Celebración constitucional insólita
La conmemoración estuvo desprovista de propósitos políticos para hacer positivas y aplicables muchas de las reformas trascendentes

Raúl Contreras Bustamante
Corolario
La celebración del Centenario de la Promulgación de nuestra Constitución Política concluyó el pasado 5 de febrero de manera extraña y singular. La Carta Magna que nació en Querétaro hace 101 años se ha convertido en el documento constitucional republicano más antiguo del mundo, después de la estadunidense.
A lo largo de más de un siglo, del total de los 136 artículos que la componen, 114 de ellos han sido modificados —es decir, 84% del texto— y sólo se mantienen 22 numerales originales.
Lo anterior, como resultado de las más de 700 reformas constitucionales; el contenido de su articulado se ha más que triplicado en el número de palabras —aunque mantiene el número original de artículos— lo que la ubica como la segunda más extensa del mundo.
El artículo 73 —que contiene las facultades del Congreso de la Unión— es el que ha sufrido el mayor número de modificaciones debido al gran número de prerrogativas que la Federación ha acumulado en detrimento de las entidades federativas. El artículo más extenso es el 41 —que regula a los partidos políticos y los procesos electorales— que desde 1977 a la fecha se ha reformado 11 veces.
Durante la presente administración, nuestra Carta Magna se ha transformado en más ocasiones: 154 enmiendas. Algunas de ellas contienen reformas estructurales que habrán de generar cambios muy importantes al sistema jurídico y la realidad nacional.
La conmemoración por el siglo de vida estuvo desprovista de propósitos políticos para hacer positivas y aplicables muchas de esas reformas trascendentes. Están detenidas por el propio Congreso de la Unión la creación de normas secundarias y los nombramientos de los servidores públicos que las deberán operar, en ocasiones violando los propios plazos contenidos por las mismas reformas constitucionales.
De esta forma, sigue pendiente la puesta en marcha plena del Sistema Nacional Anticorrupción, la Fiscalía General, la Reforma Laboral, el funcionamiento integral del nuevo Sistema de Justicia Penal, oral y adversarial, entre otros rubros.
La efeméride por los 101 años de la promulgación de la Constitución de 1917 estuvo marcada también por la toma de posesión del nuevo arzobispo de la sede metropolitana de México, que me cuentan fue apoteótica y fastuosa.
Dicen los sabios que en política nada es casual, y por eso llama la atención que la Iglesia haya escogido el mismo día del aniversario de la Constitución para llevar a cabo la asunción de su nuevo líder religioso; y que, además, haya asistido a la ceremonia el responsable de la política interior del país. No parece una buena manera para conmemorar uno de los principios rectores que históricamente ha sostenido nuestra Constitución, que es la condición del Estado laico.
La Constitución que nos hemos dado los mexicanos debe representar un gran pacto social y ser el receptáculo de nuestras grandes aspiraciones como nación. Implica ser el símbolo de nuestra identidad y unidad social; la norma suprema que establece el orden y vence a la anarquía.
Nuestra ley suprema debe aspirar a ser un documento vinculante, pauta fundamental que oriente, encauce y module el comportamiento de los mexicanos.
Como Corolario, las palabras pronunciadas en Querétaro el pasado 5 de febrero por el ministro presidente de la Suprema Corte de Justicia, Luis María Aguilar: “El principal enemigo de la Constitución es su incumplimiento”.