzó su gobierno, ahora sabemos que nos estábamos quedando cortos. No sólo dejó en libertad esos tigres sin reserva alguna, sino otros tantos más. Liberó al de la inseguridad y la violencia, que, si bien ya estaba fuera de su jaula, le quitó cualquier cadena que, por lo menos, le significaba alguna molestia. No hay mayor ni mejor representación de ello que la liberación de Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán, en un operativo fallido en Culiacán, con la posterior confirmación que hizo el presidente López Obrador al saludar —con bastante deferencia— a la madre del exlíder del Cártel del Pacífico y decirle que “había recibido su carta”, durante su gira a Badiraguato, Sinaloa, el mes pasado.

Pero no sólo eso. El mandatario también liberó al peligroso felino de poner en jaque los servicios de salud pública en México, que, por lo menos, antes funcionaban. Hoy, el desabasto de medicinas, equipo y servicios deficientes es el pan de cada día.

Y falta mencionar la bestia, hoy desencadenada y libre, de los intereses sometidos al gobierno de Donald Trump, que estarán dictando lo que podemos y no podemos hacer durante este sexenio.

Ahora llega el coronavirus a México y lo toma desprevenido y de rodillas, enfrentándolo a una crisis que sólo alguien que vive en una realidad paralela puede decir que le cae como “anillo al dedo” a su proyecto de gobierno, dejando en segundo término a nuestro país y a los mexicanos.

Como se dijo en estas líneas en aquella columna de hace más de un año, el primer perjudicado y que resentiría los efectos de la liberación de estos peligrosos tigres sería el propio gobierno del presidente López Obrador y, como ejemplo, sólo basta ver la fuerte caída en su popularidad. Ojalá esa fuera la única consecuencia y no el tener que vivir en un país gobernado por alguien que está convencido de que hay que controlar, destruir y mandar ¡al diablo las instituciones!

           *Maestro en administración pública

                por la Universidad de Harvard

                y profesor de derecho constitucional

                en la Universidad Panamericana.

                Twitter: @ralexandermp

Temas: