Golpe de Estado constitucional
El pasado domingo, el presidente Nicolás Maduro consumó otro episodio hacia lo que se convertirá en un auténtico autogolpe de Estado en Venezuela. Logró que una minoría electoral acudiera a las urnas fuertemente vigiladas por el ejército para tratar de legitimar a ...

Raúl Contreras Bustamante
Corolario
El pasado domingo, el presidente Nicolás Maduro consumó otro episodio hacia lo que se convertirá en un auténtico autogolpe de Estado en Venezuela.
Logró que una minoría electoral acudiera a las urnas —fuertemente vigiladas por el ejército— para tratar de legitimar a los representantes que integrarán una Asamblea Constituyente que tiene por objetivo redactar una nueva Constitución.
La jornada electoral estuvo marcada por confrontaciones violentas en diferentes ciudades del país, que dejaron cuando menos diez personas muertas.
Las votaciones no constituyeron una elección, porque hay que señalar que la oposición no participó en los comicios, al considerarlos una farsa para beneficiar a Maduro. O sea, no hubo opciones electorales.
Una porción importante de aquéllos que fueron propuestos como candidatos, son miembros del partido del gobierno, aliados o simpatizantes de éste. También hay ministros y personajes cercanos, como es el caso de Diosdado Cabello, considerado el segundo en la jerarquía del chavismo —y no hace mucho acusado de vínculos con el narcotráfico— o de Cilia Flores, esposa del dictador Maduro y quien ha ocupado muchas posiciones destacadas en el gobierno.
Ante el rechazo de una gran parte de los venezolanos a este ejercicio de simulación democrática y la falta de alternativas para los votantes, el régimen de Maduro tuvo que inventar cifras para encubrir la baja participación ciudadana.
El manejo tan burdo de los resultados obligó a que la empresa contratada por el propio gobierno golpista para hacerse cargo del sistema de votación en Venezuela, haya declarado que las cifras de participación fueron manipuladas e infladas, por lo menos en un millón de votos.
La verdad sea dicha es que Nicolás Maduro ha venido perdiendo el respaldo popular con sus locuras y tiene un Poder Legislativo dominado por la oposición, que de manera democrática ha venido ganando los espacios dentro de las curules parlamentarias.
Para decirlo de manera clara, la llamada “Asamblea Constituyente” no es otra cosa que el arma de poder que Maduro quiere empuñar para desaparecer a un Congreso electo democráticamente e instituir una nueva Constitución y otro gobierno que le restituya el poder que el electorado le ha negado y limitado.
La Teoría Constitucional enseña que un Poder Constituyente debe ser, en esencia, soberano e ilimitado, puesto que no admite ninguno por encima de él. El jurista alemán Carl Schmitt decía que un auténtico Poder Constituyente debe ser aquel ente que goce de fuerza y legitimidad para poder establecer una Constitución. Este remedo de Asamblea Constituyente recién creada carece de ambas cualidades.
La ignorancia de Nicolás Maduro no ha sabido siquiera disimular las formas, ya que a diario vocifera que seguirá gobernando con plenos poderes cuando este órgano espurio haya redactado la nueva Constitución. Es decir, da por sentado que seguirá detentando el poder, porque sabe que, en realidad, él es quien va a redactar a su conveniencia las nuevas normas constitucionales.
Dicho de otra manera, la despiadada tiranía que ha impuesto al pueblo venezolano busca darse legitimidad con un nuevo orden jurídico, atribuyéndolo a un Poder Constituyente que de origen es impuesto, impopular e ilegítimo.
Como Corolario, la frase del inmortal Voltaire: “La pasión de dominar es la más terrible de todas las enfermedades del espíritu humano”.